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martes, 10 de mayo de 2016

Cuarta de Feria. Aprovechemos la suspensión en Madrid para recordar que lo mejor de la temporada lo hizo Paco Ureña en Sevilla

 Ni Margé ni Vellosino ni Eugenio



José Ramón Márquez

Al final, ni Margé ni Vellosino ni ná de ná. Y eso que hoy pusieron la lona, que parecía el ruedo un cenote del Yucatán, todo redondo y azul. Se puso la cosa en no darla y, aunque a las siete no caía una gota, y sigue a estas horas sin caer, era tal la tromba, el tsunami humano hacia las taquillas a buscar las treinta monedas de la devolución, eran tales las pocas ganas del respetable de asistir hoy a una corrida de toros, que el consejo de ciento taurómaco/empresario/presidencial reunido bajo los pies de Miguel Ángel Moncholi, el doctor de la puerta de caballos, tomó la decisión de suspender el festejo y no dar la corrida ante los cuatro gatos que estábamos dispuestos a verla contra viento y marea.

Fernández, a quien no sólo en San Sebastián de los Reyes se conoce como Fernández, no ha avanzado lo que se dice mucho en la cosa de la Alta Fidelidad, y mantiene, acaso por una cuestión romántica, el mismo sistema de megafonía de su antecesor, orientado a dar un servicio óptimo tan sólo a las personas adineradas, poseedoras de entradas de tendido. En la Andanada lo único que sonó de la locución fue como el eco de una voz humana de tinte metálico puramente ininteligible que, según contaron los que pudieron disfrutar de ella desde las privilegiadas localidades en que se entendía, anunciaba la suspensión; así que ahí nos quedamos, alguno hasta con su almohadilla y todo, con las ganas de ver a Eugenio de Mora que era el que más tiraba de nosotros en esta corrida tan gafada desde el principio. A fin de cuentas éste era el festejo número 13 de la temporada madrileña, que algo tendrá el agua cuando la bendicen.

Por supuesto, como buenos aficionados curtidos en el más puro maltrato, rápidamente empezamos a tender nuestras teorías conspirativas, que si a los Choperon’s les venía de perlas la suspensión por las cosas del seguro frente a la pura devolución por ausencia de la ganadería anunciada, que si a los tres coletas les habrán prometido el oro y el moro por vía de sustituciones o alguna corrida veraniega, o que si tal y que si cual para echar el rato. Estamos ya tan baqueteados en nuestra relación con el mundo taurino empresarial que en todo vemos siempre manos negras, segundas intenciones, ardides y añagazas: es  algo que ya no podremos quitarnos nunca de encima.


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También esta suspensión viene de perlas para hablar un poco de toros, sin la cosa de la reseña del día. Hoy, particularmente, Tláloc nos brinda la oportunidad de llamar la atención sobre un importante hito que se ha producido sin que el mainstream haya querido echarle muchas cuentas, por lo que de incómodo tiene para todo el tinglado, tal y como está montado, y esto es la impresionante disposición de Paco Ureña en Sevilla el miércoles 13 de abril frente al toro Galapagueña, número 89, de Victorino Martín. El cisco del indulto de marras y luego los pingüis de Morante y el incontestable triunfo aldeano de Padilla fueron convenientes paletadas de tierra con las que se ha tapado la faena del murciano, basada en su disposición a torear a un toro de verdad bajo la bandera de la autenticidad.

Paco Ureña, digan lo que digan, es el único que a día de hoy ha puesto sobre la arena de una Plaza de Toros en esta temporada 2016 las verdades más incuestionables del toreo: la naturalidad, el muletazo de trazo largo y rematado, el cite, la ligazón, y todo eso pisando el terreno del toro, apropiándose del terreno que, según Belmonte, pertenece al torero y que según la taurinería contemporánea correspondería al viento que corre entre el sitio donde se pone el torero contorsionado como una alcayata y el sitio donde está el toro. Lo de Ureña en Sevilla hace ahora cerca de un mes tiene además la cosa, que a muchos les parecerá de poca monta, de hacérselo a un toro de presencia y de respeto ante el que la mayoría de la llamada “parte alta del escalafón” haría aguas mayores.

A veces las circunstancias vencen y, en este caso sevillano, Paco Ureña, su limpia tauromaquia clásica y asolerada, su verticalidad, su cuajo de torero de los que nos gustan sin retorcimientos ni mohínes, ha sido víctima de un puñado de circunstancias que han servido para poder tapar su disposición, su verdad y su torería sin alharacas: perfecto espejo en el que bien podían mirarse los jóvenes. Vaya a él, en esta tarde de suspensión, este pequeño reconocimiento.

¡Si en vez de en Murcia hubiese nacido en la calle Pagés del Corro!


 Chanquete

 Piraña

Díptico del corrimiento

 Atención al  cliente antes de la suspensión