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sábado, 17 de diciembre de 2016

Foster

Guernica


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Foster, el arquitecto de la empatía (“¡la empatía de los habitantes con sus espacios!”), hará la nave del Prado donde colgar un día el “Guernica” de Picasso en conversación con “Las lanzas” (que entonces serán puyas) de Velázquez, aunque tampoco se me ocurre de qué podrían hablar.
¿Que qué pinta en Madrid, Foster? Bueno, Foster ve en Madrid “sostenibilidad (?), restaurantes y clima”, más una empatía con Carmena, la regidora de la empatía mora.
Así que en Madrid pasamos del convencional estilo árabe con el que, según Pemán, se construían todas las cosas que los árabes no tuvieron nunca (plazas de toros, cervecerías, teatros, estaciones, urinarios) a la habitual “caja de zapatos” que, según Roger Scruton, podías ver antes en los suburbios y ahora ves en el centro de la ciudad.

La arquitectura es la más política de las artes, reconoce Scruton en su ensayo sobre estética del 79, y ahora, el más político de los arquitectos, Foster, hará en el Prado la caja de zapatos para el cuadro más político, el “Guernica”, ese caos desatado en el ruedo por el derribo del caballo. Si, en vez de pensar en sí mismo, Foster pensara en el cuadro, la caja de zapatos para el “Guernica” sería una explicación arquitectónica del caos pictórico, al modo de la famosa planta fálica de la casa de placer de Ledoux, que no fue, recuerda Scruton, exigencia impuesta  por su “función”, sino estética dominante que pretendía hacer inteligible “el racionalismo blasfemo de su arquitecto”.

Pero la ciudad moderna, que empezó como una ciudad sin monumentos, se ha convertido en un monumento a sus arquitectos:

Esta egomanía es visible en las formas y escalas de los “arquitectos estrella”, como Rogers y Foster, a los que dejan campar a sus anchas por nuestras ciudades.

 La pared lisa de la caja de zapatos tiene un significado psicoanalítico que estudió Adrian Stokes: es el “pecho bueno” que deseamos apropiarnos como fuente de nuestra bondad. Ya veo las colas a la espera de la leche materna.

La planta fálica de Ledoux para una casa de placer