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lunes, 26 de mayo de 2014

Décimosexta de Feria. Peñajaras inválidos fuera de época y seis ganaderías para once toros




José Ramón Márquez

La verdad es que los Choperón Father & Son, empeñados en que se cumpla su sueño de que la Feria del Isidro ’14 sea la mejor de su corta y prescindible historia al frente de Las Ventas, nos habían preparado para hoy una gran sorpresa anunciando una corrida de toros más, una de tantas, y dando en su lugar un concurso de ganaderías amenizado por las cabriolas de los bueyes de Florito en diversas salidas al arenal de la Plaza, ornado con dos círculos concéntricos de color blanco. Para este domingo se había programado una corrida de Peñajara, que ahora, desde que pertenece a Rulai S.L., se llama en realidad Peñajara de Casta Jijona (?). Esta ganadería basada en Ibán y tan distinta de Ibán fue la obra de Manolo Peñaflor, que estableció la ganadería en Serradilla, Cáceres, y que consiguió obtener de la conocida mezcla de Contreras y Juan Pedro unos productos totalmente diferentes a los de su origen, toros muy grandes y fieros que durante años abrieron la Feria, cuando era Feria de San Isidro, y que incluso en el ’95 se llevaron con todo merecimiento el premio a la mejor corrida con un inolvidable corridón de toros irreprochable de presentación y de variados comportamientos.

Hoy, afincada en Badajoz y en otras manos, Peñajara ha traído a Madrid un aluvión de blandura como hace mucho tiempo que no se veía, pues es evidente que los toros de la actualidad por regla general se caen mucho menos que los de los años ochenta. Por eso la debilidad de los Peñajara de hoy ha chocado tanto, porque esos desplomes de fallo total en la psicomotricidad puede decirse que ya no son de esta época.

La detestable blandura de los Peñajara fue la que propició el concurso de ganaderías del que se hablaba más arriba y el lío mayúsculo que se creó entre los menos avezados con los cambios de turno entre toros titulares y sobreros. La cosa empezó a ir mal con el rile del primero de la tarde, Ojito, número 131, que fue sustituido por el primer sobrero, Chalano, número 6, de El Cortijillo, que se parte un pitón por la cepa al entrar al caballo. El Trinidad de turno saca el moquero verde y tras la retirada del unicornio se corre turno para que salga como segundo el cuarto, Aguacero, número 54, de la ganadería titular que, pese a su falta de estabilidad, permanece en el ruedo y se lidia. A las ocho de la tarde, una hora después de haberse hecho el paseíllo, moría el primero de la tarde. En segundo lugar sale el reseñado como segundo de la tarde, Trampero, número 44, blando como sus hermanos, que es expulsado al averno de Florito corriéndose turno y siendo sustituido por el quinto, Astillo, número 81, al que la pericia de las cuadrillas mantiene en pie para no dar lugar a otra nueva expulsión. En tercer lugar asoma Segundo, número 105, que es protestado con razón por los tendidos debido a su endeblez crónica. Tras el pañolazo verde, a las ocho y veintisiete minutos de la tarde asoma por los chiqueros el careto de Extremeño, número 22, del hierro de Torrealba, los Torrealta de Alba de Yeltes, que misteriosamente también está aquejado de problemas serios de equilibrio y sustentación, por lo que el Trinidad vuelve a flamear el pañuelo del color de la esperanza para que asome por la puerta de chiqueros uno de Los Chospes, juampedros albaceteños. Se trata de Chinato, número 19, que pone su pezuña en Las Ventas a las nueve menos cuarto de una tarde que ya tira a noche. En cuarto lugar, a las nueve y cinco, sale el sobrero del Conde de La Maza, Costurero, número 48, al que se había corrido el turno. A continuación sale Indio, número 32 de La Rosaleda, serie B de José Luis Pereda, en el lugar del quinto que se lidió en segunda posición y, por fin,  Argentino, número 38, del hierro anunciado, que se lidia siendo ya de noche. O sea que Peñajara, El Cortijillo, Torrealba, Los Chospes,  Conde de la Maza y La Rosaleda: seis ganaderías para un total de once toros.
 
Para lidiar esta redada estaban ajustados Víctor Puerto, Eugenio de Mora y Alberto Lamelas. Vamos con ellos.

De Víctor Puerto está ya dicho todo. Es un torero que lleva como matador de toros desde 1995, año de la gran corrida de Peñajara a la que antes aludíamos. Es torero del que me sería difícil precisar su estilo. Lo que define mejor su actitud es cuando esta tarde el toro de Los Chospes anda suento correteando por el ruedo, hace por él y el hombre, diecinueve años de alternativa, tira el capote y sale de naja. Por decir algo bueno aquí, recordemos a su tío Sánchez Puerto, torero puro y clásico preferido por la afición madrileña, al que si los jóvenes viesen torear aprenderían lo que es el toreo  de verdad, a diferencia de lo que les enseñan por ahí.

Eugenio de Mora estuvo rodeando a su primero, tirando líneas y sin decir nada. En su segundo, el de La Rosaleda, la Fortuna le brindó la oportunidad de dar un aldabonazo en Las Ventas. El toro se desplazaba y no ofrecía dificultades a cambio de prolongar el muletazo hasta atrás y quedarse colocado. La mayor parte de la faena, el moracho anduvo cortando el viaje del toro, echándoselo encima y viéndose obligado a corretear entre pase y pase para volver a buscar la posición. Cuando se quedó en el sitio, corrió la mano y remató atrás consiguió los mejores muletazos de la tarde que, por desgracia, fueron los menos. Faena de altibajos y de concepto bastante pueblerino que, no obstante, deja ganas de volver a ver a este Eugenio de Mora, con quien compartimos la afición a los galgos.

Y Lamelas. Alberto Lamelas estuvo estupendamente en Valdemorillo, con toros de Victorino, en 2013, y el mayor aliciente de la tarde para muchos era él. Hoy ha tenido dos actuaciones de muy diverso signo. En su primero, el sobrero de Los Chospes, ha estado estupendamente. El animal metía miedo y además tenía unas arrancadas fuertes y encastadas. Lamelas no huye la pelea, trata de quedarse colocado y de ir podiendo al bicho. El animal le engancha muchísimo la muleta, lo cual descompone el trasteo, pero Lamelas le propone una tenaz y valerosa voluntad de no ceder la posición y de irle venciendo poco a poco. Las dificultades del bicho hacían más interesante el trasteo, estropeado en un revolcón totalmente innecesario por querer hacer la peste esa de las bernardas. En su segundo ya cantó un poco la gallina porque no se le vieron aplicar al toro los recursos de oficio que precisaba el toro para corregirle su incómodo gazapeo, el más señalado de sus defectos, así como los demás. Deja cartel y ganas de volver a verle. Da la impresión de que es torero que brillará más con las corridas duras que con las tontas.

Mereció la pena emplear la jornada de reflexión del sábado en meditar sobre el paso de los cinco rabiosetes de Sevilla por Las Ventas y sobre todo en lo del pobre Julián de San Blas, torero poderosísimo que bien se podía “haber inventado” no uno sino dos toros de los que él y su ambiente habían vendimiado, pero me da la impresión de que su poderío sólo funciona con toros que del chiquero salen ya podidos.