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viernes, 2 de diciembre de 2016

Escolios a la demografía, escollos de la demografía

Malthus


Jean Palette-Cazajus

Mi obsesión por el carácter inexorable de las cifras demográficas sobre el destino de Europa y la andadura del planeta solía ser considerada, hasta hace poco, como una chifladura, un truco barato para epatar al personal o aparentar originalidad intelectual a precios de bazar chino. La sistemática ignorancia sobre estos temas, por parte de gente sin un pelo de tonta, siempre me resultó descorazonadora. Entre intelectuales de filiación llamémosla “humanista”, creo que el interés por las cifras se consideró siempre como una ordinariez. La elegancia intelectual está en el “puro cielo de las ideas”, en el manejo de los conceptos y de los símbolos. 

Cuando hablamos de España, de Francia, de Italia, de Alemania seguimos manejando tópicos de barra de bar y no digamos cuando se trata de países exóticos como China, Pakistán o Nigeria. Por supuesto, nuestros tópicos presumen de categoría, vienen envueltos en dorado papel de regalo. Pero detrás de las lentejuelas intelectuales siempre dormita la fundamental incapacidad para extirparse de una vez fuera de la ganga de los siglos de la trascendencia, para renunciar a la idea de que la sustancia de los humanos es distinta del resto de los seres vivos. La incapacidad de renunciar al viejo dualismo ontológico, como dice la filosofía escolar, a la idea de que constituimos una entidad especial, separada, “la excepción humana”. Aceptemos la inscripción de la especie humana en la historia común del genoma y de la evolución de las formas vivas, asumamos la realidad del hombre como “cristalización genealógica, provisional e inestable de una forma de vida en evolución, a saber la humanidad en tanto que especie biológica” (Jean-Marie Schaeffer). Entonces disfrutaremos lo mismo de la poesía de San Juan de la Cruz y de los escolios de Spinoza, pero nuestra cabeza abandonará su larga convivencia con los pies y pasará a ocupar su emplazamiento, nunca mejor dicho, “natural”. Ciertamente, el precio a pagar será doloroso: “Lasciate ogni speranza, voi che'ntrate” avisó Dante. Y así es. Lo que realmente distingue al hombre del animal es su posibilidad de anteponer la lucidez a “cualquier esperanza”.


Camino de Usa

Por supuesto, no siempre en los albures de la historia los factores demográficos han sido factualmente determinantes, pero, a la larga, el peso de la demografía se muestra implacable. El cúmulo de las anécdotas termina construyendo la ley. Si Rocroi (1643) fue el canto del cisne de los Tercios fue también porque la mayoría de sus integrantes ya no eran españoles, o ya no eran voluntarios, o ya no tenían el “fighting spirit” que los adornó durante siglos. Y aquello tuvo mucho que ver con la demografía española del momento. 

Si Bonaparte trajo a Europa de cabeza fue porque se podía apoyar en la reserva de carne viva suministrada por un país de 30 millones de habitantes, entonces y con mucho, el más poblado de Europa. “Francia es mi amante, me concede sin contar sus favores y su sangre” roneaba el corso. 

Si la población inglesa no se hubiese multiplicado por 5,6 entre 1750 y 1914 –cifra inaudita, recordemos, en la demografía europea– para alimentar un torrente migratorio, la hegemonía anglosajona hubiese resultado más dudosa.


Ruanda, 1994

Si el mes inicial de la Primera Guerra Mundial, del 6 de Agosto al 13 de Septiembre de 1914,  fue tal sangría (313 000 muertos) para los franceses, fue, aberraciones tácticas aparte, por la superioridad demográfica alemana que les permitía alinear regimientos cuyo efectivo era hasta un 50% más numeroso que los franceses. 

Si el frente del Este terminó en desastre para los alemanes, durante la Segunda Guerra Mundial, fue por la abrumadora superioridad demográfica de los soviéticos. Alemania tenía 68,5 millones de habitantes en 1940, la URSS 172. Stalin dudaba aún menos que Hitler a la hora de sangrar al propio pueblo, en particular el vivero de sus repúblicas asiáticas, explotado hasta la última gota. 

Si, en los mismos años, los Estados Unidos aceptaron renunciar a su aislacionismo tradicional – al que pretende volver Trump– para ejercer de primo de Zumosol, fue, por un lado, ahorrando al máximo la sangre americana, a cambio de terribles destrucciones urbanas como en Normandía,  después, contando con que, diluidas en el potencial demográfico americano, las bajas no alteraran demasiado la conciencia ciudadana. 

Si poco más tarde, en Corea, en 1951,  americanos y surcoreanos se vieron al borde del desastre, fue por la irrupción de cerca de 2 millones de “voluntarios” chinos que los sumergieron literalmente. Costó Dios y ayuda enderezar la situación hasta regresar al sempiterno paralelo 38.

Niños en Gaza

Si la guerra (1996-99) y luego la independencia de Kosovo constituyeron tal trauma para Serbia fue porque su conciencia nacional se había forjado en el corazón de aquella provincia,  a partir de la terrible derrota del Campo de los Mirlos, en 1389, frente a los otomanos. Luego, a lo largo de los siglos, la demografía musulmana se impuso inexorablemente hasta llegar a la situación actual: 92% de albano-kosovares, 5,3% de serbios.

Si advino el horrible genocidio de 1994, fue también porque Ruanda, 26 338 kms2, casi 13 millones de habitantes descontando a los 800 000 tutsis, tal vez más de 1 millón, troceados a machetazo limpio, fue porque el llamado “País de las mil colinas” sufría desde hace generaciones el fatal encogimiento de las parcelas agrícolas. Ninguna situación ilustró mejor las palabras de Lévi Strauss citadas hace unos días: “...empezamos a odiarnos unos a otros porque una presciencia secreta nos advierte de que somos demasiado numerosos para que cada individuo pueda disfrutar libremente de los bienes esenciales...”

No quisiera marear. Terminemos con tres ejemplos de rabiosa actualidad.


Bumedián y su frasecita

Si la presencia “hispana” es cada vez más notable en Estados Unidos es porque México, y en grado algo menor la América Central, padecieron en los últimos  decenios tasas de crecimiento demográfico “africanas”. México tenía 25 millones de habitantes en 1950, hoy son cerca de 130. Con la misma tasa de crecimiento, los españoles serían hoy 150 millones. Perdón por el susto. Los políticos mexicanos lo avisaban desde hace decenios, a ritmo de mariachi: “Reconquistaremos los territorios perdidos (en la guerra de 1846-48, con EEUU) con el vientre de nuestra mujeres”. Personalmente y dándole la vuelta a la famosa frase del viejo Porfirio Díaz, diría que “¡Pobres Estados Unidos, tan lejos de Dios y tan cerca de México!” 

Si lo de Israel y los territorios palestinos no tiene pinta de mejorar, mucho tiene que ver con la situación demográfica. Sobre una superficie útil de poco más de 12 000 kms2 se aprietan y se odian unos 14 millones de judíos y árabes que se habrán duplicado en el horizonte 2050. Es la extensión de la provincia de Salamanca, ella con sólo 342 000 afortunados habitantes, nada dados a practicar la “guerra de los vientres” como palestinos y judíos ortodoxos. El colmo de la pesadilla lo tenemos en la banda de Gaza, 360 kms2, casi 2 millones de infelices, controlados por los islamistas. Se puede hablar de patología poblacional y política. La natalidad de los judíos ortodoxos y “jaredim” es ella 3 o 4 veces superior a la de los judíos laicos, mayoritariamente askenazíes, fundadores del Estado de Israel,  portadores de los valores europeos y cada día más minoritarios. Muy pronto la batalla opondrá dos siniestras cavernas religiosas. 

Si algún iluso piensa que pronto nos habremos librado del sedicente Estado Islámico y sus secuaces es que no tiene la menor idea de la realidad demográfica de los países musulmanes. Cansado estoy de alinear cifras. Búsquese cada uno los datos y previsiones relativos a Nigeria, Pakistán , Bangla Desh, Indonesia, entre otros, y comprenderán que nos esperan interminables y peores avatares de Daesh. Bueno, venga la espuela: veamos el caso de Egipto, ombligo cultural del mundo musulmán, que padece lo que se llama una “contratransición demográfica”, donde la tasa de nacimientos vuelve a aumentar, inducida por el peso del islam radical y la regresión de la condición femenina, con una gran mayoría de mujeres veladas y sometidas a la mutilación genital femenina (MGF). Egipto pasa del millón de kms2, pero con sólo 40 000 fértiles, prácticamente los de la época faraónica cuando tenía 3 o 4 millones de habitantes. Eran 9, 5 millones en 1900,  hoy pasan de los 90 millones, serán 162 en 2050. 

“Un día, millones de hombres abandonarán el hemisferio sur para irrumpir en el hemisferio norte. Y no lo harán precisamente como amigos. Porque irrumpirán para conquistarlo. Y lo conquistarán poblándolo con sus hijos. Será el vientre de nuestras mujeres el que nos dé la victoria.” La frase es muy conocida. Se atribuye al argelino Houari Boumediene, en 1974 . La deontología exige advertir que no tengo pruebas fehacientes de su veracidad. Pero la frase, muy celebrada entre los islamistas y en los “países del sur”,  se corresponde con el inexorable proceso de las cosas. Vimos el éxito de parecido soniquete en México. Puso su granito de arena el difunto Gadafi en un discurso de 2010 publicado en el diario libio Al-Shams: “Vosotros musulmanes sois una minoría en Europa. Alá quiere que un día seáis mayoría y la dominéis...seréis los imanes y los herederos del continente europeo”.

Algo más que paridoras

Resulta que son sociedades particularmente convencidas del origen divino de la “excepción humana”, las que animalizan el vientre de las mujeres, y las propias mujeres, las que reproducen ejemplares en lugar de producir sujetos. En cambio comprobamos que quienes consideran sagrado el deber de criar individuos responsables, pero irresponsable la proliferación de la especie, suelen ser los mismos que aceptan la unicidad fundamental del tronco de la vida. Cuanto más educado y racional, menos se reproduce el ser humano. Hasta el punto de poner en peligro su continuidad. El axioma es implacable: prolifera la ignorancia y se extingue la inteligencia. Lógico. Su aparición era absolutamente innecesaria para la supervivencia de la especie. Tal vez, incluso, contraproducente.

En la llamada “transición demográfica”, tras bajar la mortandad, la natalidad se mantiene un tiempo idéntica y las poblaciones crecen rápidamente. Luego la natalidad siempre termina disminuyendo hasta llegar a cierto equilibrio. Esto creían, al menos, los demográfos. Hoy se asoman incrédulos al desastre de una inconcebible “contratransición”. Sobre todo en África y, en grado menor, en la India. Occidente generó los progresos sanitarios que redujeron la mortandad. Al mismo tiempo, desde hace dos mil años, aprendió a superar el aislamiento clánico para ir creando no solamente instituciones colectivas sino una fuerte conciencia de su necesidad, hasta llegar, claro que en grados muy diversos, a la conciencia del estado, a la  de la nación y a la de la humanidad. La conciencia de que a menor mortandad debe haber menos natalidad y la de que la responsabilidad reproductiva es también colectiva fueron concomitantes. 

Los países proliferantes son víctimas del esquema inverso. En primer lugar los instrumentos que acabaron con la mortandad les llegaron de una cultura ajena. Luego la total ausencia histórica, en los individuos, de la referencia interior a una colectividad o una totalidad social englobante dejó fosilizados los comportamientos en actitudes puramente egoístas y posclánicas. El prototipo es hoy el varón autista, un primate reproductor dominado por el placer competitivo de verse rodeado por una prole pululante. Con frecuencia polígamo, suele labrar metódicamente el vientre de mujeres condenadas al destino de hembras gestantes. Parte de la producción se manda a Europa en busca de los medios económicos para garantizar la continuidad del ciclo reproductivo.

No sé porqué me viene a la memoria el recuerdo de la cultura ateniense, la huella de la lengua de Platón y Aristóteles, que brotaron en una polis de 50 000 ciudadanos libres. Ninguna generación futura se acordará del tipo de conciencia que encarnamos alguna vez. En realidad ninguna recordará que hemos existido ni para qué lo hicimos.

Atenea deprimida