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lunes, 1 de abril de 2019

Bares sí, bares no



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Zidane no es sólo una mística. Zidane es, también, una moral.

Descansé bien, no hice el idiota en los bares, sólo bebía agua –ha dicho.

Así sólo hablan Zaratustra y Zidane.

La moral (la palabra “moral” procede del latín; la palabra “ética” procede del griego), la moral ochentera de Zidane, descanso y agua, impresiona por el contraste con nuestra moral ochentera cantando con Jaime Urrutia en el “Cuatro Rosas” al calor del amor en un bar (“Los bares, qué lugares / Tan gratos para conversar. / No hay como el calor / Del amor en un bar”), en vez de quedarnos en el pasillo de casa aprendiendo a tirar paredes, como Butragueño, o a tirar ruletas, como Zidane, quien sería la “koinotès” (lo común) oponiéndose al “idiotès” (lo particular), cosa que han tratado de explicar su compatriota Chantal Delsol en la universidad, y en el fútbol, nuestro compatriota Javier Clemente, que dirigía el Combinado Autonómico y debía clasificarse para el Mundial de Francia. Le preguntaron cómo lo haría, y contestó:
Todos los jugadores deben salir al ataque, y en seguida también todos deben irse hacia atrás a toda leche.
En ese “todos” se alza como una torre de coraje la “koinotès” frente al “idiotès”. ¿Bastaría con cerrar la cantina de la ciudad deportiva para petar la cantera de Zidanes? ¿Cómo llenar una juventud a base de siesta y agua?
Zidane debe de tener una idea de los bares que ni el Ruano de “Maxim’s”, el primer bar americano que tuvo Madrid:
La puerta la guardaba un negro gigante vestido con una librea aparatosa y que vendía cocaína en unos frasquitos de cristal marrón que contenían un gramo y era de la casa Merck. A la entrada estaba el bar americano y el guardarropa. Al fondo, el “the-danzant” con una orquesta moderna, y arriba, en el primer piso, la sala de juego con ruleta, la primera que vi en mi vida.
La primera ruleta que vi en mi vida fue la de Zidane en TV, y luego cada día en el Bernabéu, que todavía no era un bar, aunque ya se empezaba a oír un ruido ratonero de pipas como en el “Avión” de Hermosilla, 99, “víctima de la especulación”, al decir de los prograjos, cuyos pecios se refugiaron en el “Cok”, el bar de Ruano en los 30, entonces de Emilio Saracho, “persona muy simpática que se bebía el negocio con sus amigos”, que eso es una carrera.
A Mourinho los “fake-news” lo han acusado de “desprestigiar” a Zidane por decir que, como entrenador, “no podemos hablar de carrera todavía, aunque en muy poco tiempo ha hecho lo que nadie, que es ganar tres Champions consecutivas”.
Ahora está empezando a dar un paso en su carrera. Tiene que construir un equipo, tomar decisiones, comprar y vender jugadores. Tiene que entrenarles y darles una filosofía de juego.
¿Ponemos o no ponemos cantina en Valdebebas? Una cantina zidanesca, donde sólo se sirviera agua de los floreros, un agua mística, el agua de los antiguos, que no se refería al “líquido elemento”, como dicen los cronistas, sino a la naturaleza emocional.
Para construir su primer equipo, y dispone de cinco meses para hacerlo, su naturaleza emocional pide a Zidane, y Zidane a Florentino Pérez, a Mané, a Kanté, a Pogba (éste vendría a dirigir el juego de contrataque), a Hazard (regateador a lo Isco y goleador a lo Vinicius) y, sobre todo, a Mbappé, que va a costar al menos el doble de lo que Zidane cree que vale Kéylor Navas. ¡Ay, Mbappé! Qué cinco meses de Mbappé nos esperan, con los “fake-news” contándonos cada día la vieja historia de Benito Perojo sobre el negro que tenía el alma blanca, y tal y tal y tal.

Allá va, calle arriba, el carro alegórico de la mañana, juntando las reliquias del mundo para comenzar otro día… Suena la campanita del Viático. Debiéramos arrodillarnos todos.
En el bar de Mou, Hommer, que nunca será futbolista, pide otra Duff.


ROMARIO, MESSI, CRISTIANO

Entre Messi y Cristiano, Romario, que ahora es senador por Río de Janeiro, no ha bajado el pulgar por ninguno: “Prefiero ver jugar a Messi, pero Cristiano está entre los cinco mejores de la historia”. En esa historia, si a uno le fuera dado escoger, preferiría ver jugar a Romario, dejando a Messi y a Cristiano para el Sudoku de los piperos. A Romario, que cerraba los bares, Cruyff le pedía goles, no tablas de sueño. Y cuando abandonemos este mundo nos llevaremos el recuerdo de su gol al Osasuna en Pamplona (asistencia con sombrero de Laudrup mirando al tendido y pase de voley-playa de Romario a la red: “Yo no hago goles; yo hago pases a la red”), el gol digno de la cámara de Lubitsch, pues te hacía entender (lo vi con un crítico de cine) lo que Bogdanovich había querido decir cuando habló del “toque Lubitsch”, cuya esencia era “su milagrosa capacidad para burlarse y celebrar aquello al mismo tiempo”.