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jueves, 13 de septiembre de 2018

Para qué está el gallego



HEXÁDEGOS DE CADEIRÁDEGOS



Julio Camba
Madrid, 2 de Enero (1935)


Es verdaderamente deliciosa esa frase que el maestro Unamuno ha descubierto leyendo a un escritor galleguista: haxádegos de cadeirádegos. Sólo un cadeirádego tan ilustre como el Sr. Unamuno podría haber hecho semejante haxádego, porque aunque haxádegos de cadeirádegos no signifique en gallego absolutamente nada, en galleguista parece que quiere decir hallazgos de catedráticos.

Yo comienzo por no comprender la necesidad que haya en gallego de ocuparse de los catedráticos ni de sus hallazgos. El gallego no está para hablar de esas cosas, sino de otras mucho más elevadas. Está para hablar del cielo y de la tierra; de la Santa compaña y del lacón con grelos, del mar, del río, de la montaña y del prado; del vino; de las mozas; de los robledales y pinares; del lobo; del cerdo; de la vaca; del amor y el dolor; de la vida y la muerte y, en fin, de lo humano y de lo divino. Para eso está el gallego y, no alterando su naturaleza, es muy difícil que ningún otro idioma le iguale en gracia, ternura, profundidad ni fuerza expresiva. Pero, junto al gallego de los gallegos hay el gallego de los galleguistas que escriben haxádegos de cadeirádegos. Los galleguistas quieren triplicar, por lo menos, el vocabulario gallego dotándolo de golpe y porrazo con todas las palabras necesarias para hablar en él de arte, política, economía, matemáticas, etc., etc.

Un idioma, después de todo, no es nunca una creación artificial, sino un hecho biológico en el que evidentemente puede influir el hombre, como influye en la producción de la uva o de la naranja, pero siempre que el hombre sepa lo que se trae entre manos. Lo lógico para poner al día el idioma gallego sería ir poco a poco injertándole palabras castellanas, pero esto que es precisamente lo que hace al pueblo, no lo pueden hacer los galleguistas quienes pretenden presentarse en Madrid el día de mañana con un gallego hermético, esotérico y abstruso para utilizarlo como hecho diferencial y ver de conseguir un estatutillo. ¡Un gallego que parezca chino, ruso, árabe o guaraní, pero que no pueda, bajo ningún pretexto, asemejarse al castellano! Y como el gallego no puede parecer nunca guaraní porque en cuanto principiase a tener con el guaraní el más remoto parecido ya no parecería gallego, lo único que consiguen los galleguistas es que parezca algo así como una especie de esperanto hablado por portugueses.

¡Haxádegos de cadeirádegos!... ¿Qué es esto?, se pregunta el maestro Unamuno. Y he ahí, precisamente, lo que se proponen los galleguistas, hermanos de los catalanistas y primos de los bizcaitarras: que aun el propio Unamuno, con todo y ser un filólogo que conoce perfectamente las lenguas regionales españolas y sus conexiones con otras, se quede en ayunas al oírlos. Los galleguistas no quieren hacer un idioma para que se les entienda, sino para que no se les entienda y, bien mirado, acaso lo mejor fuese que pudieran realizar sus propósitos...

HACIENDO DE REPÚBLICA 
EDICIONES LUCA DE TENA, 2006