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sábado, 3 de diciembre de 2016

El boicot

Roger Scruton

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Un cinero español estrena una comedieta sin público y echa la culpa a otro, que ahora se dice boicot.

Atacar una película como la mía es atacar al cine y a España –avisa el cinero, y el Régimen mediático despliega sus “border collies” para conducir al rebaño progre a las salas.

En la calle se habla de Fulano el del Boicot como se hablaba de don Camilo el del Premio. No sé, no sé. David Hume, quizás la mente más aguda que haya existido, careció de lectores y, sin embargo, supo quedarse a solas consigo y con su ironía, y al morir, “ejemplar y lentamente, de cagalera”, en palabras de Felipe Mellizo, que estaba en Londres, a su periódico (¡cuando los periodistas leían a Hume!), decía a sus amigos:

Disfruté de un regalo de Dios: contemplar el mundo, entenderlo, amarlo… Gracias a mis libros y a mis partidas de damas en las tabernas he sido fuerte para estar a un lado. Y como sé lo que ha de ocurrir mañana, no me importa morirme hoy.
El cine es el libro de los que no leen libros, y achacar a un boicot la falta de interés que uno despierta es querer evitarse decepciones buscando al “enemigo dentro”. Roger Scruton lo llama “la falacia de la suma cero”: cuando los optimistas comprometidos encaran un fracaso (el fracaso de sus planes, aplicados a ellos mismos o a la condición humana) se pone en marcha un mecanismo de compensación, diseñado para salvaguardar el proyecto, y que consiste en encontrar a la persona, la clase social o la entidad que lo ha frustrado.

Si yo he fracasado es porque alguien ha tenido éxito en mi lugar.
En el caso del cinero lúser, los fascistas, que se quedan en casa leyendo historietas del Buitre Buitáker en vez de ir al cine para pagar por segunda vez la película que no quieren ver. La sociedad es, por tanto, un juego de suma cero, falacia, según Scruton, que fue la raíz del pensamiento socialista desde los escritos de Saint-Simon, pero que se convirtió en un clásico con la teoría marxista de la plusvalía.