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viernes, 27 de mayo de 2016

Decimonovena de mi Feria. Una tómbola de carne de Parladé, que suena divinamente en catalán (“Els bous de’n Parladé”)


Paseo

José Ramón Márquez

Hoy en Las Ventas hubo cosas distintas a ayer. Por ejemplo que no estaba Julián. Por ejemplo que, cuando se hizo el paseíllo, éste se hizo como habitualmente suele hacerse, aderezado con las tibias palmas de las gentes. Hoy y ayer, en el paseíllo, sonó el pasodoble España cañí, aunque ayer se oyeron más los silbidos y las protestas de la afición que las notas del maestro Marquina porque ayer la afición sacó pecho para protestar la golfería, el cálculo interesado y la avaricia de unos logreros y hoy no había nada de qué protestar. Hoy era harto complicado ver en las inmediaciones de la localidad media docena de caras conocidas, aunque eso de que los públicos cambien día a día ya se va convirtiendo en una tradición, que aún nos acordamos de cuando nos tirábamos el mes rodeados de los mismos y allí no cambiaba nadie y si acaso venía un forastero se le miraba casi como a esos pobres campesinos de la novela La Barraca, el tío Tonet y familia, a los que nadie quería.

En cierto modo podría decirse que hoy se vivió hoy en la Plaza la resaca de la fatigosa tarde del día anterior, como un 1 de enero de cuando teníamos veinte años. Estábamos expectantes por ver los toros de Parladé a los que hace un par de años quisieron encumbrar como la exquisita sublimación de la juampedrez y todo porque Toros de Parladé echó a la arenisca de Las Ventas a seis bobos (Hampesco, Cabreíto, Idealista, Gruñidor, Rapiñador, Teatrero) a los que decidieron homenajear con el premio del alicatado en el Patio de Arrastre, que ya lo podía patrocinar el de Azulejos Peña. Había que leer lo que la crítica lanar dijo entonces sobre los Parladé, impagables páginas de La Codorniz, y sólo hizo falta esperar a que llegase el año 15 para empezar a recular y en el 16 ya estamos en lo de siempre, sólo que con más arrobas.

Apunta el aficionado U. que lo de Parladé suena a catalán: “Els bous de’n Parladé” (pronúnciese con el acento adecuado), y es cierto que esa ele pide la guturalidad  del catalán mucho más que la ligereza del portugués, que haría una e larga y abierta, y por más que los animales nazcan, vivan y se desarrollen en el Alentejo portugués parece que el nombre pide mejor que se criasen en Perellada, Gerona.

Para quien quiera saberlo, estos Parladé dicen que proceden de Juan Pedro y de Gamero Cívico (¿o era Cínico?), ganadería de hace un siglo, que ellos sabrán, o lo mismo lo ponen por quedar bien, aunque visto el volumen de lo que salió por chiqueros más podían haber dicho de Tonelero Cívico, por lo grandes, gordos y abultados que salieron: el sueño de un entrador de carne.

A los madriles se vinieron Juan José Padilla, nimbado de su aureola de triunfador en la Feria de Abril en Sevilla, Iván Fandiño, aún convaleciente de la cornada que le dieron los seis toros de Resurrección de 2015, y José Garrido, que esta vez no toreó de rodillas.

Padilla ha andado por esas Plazas de Dios matando lo duro, lo que nadie quiere. La cogida de Zaragoza le puso en otra onda, de menos dureza, y sus cosas han sido gestionadas de manera óptima para sus intereses por Matilla. Padilla ha puesto también de su parte y lo que parecía que sería un pasar la gorra por los pueblos en una temporada y retornar al hogar en Sanlúcar y a ver qué pasa, se va convirtiendo en la segunda carrera de Padilla, del Padilla tuerto que no está dispuesto a resignarse a no estar en el circuito y a que se hable de él. Y es justo reconocer que el oficio que atesora tras haber matado lo que mató en el pasado le da vuelo más que suficiente como para resolver las complicaciones que puedan surgir de lo que ahora mata. Digamos que Padilla es eminentemente sincero: lo era cuando despreciaba al 7 y lo es ahora creando su personaje a medio camino entre Tragabuches y Long John Silver. Si será sincero que esta misma tarde se llevó un porrazo tremendo que le propinó el primero de la tarde, Facundo, número 1, una mole cárnica de 641 kilos lanzada a la carrera, que le arreó un fortísimo topetazo en el embroque de su primer par de banderillas, para que se vea si estaba reunido entre los pitones. En ese toro cambiante, poco claro y poco de fiar, que era como la mayor parte de la corrida una incógnita de comportamiento, Padilla tiró de oficio y se fajó con el toro sin perder la pelea ni mucho menos. No era toro para hacer el toreo bonito, cosa para la que pensamos que Padilla no está completamente dotado, ni para andar cruzado y componiendo, sino más bien para dosificar una faena entre el poder y el consentir. Había que estar ahí y no dejarse ganar y Padilla salió airoso del trago. En su segundo decidió echarse de rodillas para empezar su faena, que es su forma de animar a su público, y luego continuó con un trasteo más próximo al catecismo juliano que al toreo que nos puede interesar. En su primero, toro más complicado, su labor resalta más mientras que en su segundo, más de meter la cara, su tarea se le queda también más en pelotas. Siempre lo decimos, que para según qué toreros son preferibles los toros malos antes que los que se dejan.

Lo de Fandiño casi no merece una reseña, porque Fandiño no está. Se vio con su primero, con el que había que cavilar más, y sobre todo con su segundo, Jarrito, número 51, el más claro de la corrida, ante el que demostró lo bloqueado que está y lo mal que le fluyen las ideas. Fandiño no debería arrastrarse por las Plazas de esta manera. Es un torero joven que ha dejado momentos más que interesantes, mismamente con los Parladé aquellos de hace dos años, y no debería agotar de manera tan ligera su crédito. Fandiño planteó el año pasado una homérica apuesta personal que, por desgracia para él y para una legión de aficionados, no ganó. Desde entonces parece haberse apagado su estrella y las gentes parecen también haberle perdido el respeto, pero Fandiño tiene cualidades estimables como torero, de las cuales no es la más desdeñable la de no haber entrado en las grandes escuderías del apoderamiento al por mayor, pero Iván Fandiño visto lo visto en este San Isidro, no está en condiciones como para echarse a los hombros una temporada. Debería abrir un paréntesis, salirse del carril, pensar, meditar, recomponer sus fragmentos y retornar con otras fuerzas y otras seguridades interiores. No hay ningún desdoro en irse, muchos lo han hecho.

Y José Garrido. Es que en Garrido no vemos nada que nos mueva a pensar en él. Es que no tiene formas, ni soltura. No tiene picardía ni desparpajo. No tiene oficio ni arte. ¿Qué necesidad tiene de Garrido  la fiesta de los toros? Hoy por hoy me temo que ninguna. En la debacle personal de Fandiño hay una causa para explicarnos al torero, pero ¿y Garrido? ¿Cuál es la explicación de Garrido? Vamos a pasar por alto a su primero, Liriquillo, número 22, un chorreado en verdugo cuyas medias canales serían el delirio de un carnicero, al que apenas se picó por no estropear los solomillos; se puso pesadísimo con él, pero ¿a quién no le ha pasado alguna vez eso de verte tú mismo plasta y espeso? Si lo malo no es en ése, sino en su segundo, Inspector, número 43, que acude con rapidez al caballo, que va a las telas con presteza y distancia, que embiste con fuerza y ganas y todo eso no sirve de nada, porque Garrido no sabe otra cosa que proclamar al mundo y para el mundo su firme voluntad de ni torear en su sitio, ni medio ponerse, ni de renunciar al deprimente y ventajista cite con el pico. Y luego se quejará de que nadie le hizo caso: si la matraca de vulgaridad y de destoreo que pegó interesase, ayer habríamos sacado a Julián a hombros, que para esto y para todo es siempre mejor el original que la fotocopia fotocopiada mil veces. Le lleva El Tato y mucho deberá trabajar para sacar leche de esta alcuza.

Todos los actuantes perdieron hoy la muleta en la antiguamente llamada “suerte suprema”. Seis muletas rodando por el suelo: la llana del albañil, el serrucho del carpintero, el hacha del leñador, la metralleta del etarra, el pito del guardia. Las herramientas de trabajo por el suelo y las palmas para el estoque si entra dentro del animal, sea como sea, sea donde sea.


 Mambrú

 Los mulilleros tan a gusto

 Brega

 Lengua

 Jarras

 Apoderado

 Par

 Pasa

 Y vuelve a pasar

 Florencio, Galacho, Palette

 Jolly Roger

 El toro y el canguro

 Chacón

Sobrecogedores
(Cortesía de don Rafael)