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sábado, 28 de mayo de 2016

Vigésima de mi Feria. Otra frailunada (¡los Moiseses!) en una isidrada con casi más Frailes que Simones

Paseo

José Ramón Márquez

 Viernes casi de dolores en este tramo final de la Feria, víspera de la libranza que nos proporcionará la de rejones, último repecho antes de meternos en la cosa que más esperamos, la que empieza con Ibán y termina con Miura, la llamada “semana torista”, el apartheid de los toros ante los que jamás verás a Julián, la cuarentena de lo que debe ser eliminado.

Hoy nos prepararon otra frailunada. ¿Cuántas van? Ya hemos perdido la cuenta de la estampida de toros de los Fraile que llevamos vistos, hasta de sobreros. En Las Ventas vas al cuarto de baño y saliendo del retrete asoma un toro de los Fraile, que no saben ya dónde guardarlos, de tantos como tienen. Ya podían llamar a esto la Feria de los Fraile y abreviábamos. ¿Y por qué de tanto Fraile? Por lo económicos, imaginamos. Porque parece evidente, por lo que hemos visto de todo lo que han traído a Madrid en diversas formas y manifestaciones, por más que intenten travestirlos, debe  ser un producto de un precio altamente económico, visto el resultado. Lo mismo estos toros ni son ya de los Fraile, que igual son del Wang-Li o de alguno del Cobo Calleja, copias chinas y baratas que por fuera medio parece que imitan al toro de lidia y que cuando las bazuqueas un poco se les estropean los pitones o se les tuercen las patas.

Formalmente los toros de hoy pertenecían a don Moisés Fraile y se lidiaron a nombre de El Pilar. Don Moisés y doña Pilar Fraile Gómez (de ahí viene el Pilar) adquirieron la torada en el año 1987, que ya nadie recuerda que ese año fue declarado por la ONU como Año Internacional de la Vivienda para las Personas sin Hogar, y no se llegó siquiera a cumplir el año para que se eliminase lo anterior, como manda la tradición. Lo mismo que los leones machos cuando se hacen los amos de la manada lo primero que hacen es matar a los cachorros que pudiera haber de su antecesor en el mando, los ganaderos bien orientados no dejan que les crezcan las barbas a los toros del anterior propietario y antes que mandar arreglar los cercados o arreglar la casa, ya están llevando al matadero lo del amo precedente, pues creen que quienes saben hacer las cosas bien son ellos. Como es natural, la eliminación abre la puerta a la entrada en juego de los inevitables juampedros, sean de donde sean, pues bien saben los ganaderos de postín que, como anuncia tarde tras tarde el programa de la Plaza “este encaste conserva la cualidad de ir a más” además de que “se arranca pronto y lo hace galopando, con alegría y fijeza en los trastos de torear”.  ¿Quién no se va a comprar una punta de vacas con esas referencias?

Luego el hombre propone y Dios dispone y en este caso lo que se dispone es que los seis galanes que han salido por la puerta que custodia un barquillero se parecen a lo de juampedro como un higo a una castaña. Ni por tipo zootécnico, pues no eran bajos de agujas ni de cuello corto,  ni más bajos de cruz que de grupa, ni bonitos, ni finos de tipo ni finos de hueso. Eran lo que la genética y el empeño de don Moisés han conseguido a partir de lo que se compró, su encaste propio, su obra, los Moiseses, otro nuevo encaste para el siglo XXI. Dejaremos aparte lo de la blandura de remos, lo del poco ímpetu hacia los pencos forrados de kevlar, lo del descaste, y resaltemos el punto de mansedumbre -esto no debe tomarse como una censura, pues no lo es- y las condiciones para embestir con las fuerzas que tuviesen de,  al menos, tres de los del encierro.

La cuestión del toreo hoy venía garantizada por David Fandila “El Fandi”, David Mora y Alberto López Simón.

Con Fandila, aunque entre ellos no se parezcan en nada, pasa algo parecido en Madrid que con Pedrito El Capea, la víctima del bullying venteño. Todo el mundo, por poco o nada que haya ido a los toros, va imbuido de los puntos que ganan sus comentarios simplemente con censurar a Fandi, cuando es uno de los toreros del escalafón entero que menos mienten. Fandila no pretende escacharrar relojes ni pretende hacerse pasar por Fandila “el Poderoso”, Fandi es un torero cuyo éxito popular reside en dar un espectáculo en el que da lances de capa, pone banderillas, muletea y mata sin darse importancia y buscando la complicidad de un público amable y fiestero. Con esos mimbres torea muchísimo, pero eso en Madrid no le vale: no le valen sus lances trapaceros, ni sus banderillas eléctricas a toro pasado, ni sus trasteos ventajeros. Si acaso puede que lo que menos le echen en cara es lo de perder la muleta al entrar a matar, porque si deja el estoque en el interior del toro (el dónde y el cómo no son importantes) la estocada o sablazo es aplaudida en Madrid como si la hubiese dado el mismísimo Rafael Ortega.

Y nadie se fija, sin embargo, en que Fandila ha estado toda la tarde ejerciendo magistralmente de director de lidia, atento a cada lance de la corrida, atento a quites, óptimamente colocado. Porque hay que reconocer que no se ha visto en lo que llevamos de Feria a nadie tan preocupado por el desarrollo del festejo en la dirección de la lidia como a David Fandila, y no se fijan en eso porque eso no va en el guión, que eso iba en el de Paco Esplá: “Ya verás cómo dirige la lidia...”, pero no en el de Fandi.

David Mora volvía demasiado pronto a Madrid tras la emotiva tarde del pasado martes. Mejor habría sido dejar al torero rumiar el cariñoso éxito que le dio Madrid, pero sus mentores no consideraron esa posibilidad y trajeron a David Mora a dar una imagen más próxima a sí mismo de la que dio el otro día gracias a las condiciones del toro Malagueño. En su primero llegó a cruzarse en algún muletazo, toreando con la zurda,  amplificado su valor con el empaque de la propia figura del torero. Cuando el toro no da vueltas, cuando es el torero el que tiene que atacar, Mora se queda bastante desdibujado. En algún momento de la faena se queda impávidamente tirando del toro hasta que en una de ésas, estando descubierto, el animal le levanta los pies del suelo, por fortuna sin consecuencias. En su segundo, el aburrimiento por el desarrollo del festejo se había enseñoreado de Las Ventas y en vez de oles y palmas el sonido de la plaza era un murmullo de conversaciones.

López Simón trajo hoy los ecos de su época novilleril, tan espesa. Pensábamos sinceramente que hoy tiraría por la calle de enmedio, sin la presión del otro día, y presentaría otra vez su desparpajo y su cara frescachona para llevarse la tarde de calle, pero la cosa no le salió. Acaso el joven matador estaba más atento a tomar el avión para irse a Milán que de dejar huella en su segundo paso por la Feria, pero el caso es que en ninguna de sus dos actuaciones consiguió encandilar a la masa más acrítica y conformista, que es la que le ha hecho torero famoso – de eso a figura hay un trecho que creo que López Simón no va a recorrer-, en el primero porque al toro le faltaba el movimiento continuo que es preciso para crear la ilusión de que se está toreando. El toro se paraba y había que pensar en él para extraerle el jugo, pero esa posibilidad parece que sólo Ponce la contempla y nadie más. En el segundo porque el toro había perdido tanta sangre desde que salió de las manos del picador hasta que comenzó la faena de muleta que era ya un milagro que se mantuviese en pie. Este segundo era un sobrero de Salvador Domecq, negro y blando, que sustituyó al titular por desplome manifiesto. López se puso extremadamente pelmazo en cercanías y agobios al pobre bicho jaleado de manera harto consistente por su apoderado, Julián Guerra, desde el callejón. La paciencia de las gentes tuvo su límite y en un  momento comenzaron a increparle para que cortase la faena o como diantres se llamase eso que estaba haciendo.
Road to Milan

Muletas caídas
 
 
Rojo y negro
 
Plebiscito
 
Lo real
 
El desahucio de cada día
 
La autoridad
 
Esos días azules, ese sol de la infancia

A los pies del amo