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sábado, 21 de mayo de 2016

Décimocuarta de mi Feria. Alcurrucenes abarquillados del apoderado de Julián López, que otra vez vino a Madrid. ¿Por qué?

 Toro de la gnadería del apoderado de Julián

José Ramón Márquez

Madrid es el Angliru de Julián, el Tourmalet de Mister López. Madrid es el castillo inexpugnable, la Constantinopla cercada por los turcos julianos que obstinadamente no cae. Parece mentira, pero Madrid es el único sitio donde se ha negado de manera sistemática cualquier logro a toda la agit-prop que lleva manejando Julián de San Blas desde que era novillero. Muchos nos caímos del guindo cuando le vimos  el mismo día de su presentación y despedida como novillero en Las Ventas, que a esa corrida ya vino embalsamado por los perfumes de la crítica lanar (casi no hay otra) y nos dimos cuenta netamente no sólo de que este rey iba en pelota picada, sino de que, con sus trazas y el  cuerpo que Dios le dio, le iba a resultar harto imposible poder llegar a verle vestido algún día.

A lo largo de los dieciséis años que Julián lleva como matador de toros, todo el siglo XXI,  hemos tenido la ocasión de verle todas sus comparecencias en Madrid, y son unas cuantas. Hemos visto la evolución de su manera de torear, que la ha tenido, hemos visto cómo ha ido aquilatando ese espantajo feista del julipié, le hemos visto más encorvado y alcayatesco o más vertical, hemos visto cómo rendía el tributo de la sangre e incluso una vez le vimos salir por la Puerta de Madrid subido en el cogote de un capitalista; ahora que lo que nadie puede decir es que haya visto a Julián ni una sola vez cruzado o cargando la suerte, porque eso en Madrid no ha sucedido jamás y aquí están mis ojos para certificarlo.

Hoy Madrid se ha portado de maravilla con Julián. No ha sido acosado como otras veces y el heterogéneo público de los tendidos, gradas y andanadas que llenó la Plaza en cuyas taquillas se colgó el letrero de “No hay billetes” le ha dejado estar en sus dos toros sin apenas entrar en la gresca que siempre ha acompañado las actuaciones de Julián en la Monumental, de las que tanto se quejaban sus defensores periodísticos. El hecho evidente es que Juliancete ha contado en sus dos actuaciones con el silencio de Madrid en su más amplia expresión, pues apenas ha cosechado los aplausos de esos doscientos ilusos u optimistas que siempre lo aplauden todo, por lo que la dimensión de su fracaso en Las Ventas le corresponde exclusivamente a él mismo, que él sabrá qué ha hecho para que nadie le haya tenido en consideración. Si cada espectador pudiese tener a su lado a un revistoso del puchero acotándole las maravillas ésas de Julián que sólo ellos ven, acaso estaríamos hablando de un triunfo épico, pero incluso para una economía de tanto fuste como la julianesca se antoja que el coste de la campaña la haría inviable. A mi me da que la explicación principal del bloqueo de Julián en Madrid no viene de los cuatro que vociferan, sino que tiene bastante que ver con el de las cuatro patas, que él no ve ganado de este volumen ni de esta seriedad en toda la temporada, sólo en Madrid, y claro, al hombre le choca una barbaridad verse frente al toro, y eso le deja como groggy, por más que le hayan vendimiado el ganado.

La cosa es que Julián hoy presentó una cara (¿careta?) distinta de la habitual en él. Si la fama de que goza se ha cimentado de manera notabilísima en el cite lumbar, con su tronco inclinado hacia adelante como en reverencia al toro, hoy trató de buscar otra verticalidad, especialmente en su primero; lo de no cruzarse al pitón contrario es algo tan intrínsecamente arraigado en su mundo de creencias que es tan absurdo pretender que Julián se va a poner cruzado ni a citar en el pitón contrario como que no nos va a obsequiar varias veces en cada serie de pases con unas carreritas  que se pega como sin querer, que eso es lo de reponer, me parece, por lo que tengo entendido.

Julián se pudo explayar hoy en su tauromaquia juliana, de tan pernicioso efecto en las mentes jóvenes y maleables de tantísimos torerillos, muchachos sin gran personalidad que se quieren abrir camino ene este complicado y durísimo mundo del toro, y sea por lo que sea la cosa no salió. Otra vez será, pero de momento Julián sigue empatado a Puertas Grandes con Pepe Nelo, Morenito de Maracay y con Florencio Casado “El Hencho”. A su primer toro lo tumbó de julipié trasero y un mogollón de descabellos, y a su segundo, de julipié desprendido tirando la muleta. El julipié al primero fue más auténtico, pues en él adoptó en su vuelo esa forma crispada como si tiras un gato desde lo alto de un campanario. No hubo opción de robo presidencial porque nadie pidió nada.

El cartel se completaba con Sebastián Castella y con José Garrido, que venía a confirmar la alternativa que le dio Ponce hace un año en Sevilla.

Castella es un torero muy frío. Está bastante visto como para saber que comulga de una manera inmisericorde con los preceptos de la neotauromaquia: no te cruzarás, por fuera torearás, con el pico citarás, que es con lo que quieren sustituir a aquella cosa obsoleta de parar, templar y mandar. Se puede comprender que el entusiasmo por ver a Castella es perfectamente descriptible, partiendo de semejante principio. Sabemos también que sus faenas empiezan normalmente con una o varias pedresinas, que es lo que usualmente suele poner el torero para poner en su trasteo algo de la pasión de que carece su manera de torear. En su primero estuvo harto aburrido, en un trasteo larguísimo que no llegó a cobrar vuelo en ningún momento y que nadie, acaso ni él mismo, sabía cuándo podría finalizar. En su segundo, Antequerano, número 100, un toro que había proclamado de manera ostensible su mansedumbre, inicia con sus tradicionales pedresinas y en seguida tiene un momento en que torea al animal, lidiándolo con oficio y eficacia. No son pases “bonitos”, pero se comprende perfectamente el planteamiento del torero ahormando al toro y haciéndose con él. De resultas de esa inteligente lidia, el toro cambia por completo. Lo malo es que cuando ya tiene al toro para empezar a torear, entonces se tira a lo suyo y su trabajo pierde interés, lo cual no quita para que en lo anterior Castella haya firmado lo más interesante de todo lo que se ha visto en la tarde.

Y Garrido. ¡Ay Garrido! En su primero se echó de rodillas y le dio al toro una completa serie que fue lo mejor de su labor, ya que como decíamos el otro día es difícil echar la pata atrás estando de rodillas. Cuando se levantó, la cosa perdió interés por momentos y lo que más llegó al tendido fue la zancadilla con que Lancero, número 6, le derribó sin consecuencias, pues el animal hizo por la muleta que estaba en el suelo en vez de por el bulto, pero ni la caída fue suficiente para que la gente entrase en la propuesta estético/taurina de Garrido, que dejó un espadazo dentro del toro. En su segundo había intentado lancear a duras penas de rodillas de aquella manera, porque viendo cómo iba la tarde se dio cuenta de que podía  llevársela de calle. No ocurrió porque a esas horas todo el mundo se había desentendido de la corrida y Garrido no fue capaz ni siquiera con el arrimón de llamar la atención del público. Entró a matar tres veces y tres veces perdió la muleta.

Apostábamos el otro día que de las dos corridas de Alcurrucén la de hoy sería la buena y marramos de pleno. Ni en tipo, ni en hechuras, ni en juego estos Alcurrucén, que más parecían Cortijillos, han justificado su existencia. Entendemos que teniendo al equipo evaluador de toros de Julián en la finca reliándolo todo, es harto complicado componer una corrida, pero lo que han mandado los Hermanos Lozano a Madrid nunca debió salir por la puerta de los chiqueros que custodia un señor vestido de barquillero.

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