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martes, 20 de diciembre de 2016

Villamejor


Hughes
Abc

El ayuntamiento de Madrid quiere poner huertos sobre casi todo. “Para que los cielos vuelvan a ser como los de Velázquez”, dijo Carmena.

Toda la vida hemos estado escuchando que los cielos de Madrid eran velazqueños, pero en realidad (nos dice su alcaldesa) eran no-velazqueños.

Cuántas veces alguien de Madrid miraba a su cielo y decía:

-Mira este bonito cielo velazqueño que sólo tiene Madrid.

Pero insistimos: era un cielo no velazqueño.

El ayuntamiento inicia así la “restauración” más ambiciosa conocida: la de su cielo. Y todo se le critica mucho a Carmena, yo el primero, pero esto más que criticable es asombroso. ¿Qué cielo tenía Madrid cuando creía tener el de Velázquez? ¿Tras la gasa de polución, qué cielo está esperando?
Este descubrimiento de Carmena me parece mucho más escandaloso que cerrar el tráfico. Le está quitando a Madrid su casticismo más elevado y está privando a los cursis, además, de su mayor embeleso. Es como si de repente cuestionara parte de lo goyesco, o el oso, el oso madrileño pariente (desconocido) del oso ruso.

Que la alcaldesa de Madrid diga que el cielo de Madrid es no-velazqueño me parece de portada.

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La noticia del tercer despacho de Soraya Sáenz de Santamaría (un despacho para cada S), además de descomponer en tres a la vicepresidenta, es decir, de hacerla trinidad, con lo cual se tiene, se contiene y se proyecta ella sola, tiene un interés grande porque fue el de Carrero Blanco. Hay otro interés, y es el de la suntuosidad. Tiene unas estancias de un lujo en los extremos de lo madrileño. Se hace delicadísimo (finísimo) imaginar esos gabinetes ocupados por la inteligencia sorayesco-popular, ¡todos ahí versallizados!

Es un despacho con salón anexo para una “intelligentsia” con puñetas. Soraya con eso abre oficinas de sí misma. También hace ciudad, se hace más capitalina y urbana, y se desmoncloviza. Pero volvamos a la coincidencia.

Carrero era delfín, transición, pero de la primera transición (¡la mala, la fementida!). Soraya es delfina del marianato. La democracia española, es decir, la derecha española -ya se dijo en este blog- es un régimen antonino (de adopción del heredero por su líder). Al elegir despacho, Soraya se “carreriza” (alejemos todo mal fario posterior, tocamos madera, ponemos velas a quien haga falta), se hace mujer totémica de Estado en perpetua transición. Carrero era proyección superpreparada, supermilitar, del Estado Franquista más allá del franquismo. Soraya es la proyección superjurídica-del-Estado marianil más allá de Mariano (si es que eso es imaginable). Su despacho desmonclovizado es también despacho madrileño (mentidero, pudridero de almas), y es adelanto de suntuosidad o lujo postgalaico (gastan poco en eso), y es también, sobre todo, en tanto “carrerización” (ojo, ocupación de la poltrona estatal de Carrero) asunción simbólica y más o menos subconciente del rol de continuidad.

Hay dos derechas. La del acabose y la de continuose.

El apocalipsis derechil (radiofónico), que es el acabose. O sea, el apocalipsis castizo. Contra el acabose está el continuismo, la continuidad (es decir, la suavidad, la suavidad del que toca pelo), y eso es ahora mismo Soraya, carrerizada claramente en su despacho-palacio. Soraya iba adquiriendo una importancia que exigía independencia de palacio. Por eso es despacho-palacio. La maravilla, y aquí hay que quitarse el sombrero, es que encima se llame Palacio del marqués de Villamejor.