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jueves, 27 de octubre de 2011

Lista de los asistentes al entierro de Chenel

José Ramón Márquez

Malos, más que malos, que no habéis ido al lío de Abella. Toreros malos y desconsiderados. ¿A quién se le ocurre no ir? Menos mal que ahí están los ojos avizores para recordar a todo el mundo las ominosas ausencias, los que no han tenido la decencia de irse a la ceremonia de la confusión que se organizó a la puerta de Las Ventas cuando sacamos a hombros a Antoñete. Menos mal que ahí nos los recuerdan las porteras, que a ver dónde estaban July y Manzanares y dónde estaban Perera y Morante y sobre todo dónde diablos estaba El Cid, que, no contento con llevarse el mejor toro de la feria, va el tío y se queda en Salteras en vez de venir a empujar a los fotógrafos a la puerta de Las Ventas.

Serán malajes los tíos, mira que no venir a Madrid, con lo bien organizado que estaba todo. ¿A quién se le ocurre? Y lo mismo que ponemos a esos podíamos haber puesto a El Viti y a Camino, o a Gallito y a Belmonte o a El Negro y a Lagartijo, o a Pedro Castillo y a Pedrito de Portugal, o al que cada cual le plazca para meterle el dedito en el ojo.

Y luego, como debe ser, faltaría más, un reverencial punto y aparte para el pétreo José Tomás, que ése, si no viene, no es porque sea malo ni desconsiderado, es que él es así y él piensa por su cuenta, no como los demás, y entonces, claro, hay que disculparle, que como él es un genio y está siempre a punto de la inmolación, vis a vis con la muerte, hay que disculparle, y además que con los dolores de la pierna, que esos dolores hay que haberlos padecido para saber lo que son, no es como para ponerse a empellones con la llamada prensa gráfica, que se le puede reproducir la herida. Entonces, claro, a éste... pues no hay más remedio que disculparle y, como es consustancial a su impagable figura aplicarle todos los beneficios y exenciones de la Ley del Embudo.

Allí estábamos los que teníamos que estar en el homenaje a un gran torero, los que pusimos religiosamente nuestro dinero en las taquillas en la certeza de que este hombre nos daría el ciento por uno del puro toreo y haría saltar nuestras lágrimas. Lo que ni podíamos imaginar es que por allí, zascandileando, había otros que venían a pasar lista como aquellas viejas que, en los pueblos, señalaban al que aquel domingo no había entrado en Misa. Allá ellos.

En estos días hemos echado muchísimo de menos el señorío de Joaquín Vidal.


Pasando lista