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martes, 27 de mayo de 2014

El testamento de Adela

Adela

Alejandro Ipiña

El 11 de julio por la mañana Adela me recibió en su casa, una casa construida para soñar, una casa construida para fabricar sueños. En ella soñó Emilio El Indio Fernández, su padre. En ella se han rodado más de 140 películas. Es una mole levantada en piedra volcánica dentro del barrio de Coyoacán en Ciudad de México. Cerca de la Casa Azul donde nació, vivió y murió Frida Kahlo. Cerca de la casa donde murió Luis Cernuda. Adela se acicaló y se vistió muy mexicana, con trenzas recogidas, hizo un gran esfuerzo para recibirme (a los pocos días la hospitalizaron), me regaló una conversación al final del camino: “Me estoy muriendo, aquí me meterán a mí también”, dijo, mientras me enseñaba el mausoleo que había mandado hacer para recibir los restos de su padre. Era verdad, a los pocos días la hospitalizaron y el día 18 de agosto cruzó el umbral, tenía setenta años. Este año en la Casa Fortaleza han levantado un gran altar en su honor. Uno de esos altares que tanto le gustaba armar, en noviembre, cuando se rinde culto a los antepasados; nos deja un libro delicioso sobre este tema Sabrosuras de la muerte.

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