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martes, 13 de diciembre de 2016

Momento estelar de la humanidad



Hughes
Abc

Se han producido dos hechos trumpianos de una dimensión profunda.
Uno, hace minutos en Nueva York. Lugar: la Trump Tower. La Casa Blanca nos parece un escenario secundario. Ese hall es el centro del mundo, es un lugar escenario y sólo faltaría una Connie Selleca recibiendo a los invitados.

Allí ha llegado Kanye West. De negro, serio, pero con el pelo teñido de rubio (rubio trumpiano). Detrás iba su entourage. Un montón de tíos con muy mala cara. Eran como una parodia. Be Cool. Iban a ver al Presidente de los Estados Unidos.

West no solo fue recibido por Trump. El hombre conocido como “el magnate” le acompañó a la entrada. Paró frente a la prensa y, ahora sí, improvisó una declaración. Estaba priorizando. West era más importante que muchas cosas.

“Somos amigos”. “Hemos hablado sobre la vida”.

Kanye sonreía como un chiquillo. Cruzaba sus brazos como si tuviera aún la camisa de fuerza (merci, I).

Es importante saber que West venía, no sólo de hacer campaña a favor de Trump (Rodman, Tyson y él son la negritud antiesclavista y rebelde que apoyó a The Donald. Negros poderosos, titánicos, incontenibles). No sólo campaña. Venía de enloquecer. Interrumpía sus conciertos tras una parrafada ininteligible sobre el presidente. Ya había ganado. Daba igual. Pero él estaba en eso. Incluso arremetía contra Beyoncé (el símbolo pop clintoniano: mujer, de color, artista), siendo Jay-Z su socio.

La rebeldía de West, un artista conceptual, fue más allá. Fue ingresado por paranoia. West pasó del trumpismo a la paranoia, o los combinó.

West es un artista médium, y un personaje puramente trumpiano. Su importancia, y la importancia de este encuentro (ENTRE DOS LÍDERES MUNDIALES) es como una mina de oro en la que picar y picar.

No sabemos muy bien lo que ha pasado.

Al terminar, se saludaron como colegas. “Take care. See you soon”. Y se fueron. Antes de marcharse, el “guardaespaldas-colega” de West, parte de su séquito, le alargó humilde la mano al presidente, que también le saludó. Las miradas eran a los ojos. Estaban muy serios. El absurdo chisporroteaba muy cerca, como un precipicio de ácido. Se dieron la mano. No puede molar más. Había un respeto no institucional, ¡previo a lo institucional! Un “auctoritas” anterior a su elección, estelar, de hombre a hombre, planetaria y, ésta sí, completamente transversal. Trump la tiene. Al lado de ese sello de fraternidad viril… ¡dónde queda Obama!

Pero no sólo pasó esto. Bill Gates habló también con Trump. Tras hacerlo, ha comparado el momento con el de Kennedy. ¿No hablamos alguna vez de ruptura creativa? Pues eso dejó caer Bill Gates: “Puede haber un muy optimista mensaje de que la administración Trump va a organizar cosas, deshacerse de las barreras regulatorias y obtener el liderazgo estadounidense a través de la innovación”. Lo compara con JFK y el espacio. Un salto de la humanidad.

Gates era la innovacion y la empresa. El genio americano moderno. West estaba en calidad, no ya de artista, sino de amigo, y antes que de artista, de líder, primero racial (¡aunque aún no lo saben!) y sobre todo de líder espiritual. Kanye West ha asumido en su psique el delirio trumpiano, catalizando las energías paranoicas.

Desearía poder dedicarme a esto (el deber me llama… ¿pero va a ver alguna vez la REALIDAD de mi verdadero deber?). Al asunto habrá que volver. Porque es muy importante.