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miércoles, 26 de octubre de 2011

La Inquisición y el arroz con pollo*


Julio Camba
Nueva York, 21 de Julio (1931)

En pleno Broadway, a la altura de la calle 47 ó 48, hay un Museo muy divertido de la Inquisición española. En él unos cuantos cuadros, vagamente solanescos, representan a nuestros frailes de la época inquisitorial entregados a sus ocupaciones favoritas, tales como colgar ancianos cabeza abajo en los cañones de las chimeneas para curarlos al humo, quemar con hierros calientes pechos de las adúlteras guapas, asar al espetón niños recién nacidos, etc., etc.

El español que llega a Nueva York y se tropieza de buenas a primeras con estos cuadros tira de péñola y envía una carta indignada a los periódicos de Madrid suponiendo que los Estados Unidos nos calumnian deliberadamente; pero no hay tal. Se trata tan sólo de un barracón como tantos otros dedicado al comercio de emociones rápidas, violentas y económicas. Ten cents a thrill, esto es, un escalofrío por diez centavos. Al comienzo de la Prohibición estos barracones substituyeron en cierto modo a las cantinas, y el público iba a buscar en ellos el estímulo que obtenía antes con la copa de gin o el trago de whisky, y aunque hoy se bebe en todas partes no importa. Nueva York necesita más emociones cada vez. A thrill a minute (un estremecimiento por minuto) dicen los anuncios de las películas de gangsters. Por desgracia las películas de gangsters no conmueven ya a nadie, tan habituada está aquí la gente, no sólo a la ficción artística, sino a la realidad del crimen industrializado, y si un negociante ha encontrado un filoncito en eso de la Inquisición española, ¿vamos a suponer por ello que los Estados Unidos nos odian?

La especie de que los Estados Unidos nos odian tiene el mismo valor, poco más o menos, que la de que nos adoran, especie esta última bastante difundida también. Todo depende, para adoptar la segunda hipótesis y no la primera, de que el español recién llegado a Nueva York, en vez de tropezarse con los cuadros de la Inquisición, caiga en uno de estos restaurantes que se llaman Granada, Valencia, Chateau Sevilla, Alcázar, etc. Un tejadillo a la entrada, inspirado en las misiones de California. Una reja. Una cabeza de ternera, no en la carta, donde estaría indicadísima con un poco de vinagreta, sino en la pared, haciendo de cabeza de toro. Cacharros de Talavera o de Manises. Panderetas. Castañuelas. Las camareras, suposed to be morenas, son mulatas para mayor garantía. Peinetas. Mantillas. Spanish yellow rice (paella valenciana), chile con carne, frijoles negros, gallegan broth o caldo gallego, etc., etc. Todo ello con música de Carmen, ejecutada por una orquesta de negros en traje de luces.

La dueña de uno de estos establecimientos es una americana de origen irlandés, Mrs. Mac Dongall, quien tiene en Nueva York una cadena de restaurantes exóticos, lo que excusa mucho de sus equivocaciones, como, por ejemplo, la de hacer tomar a uno fabada asturiana a los acordes del himno búlgaro. En general, sin embargo, todos estos restaurantes están manejados por griegos, que son aquí los que acaparan el negocio de la alimentación. Y porque un compatriota de Venizelos le dé a usted un plato nicaragüense en un lugar de Nueva York más o menos californiano, ¿va usted a pensar que España está de moda en los Estados Unidos?

La verdad de todo ello, la triste y dolorosa verdad, es que los Estados Unidos ni nos adoran ni nos odian, que el Museo de la Inquisición española no significada nada ni el Chateau Seville tampoco, y que para Norteamérica España resultará siempre una mezcla muy confusa de la Inquisición, el arroz con pollo, los Reyes Católicos, el general Sandino, Sevilla, Antofagasta, Salvador de Madariaga, la Pastora Imperio, los toros, la rumba, Cristóbal Colón y D. Niceto Alcalá Zamora.

HACIENDO DE REPÚBLICA / EDICIONES LUCA DE TENA, 2006
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*La Corte de Pachi López en Nueva York
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