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miércoles, 25 de mayo de 2016

Decimoséptima de mi Feria. Gran Alcurrucén y triunfo sentimental de David Mora entre "Pamplinas" Urdiales y Roca "Maromero" Rey



 Milanesado ad portas!

José Ramón Márquez

Y luego dicen de Madrid, que si es una Plaza dura, que si en Las Ventas hay ogros y reventadores, que si no pasan una... y llega un día como el de hoy y ahí está la Plaza entregada a la peripecia personal de un hombre que salió herido de manera tremenda y que hoy retornaba al sitio de autos. Y es que hay días que se juntan las cosas. Hoy Nuestro Señor, de quien siempre hemos alabado su calidad de buen aficionado, tenía preparado para el retorno de David Mora a Madrid al toro Malagueño, número 1, para que el via crucis personal del torero tuviese el fin que tantas veces habrá soñado en los momentos de soledad, de dolor y de incertidumbre durante su larga recuperación. Hoy puede decirse que todo se juntó a favor de David Mora.

Al romper el paseíllo recibió Mora una vigorosa ovación del público. Cuando el barquillero abrió la puerta del chiquero y salió el toro Malagueño a la arena hubo algún silbido de protesta, aunque la cosa no era como para ponerse a protestar al toro, bonito, bien hecho y proporcionado, un negro chorreado en morcillo, meano y axiblanco que en seguida cantó su clase. Lo recibe David Mora por verónicas, dando un par de ellas estimables, y lo pone a disposición de Israel de Pedro, que lo pica arriba. El toro se deja pegar y se va de la suerte como quien no quiere la cosa, no huyendo descaradamente. Entra Roca Rey a hacer un quite por gaoneras, pues Roca Rey es torero de pases floridos y llapiseros más que de la firme rotundidad de la verónica. David Mora va al toro a dar la réplica y responde con unas gaoneras ajustadísimas que ponen en pie a la plaza y, puede decirse, que sacan a Roca de la corrida, pues con la impavidez y la verdad del madrileño queda muy en evidencia el fuego de artificio del peruano. La segunda vara la toma Malagueño corriendo con alegría y prontitud desde más allá de la raya y le agarra muy bien Israel de Pedro, citando con el pecho del caballo y con el toro metiendo la cara. Tras la cosa del penco entra el toro en la jurisdicción de Ángel Otero, que lo lidia con el temple y la decisión propios de un gran peón, no poniendo nada superfluo y haciendo su trabajo ordenada y perfectamente. Lo banderillean con rapidez y suficiencia Pedro Calvo y José María Tejero y el toro queda dispuesto para el tercio de muerte. Se va David Mora adonde Padrós y le hace salir al ruedo (¿por qué?) para brindarle la muerte de Malagueño.

Antes de continuar es preciso que decir que probablemente fue en las gaoneras donde David Mora se da cuenta perfectamente de las condiciones óptimas del toro, pues acude al cite con nobleza y con un galope muy bonito, sin atisbo de retranca de ningún tipo. Acaso sea eso lo que le anima a iniciar su faena de muleta con un pase cambiado por la espalda. El toro está en el burladero del 1 y el matador se pone en el tercio del 10, por dentro de las rayas,  y ahí cita al toro al que pretende quebrar por el terreno de adentro, el toro no lo acepta y arrolla de manera espectacular al torero que se mete un trompazo formidable. El toro no quiere coger, simplemente no acepta el terreno que el torero le propone. Tras el susto morrocotudo y mientras el torero se repone del leñazo, Otero culmina su obra con cuatro verónicas donde ahorma la embestida definitivamente y deja al Malagueño preparado para empezar a torearle directamente. Vuelve Mora al toro y le plantea el inicio de faena con el que debería haber empezado, una golosina para la afición de Madrid ese inicio por estatuarios y esa manera de sacarse al toro hacia afuera andándole, con trincheras, pases del desprecio y pase de pecho perfectamente ligados, con un temple y un sabor añejo que nos levantan de los asientos. Y el toro revela ya de una manera patente sus condiciones óptimas para el toreo, la franqueza de su embestida, la alegría de la misma, su tranco vivo. A partir de ahí la cosa ya cambia, porque a David Mora le pasa lo que a casi todos, que le cuesta una barbaridad irse al sitio de torear y su labor pierde valor porque su planteamiento no es completamente sincero. Por un momento apunta hacia otro sitio de más enjundia y pega dos derechazos encajados y de gran son, pero la parte principal de su faena está elaborada con ingredientes de poco fuste. Bien es verdad que se pasa cerca al toro y que no lo tira a cualquier sitio en el remate del pase, dejándolo colocado para su toreo, tiene oficio y conocimiento, pero en el conjunto, por más que bramase la multitud, brillan muchísimo más las condiciones del toro -el toro de lo que llevamos de Feria- que las del torero. La faena no se alarga innecesariamente, como hacen tantos, y David Mora sabe perfectamente dónde cortar. Cobra una estocada desprendida perdiendo el engaño, de efecto fulminante. El toro cae desmadejado de manera espectacular y las gentes piden con furia las dos orejas, dos orejas también de apoyo y de reconocimiento al calvario del torero, y el Presidente, don Justo Polo, saca el pañuelo azul para dar la merecida vuelta al ruedo al toro. Todo ha ido perfectamente: el toro, el picador, la cuadrilla... David Mora ha cumplido su sueño y no ha habido nadie en toda la Plaza que haya tenido arrestos para censurarle nada... Y luego dicen que Las Ventas  es dura.

El resto de la tarde fueron Diego Urdiales y Roca Rey.

Urdiales tuvo la mala suerte de que el toro, al no saber leer, no había podido enterarse, con el libro aquél que hicieron de él, de que se hallaba frente al Faraón del Cidacos. Lástima para el toro, que se lo perdió. El bicho atendía por Heredado, número 32,  y ofreció sus embestidas de manera altruista por si alguien quería aprovecharlas. Urdiales, muy en Urdiales, pegó un par de derechazos marca de la casa de hondura y gran torería y el resto de su labor, muy en Urdiales también, fue un no ver claras las cosas y, desde luego, no ponerse en el sitio donde se torea. El público le jaleó algunos redondos por las afueras cuando ligó dos o tres y la faena se fue enfriando a medida que el toro no aceptaba estar en continuo movimiento. A su segundo no quiso ni verlo. Mora se había adueñado por completo de la corrida y el pobre Urdiales a esas horas ya sólo pensaba en irse a Logroño. Hay que reseñar lo bien vestido que venía de berenjena y oro.

Y Roca Rey pasó por la tarde como un vientecillo. Su última comparecencia en este San Isidro no ha servido tampoco para convencer a los que creíamos que en Roca Rey tendríamos torero. No digo que no vaya a ser figura, que lo será -aunque le va a costar más de lo que él cree-, pero la forma de cazar de la perrita no es lo que se dice como para echar las campanas al vuelo. A su primero le endiñó un catálogo de despropósitos y lo mató huyendo y soltando la muleta. La verdad es que apenas nadie recuerda ya su innecesaria puerta grande del primer día y hoy ha tenido que vérselas con un tío como el sexto, Caprichosito, número 141, al que no ha habido forma de torearle por espaldares (¡cualquiera se atrevía!). El toro, aunque no se comía a nadie, tenía que torear y ante la falta de recursos para enlazar una faena decente, Roca ha optado por intentar pegarse un innecesario y deprimente arrimón mendigando el susto de las gentes. A este toro lo ha matado de una soberbia estocada.

La corrida de Alcurrucén resultó variada de comportamientos, bien presentada, con remate y seria por delante. Tres toros para torear y tres para crear problemillas. Esta vez los Lozano no han defraudado como con la gayumbada que echaron el día de Carnicerito de San Blas, al que apoderan.

Había que sacar por la Puerta de Madrid a David Mora y, de pronto, saltaron al ruedo sus amigos, los que habrán estado junto a él en los peores momentos, los que le quieren. Entre ellos le sacaron emocionadamente, llenos de alegría, sin capitalistas, y reconfortaba ver ahí abajo esa expresión de la más pura amistad.


Vuelve la chancleta, con el callo para el nene y el juanete para la nena

Rompan filas

 Mora

 Padrós

Urdiales y Roca Rey

A hombros sin capitalistas

Subida al Monte Calvario (al fondo) de Mario el Nobel e Isabel