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lunes, 19 de diciembre de 2016

Ron, café y puro Balzac

PRÓLOGO A MADRID, DE CORTE A CHEKA, DE AGUSTÍN DE FOXÁ*



Ignacio Ruiz Quintano

Agustín de Foxá es un lujo de España, cosa que a ver de qué escritor se puede decir ahora.
Cultivó la inteligencia y cortejó a la belleza, aunque, para esconderse, tiró de la ironía.
Como el ahogado perdido en una playa que siempre supo que sería, vuelve felizmente a los escaparates el hombre que por fastidiar a Malaparte hubiera querido ser Bonaparte, Foxá, tan clásico, tan moderno, tan brillante, con su Madrid, de corte a checa, la mejor crónica (estallido, fulgor y pálpito) contrarrevolucionaria de la revolución treintañona en España, la última guerra ideológica en Europa.

El mundo, en el mismo borde de la catástrofe, era muy hermoso de ver –escribe Churchill recordando aquel 28 de junio en que llegó la noticia de la muerte del archiduque Fernando en Sarajevo.

Y Europa expiró el 28 de julio de 1914.

En España, apenas tres lustros más tarde, todo un régimen milenario se liquidaba –escribe, con melancolía infinita, Foxá– en la consulta de un médico, como si se tratase de una nefritis.
La revolución estalla en el otoño del 34, pero las redomas del furor se harán trizas en el verano del 36 con el asesinato policial del jefe de la oposición, formalmente amenazado (“¡este hombre ha hablado por última vez!”) en el Parlamento por la gorgona de Somorrostro.

De la monarquía milenaria a la revolución proletaria pasando por “una república de trabajadores” improvisada a la manera española por Ortegas, Ayalas y Marañones, en seguida arrepentidos.

“Flor de Lis”, “Himno de Riego” y, ay, “Hoz y Martillo”, precisamente el símbolo que en Madrid, durante el pleno municipal para la purga ideológica del callejero de la capital de España que incluye el nombre, entre otros, de Agustín de Foxá, pintarrajeaba ensimismado, para el psicoanálisis, un joven concejal comunista en su cuaderno.

Dicen que Mussolini fue un día a la Fiat y preguntó por el encaste político del personal. Agnelli le enumeró los consabidos pelajes. “E fascisti?”, preguntó el Duce.

Fascisti siamo tutti, Eccellenza –contestó Agnelli.
Deliciosa explicación de lo de España, donde el fascismo, cuando no está prohibido, es obligatorio.

En lengua de Foxá:

Hagamos de España un país fascista y vayámonos a vivir al extranjero.
(Que fuera el representante de la España de Franco en Finlandia no le impedía a Foxá reírse con desprecio de Franco y su revolución, contaría Curzio Malaparte: “Foxá pertenecía a esa joven generación de españoles que había intentado conciliar la vieja España católica y tradicional con la joven Europa obrera. Pasado el tiempo, se reía de su generación y del fracaso de esa trágica y ridícula tentativa.”)

Para Fernández de la Mora, que editó primorosamente sus Obras Completas, de biblia y oro, para Prensa Española, en Foxá se daban cita la claridad ateniense, la vitalidad romana, el lujo bizantino, el voluptuoso misterio norteafricano y el sentido trágico de la gente celtibérica.
Mas, para sus amigos, su mejor obra fue la conversación. De ahí su carrera diplomática. Walter Baheot, el publicista de la Constitución inglesa, recuerda que Napoleón se abstenía de enviar a las antiguas cortes extranjeras hombres salidos de la revolución: “No hablan con nadie, decía, y nadie habla con ellos”. Y regresaban a París sin haber obtenido una sola noticia.

Foxá es un virtuoso de la pluma (literatura exuberante) y del venablo: una lengua terminante que lo llevará lejos, muy lejos, a Manila, “desterrado” por el Ministerio (“la Falange es una hija adulterina de Carlos Marx e Isabel la Católica”), en expiación de sus celebradas medias verónicas al fundador de la Legión o al Nuncio de Su Santidad.

Le pondré “invicto”, porque, como se ha pasado la vida peleando medio ejército contra otro medio, nunca podía ser vencido” –dijo una vez a Millán Astray, que le pedía un adjetivo para “Ejército” en una arenga.

–Pues si esas cosas se las inspira al Papa el Espíritu Santo, yo me hago del tiro de pichón –dijo otra vez al Nuncio.

En Manila apenas dura un año. Moribundo, antes de partir, todavía tiene tiempo de ronear:

–¡Soy el último de Filipinas!

Por algo dijo Cortázar: “No hay cosa que mate a un hombre más rápido que obligarlo a representar a su país”.

Si cada generación es salvada por el santo que más la contradice, Foxá es el santo alocado y generoso (“Gordo; con mucha niñez aún palpitante en el recuerdo; poético, pero glotón; con el corazón en el pasado y la cabeza en el futuro; bastante simpático, abúlico, viajero, desaliñado en el vestir, partidario del amor, taurófilo, madrileño con sangre catalana; mi virtud, la imaginación; mi defecto, la pereza”) que, en su bando, salva a la suya con una obra solar de escritor que sabe a gloria.

Foxá es el mejor escritor de la última generación que escribió bien en España, incluidos sus “Homeros rojos” (“tristes Homeros de una Ilíada de derrotas”).

Corría por todo Madrid una turbia masa de carnaval sangriento: –anota de aquel tiempo César González-Ruano en sus Memorias–: estudiantes, golfas, obreros y chiquillería astrosa (...) Madrid se puso denso, feo, canalla.
En diciembre del 34, desde Varsovia, Sofía Casanova, que había cubierto para ABC (y a pie de obra) la revolución del 17, contaba en el periódico (el periódico que en el 36 se atraería toda la ira de “la Horda”: dieciocho redactores y medio centenar de obreros de sus Talleres fue el precio) cómo se estaba “incubando la calumnia universal, antecedente de hechos mayores, de la revolución victoriosa que quiere destruir hasta la esencia del españolismo”:

Repito que Lenin dijo en el año 1918 en Petersburgo: “Afirmados en Rusia, nos apoderaremos de España” –escribe Casanova.

Los revisionistas de la historiografía actual denominan “huelga con incumplimiento de servicios mínimos” a lo que el mismo “Lenin español”, Largo Caballero, llamó “revolución de Asturias”, a consecuencia de la cual, por cierto, Chesterton abandonó en Inglaterra el Partido Liberal: “Imaginen ustedes cual fue mi asombro cuando vi que los liberales (ingleses) se lamentaban amargamente del infortunado fracaso de esos socialistoides fascistas (españoles) en su intento de revertir el resultado de unas elecciones generales”. Y remató (como luego, demasiado tarde, haría Marañón, en el 37 y en París):

La única conclusión es que el liberalismo sólo se opone a los militares cuando son fascistas y aprueba enteramente a los fascistas mientras sean socialistas.
La revolución en Asturias es la presentación en sociedad de la revolución en España, que no estalla como una bomba, metálica y por sorpresa, sino que se desencadena, enferma y extraña, como una peste.
La pega –siempre ideológica– más repetida que se le pone a la novela de Foxá es su “crueldad”, la misma pega que Nabokov le puso al Quijote (“las dos partes del Quijote constituyen una auténtica enciclopedia de la crueldad”) o la crítica cinematográfica a La Pasión de Mel Gibson. Tampoco creo que Madrid, de Corte a checa sea más cruel que los “Diarios” (robados) de don Niceto Alcalá Zamora, pero nuestra cultura socialdemócrata del “disvalor” impone pixelar incluso el mordisco del león en los documentales de National Geographic.

Lo que hace Foxá es narrar, a punta de capote, y en sus ratos perdidos, en el café Novelty de Salamanca, el espantoso episodio nacional del terror revolucionario en España.
A Foxá lo pierden (o lo ganan) los cafés. Gecé, el gran celestino de nuestras vanguardias, lo conoció cierta medianoche en un café de Sofía:

Después lo vi acompañando a Eva Perón en una fiesta de gala en Barcelona. Iba de frac, grueso, congestionado. Le paré en una escalera: “¡Balzac!” Le gustó mucho. Luego en La Habana. Fumaba. Bebía un ron tras otro. Diciéndome: el trinomio de Cuba, superior al de la Revolución Francesa: ¡RON, CAFÉ Y PURO!

…con un olor de parque dormido entre las ruedas…

Usted es diplomático, ¿no? –cuenta Juan Ignacio Luca de Tena que, allá por los 40, preguntó un día a Foxá la esposa del elegantísimo embajador americano en Madrid, que era una princesa rusa con fama de ordinaria e indiscreta. (Foxá decía de ellos que él parecía un príncipe ruso, y ella, una norteamericana).

Sí, señora.
¿Y está usted destinado en el Ministerio?
Así es.
Me han dicho que llega usted todas las mañanas a su oficina después de las doce; que dice cuatro chistes y se marcha sin hacer nada. ¿Cómo se lo consienten?
Pues… porque yo soy el lujo de la Carrera.

A Tom Paine, que anduvo de chinche en las revoluciones americana y francesa, la condición diplomática le pareció siempre la esfera social más limitada en que podía actuar el hombre. Un diplomático, decía, es una especie de átomo suelto, que constantemente repele y se ve repelido.

Así, Foxá, ese lujo de España.
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*Ediciones Espuela de Plata
Editorial Renacimiento, 2016

Agustín de Foxá