sábado, 1 de octubre de 2011

Juan Simón


Ignacio Ruiz Quintano
Abc Cultural

La berrea del ciervo rojo en los montes coincide con la comezón del mundo de la cultura en los pueblos, que vive en la incertidumbre electoral. O sea, el cuerno y la espada.

“El cuerno y la espada” es el estudio que el antropólogo yanqui Jack Randolph Conrad hizo en los 50 de la cultura del toro:

El hecho de que durante miles de años los hombres hayan adorado al toro como padre de los dioses y como autor de la vida misma es una creencia con tanta intriga que no puede despacharse diciendo mientras se levanta una ceja “pero vivían en el error”.

¿La derecha de Rajoy o la izquierda de Rubalcaba?

De Rajoy sabemos que es amante del ciclismo y lector de “Marca”.

De Rubalcaba sabemos que es amante del atletismo y lector de un Schopenhauer en camisa-solapón con el que se pasea por el Parlamento.

Ni Schopenhauer ni “Marca” parecen lecturas del moderno mundo de la cultura, que está para el arrastre, término taurino que todavía no ha sido prohibido.

¿De qué vale prohibir los toros, si no se prohíbe su lenguaje?

Pero no hay virtud alguna en el aborrecimiento del toreo –concluye Jack Randolph Conrad–. Sentir náuseas del espectáculo supone un desequilibrio en otra dirección. Si no nos gusta ver a la autoridad establecida desafiada por el individuo, si somos dados a sentir que nuestros padres, nuestros patronos, nuestros líderes son sacrosantos y libres de crítica, entonces condenaremos violentamente la corrida de toros.

La suerte de la tauromaquia en el oasis catalán estaba echada. Lo del domingo no fue sino un “entierro gitano”, más el detalle de esa alguacililla cortando para Tomás, que hacía de Juan Simón, el rabo que la presidencia no había concedido.

Se perdió el rabo, pero se congelaron (solución Disney) los huevos.

La afición que ciento cincuenta años antes quemara iglesias y conventos en protesta por la falta de trapío de los toros se despedía de la tauromaquia con un festival chinchonense.