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miércoles, 26 de diciembre de 2018

Futuros

Joven español abandonado (esto es, sin enchufe) a la "convergencia europea"


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Alguien colgó en la Red el “nosotros (los americanos) adoramos a Dios, no al Estado” de un discurso de Trump, y la censura socialdemócrata de Twitter le pone el aviso de que “puede herir la sensibilidad” del receptor. Es el futuro, que ya está aquí, y que deja las autopsias de Yuri Dombrovski al estalinismo en novelas escapistas de Álvaro de Laiglesia.
    
No adorar al Estado es el pecado más grave contra la socialdemocracia. En buen juanismo progresista, “el que cree en el Estado tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Estado no verá la vida, sino que la ira del Estado está sobre él”.
    
En su Mensaje de Navidad el Rey ha invitado a los españoles a creer, no en el Estado, sino en la Constitución, que no es una Constitución política (limitada a las reglas del juego, que caben en siete artículos, como la americana), sino ideológica, a la europea, es decir, una carta a los Reyes Magos preñada de silogismos escolásticos que echan para atrás a los hijos de Twitter en España, donde la literatura democrática (y la filosofía política) es inexistente.
    
Como cualquier padre con hijos en edad de sacar un pie del nido, el Rey vive ya en ese sinvivir de la juventud que es el futuro: alguien tiene que ver que aquí, fuera del “mainstream” político (el enchufismo de toda la vida), los jóvenes salen con el título universitario de España para colocarse de camareros en Inglaterra (la famosa “convergencia europea” que prometían nuestros liberalios), donde, sin embargo, aprenden con el roce un monarquismo intuitivo, de pub (la polémica Filmer-Locke sobre la obediencia política alrededor de unas birras y unos dardos), en contraste con el proverbial “republicanismo” camastrón de la chinche hispana (nominillas del Estado) que infesta (“Miau”, Galdós, un siglo después) nuestra vida pública, de la cual el régimen socialdemócrata andaluz, de cuyo “haraquiri” ya intenta convencernos la propaganda, sólo es una caricatura.

    El “haraquiri” es cosa seria y merece folio aparte.