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miércoles, 21 de diciembre de 2016

El partido de Copa. Málaga, 3; Córdoba, 4

El Málaga con Uriarte en el primer Don Balón Extra


Francisco Javier Gómez Izquierdo

         No es que la maldad humana me sorprenda cuando tiene sus picos más crueles, pero reconozco que noto como un nudo en las tripas en los días que toca asesinar no se sabe a quién ni a cuántos. No tengo los conocimientos de todos esos periodistas que explican y razonan el porqué de tanta mente criminal y los principios elementales de la fanatización de un tipo de personas a las que por lo visto usted y yo debemos darles lo que nos pidan porque al parecer se lo debemos. Se lo debemos por haber sido educados en el cristianismo, esa aberración occidental.

      No, no entiendo nada. Conozco, porque lo palpo, de lo que es capaz el hombre sin necesidad de ser psicópata, de a lo que llegan padres con sus hijos, ladrones que matan por diez euros, mindundis dispuestos a derribar rascacielos llenos de impíos, asesinos orgullosos de serlo..., por lo que al escuchar a los que vocean por las teles caigo en la tentación de tener malos sentimientos. 
     
Así estaba uno ayer, con el día libre y buscando las últimas novedades en Berlín sin caer en que por la noche jugaba el Córdoba en Málaga la vuelta de la Copa, como tengo dicho, la competición con la que más disfruto. El partido era para haberlo visto en la misma Rosaleda, pero ya digo que se me fue el santo al cielo y cuando Manolo, su familia y los Felipes de mi peña mandaron la foto en las gradas me arrepentí de no haber ido, porque la cosa me olió bien desde el partido de ida.
     
El entrenador Carrión, como Iríbar y como Fidel Uriarte, debutó ante el CD Málaga, que parece club dador de alternativas, en el partido de ida de la Copa. Se ganó 2-0, pero quedaba todo para la vuelta. El Málaga, dolorido por las últimas actuaciones, quiso avasallar desde el principio y congraciarse con su público, cosa que parecía iba a conseguir cuando al cuarto de hora Sandro, rápido y técnico, marcó el 1-0 con la desgracia añadida de la lesión de Rodas, nuestro central. Cegados en busca del segundo gol, los malaguistas se desarroparon atrás y Pedro Ríos, que ayer dejó para otros la banda derecha y estrenó puesto como de Laudrup moreno y “bailaor”, ingenió un pase con tirabuzón a Guille Donoso, el mejor centrador del Córdoba, y éste, ¡pin!, se la dio al rellenito Piovaccari, al que uno ya le había afeado en dos o tres lances, para que la empujara a gol. No desfalleció el Málaga, porque al finalizar la primera parte Sandro, buen delantero el canario, le coló a Razak un cañonazo, pero Ríos estaba ayer tocado por ese duende que se posa de vez en cuando en cualquier nativo de Jerez y fabricó otro contraataque por las gateras que dejaban los defensas blanquiazules, para que marcara de nuevo Piovaccari, como si fuera Van Basten
    
El público malagueño había rumiado un enfado monumental en el descanso y al comienzo de la segunda parte La Rosaleda comenzó a lanzar anatemas contra Juande sobre todo y contra el portero Boyko, al que le esperan malos tiempos. La verdad es que es llamativo que después del partidazo de Kameni contra el Barça, el portero camerunés desapareciera del once. Cosas de Juande, seguro, al que un servidor tiene por entrenador harto capacitado, pero que va a tener que lidiar con una plantilla muy joven y poco disciplinada en el trabajo defensivo. Como quiera que la familia “boquerón” es demasiado exigente, auguro un calvario insoportable para la paciencia de Juande. Con el estadio riñendo, el Córdoba siguió a lo suyo, al contraataque. Pedro Ríos apareció en el carril del 10 sin nadie frente a él. Se coló en el área y ¡zas! penalty, que con los pobres no significa expulsión. Era el 2-3 y el delirio del centenar de cordobesistas que se dejaba la garganta a cada regate de Pedro. Para que al menos no perdiera, como señalaba el comentarista, el Málaga marcó el empate con más suerte que técnica futbolística... pero faltaba el rato de Moha Traoré, ese negrito del B hermano del Adama que ejerce con Karanka en el Boro. Moha recuerda a Haselbaink o Amunike, todo potencia y velocidad desbocada. Dio dos carreras largas y una corta. En la corta, dentro del área, dejó a Llorente, como vulgarmente se dice, mirando para Pamplona y le puso el balón a Pedro Ríos, que en un salto limpio, suave y elegante, como de sirena, cabeceó dulcemente el regalo del negrito.  3-4 y final. Probablemente sea el partido del torneo. No llega a la categoría del Toledo-R. Madrid o el Novelda-Barcelona, pero será recordado por todos  los buenos aficionados cordobesistas y malagueños.