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martes, 31 de mayo de 2016

Dos ismos


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

La tauromaquia produce lenguaje (es decir, pensamiento), pero el fútbol sólo produce música (del bombo de Manolo a las vuvuzelas de Madiba) en forma de himnos.

Según qué pasara en Milán, estábamos condenados al “boom” de uno de estos dos ismos: probrismo, si ganaba el Atlético, o rastacuerismo, si ganaba el Madrid.
Pobrismo es la chapa social en plan Blas de Otero del taxista que le dices a la Puerta del Sol y te dice que si le puedes indicar, que es nuevo en el taxi, y en el trayecto te recita la “Rerum novarum” de León XIII con voz saliendo de un odre, remedando al padre Ángel.

Y rastacuerismo, palabra que encantaba a Pío Baroja, es como los franceses llamaban al nuevo rico argentino o “arrastracueros” (señorito venido a más con la venta de cueros para la guerra del 14), y son esos mariposones del famoseo que se suben al carro de la Oncena (o de la Onceava, como dicen los nuevos académicos y el viejo Javier Solana). Por ejemplo, Richard Gere, en quien mi Emilia Landaluce, que es madridista manchesteriana (eso incluye a Hume, Smith y Mourinho), cree ver a Manuela Carmena con el peinado de Emma Penella.
A mí Richard Gere me parece el Arturo Fernández (¡Chatín!) de Filadelfia, cuna de la Constitución federal (la única constitución democrática que conocemos) de los Estados Unidos de América, que, por cierto, no tuvieron su primer himno hasta más de cuarenta años después de la Declaración de Independencia, ahora que en Madrid las Orejonas se acumulan y el “richardismo”, otro ismo nuevo, para celebrarlo, se nos vuelve verbalista y filarmónico, de modo que, a este ritmo copero, yo iría pensando en acogerme al palo del flamenco, que es la música de la hombrada para los guiris, y para los músicos, la de los que no saben solfeo.

El “richardismo” es este esperar a hacerse viejo para irse a vivir, en vez de a una autocaravana en las Rocosas, como los abuelos de Beavis y Butt-head, a un alquiler en Madrid y hacerse del Madrid… mientras gane.