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sábado, 10 de diciembre de 2016

Castilla



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Pues sí, Castilla hizo a España y España deshizo a Castilla.

La buena nota de Castilla en el Informe Pisa tiene una explicación sencilla: el castellano viejo siempre ha sabido que el único modo de salir de pobre es licenciarse de lo que sea para poder colocarse un día de cocinero en Nueva York, ya que España nunca le va a dar nada.
Los demás españoles, en cambio, han sido educados para saber que la vida les caerá de ese cocotero (un árbol con cantimplora, dice Foxá) que es el Estado.

¿Por qué vivir como Manuel Orta, el hijo del dueño de la fonda de la estación de Burgos que fue durante treinta años el chef del “Pierre” de Nueva York, cuando se puede vivir como Gabriel Rufián?

Cataluña es lo eterno.

¿Qué idioma hablaría mi madre en los diez años de su estancia en Barcelona? –se pregunta el universal Santayana–. En buena sociedad, el castellano, sin duda; pero seguramente con los criados y en la calle, el catalán.
Dicen que, para lo suyo, Rajoy ha mandado ya a los ministros a que hablen como locos en catalán, cosa que ni siquiera Jesús se atrevió a pedir a sus apóstoles, y que a María Soraya le han puesto un “office” en Barcelona para que ejerza de “Pubilla” del consenso.

Esta puesta de la política madrileña al servicio de la sentimentalidad catalana es de inspiración joseantoniana: José Antonio se tomó en serio la ortegada de la España invertebrada y en febrero del 34 regañó en el Parlamento a quienes levantaban una ceja al oír que el problema catalán, un movimiento separatista (“también poético”), es el de unos poetas incomprendidos, los catalanes, entre oídos demasiado duros, el resto de españoles.

La solución del consenso (euros aparte) parece ser la monda de la “nación federal” (?), que salta como una liebre en los artículos de fondo de los periódicos. ¿Queremos poesía? Nos vamos a hartar. Y así es como transitamos de la tragedia suarista de lo autonómico a la farsa mariana de lo federal.

Anda, Alonsillo, ponte a estudiar.