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miércoles, 5 de septiembre de 2018

Dioses para todos



Así eran los pequeños dioses mejicanos a cuyo culto quiere retrotraer al pueblo el movimiento de Incorporación del Indio. Así eran los dioses por que abogaba Álvarez del Vayo al combatir en Méjico la religión católica. El Cristo de Limpias no le convencía, pero aceptaba, en cambio, sin reservas, al dios de matar pulgas o al de curar la sarna


Julio Camba
Sevilla, 6 de Febrero (1938)

    Hablábamos días atrás del dios mejicano que atiza los volcanes, del que produce la lluvia y del que fabrica las tormentas. Antes de la conquista, estos eran los grandes dioses, pero, en general, el indio se entendía mejor con los pequeños. Según sus posibilidades, cada cual tenía en casa un número mayor o menor de dioses sin especialidad definida, y el mismo dios a quien hoy se le encargaba de dormir al niño, mañana tenía que espumar el puchero o que vigilar la ropa que se había puesto a secar sobre las ramas. Eran lo que pudiéramos llamar dioses para todo, si bien a la larga, y según el acierto o desacierto que demostrasen en sus diversas labores, se les reconocía mayor aptitud para unas que para otras y se los iba especializando en éstas o en aquéllas. Así había quien llegaba a hacerse con dioses verdaderamente insustituibles en tal o cual función, pero era inútil que el vecino, deseando, por ejemplo, exterminar las pulgas que invadían su casa, se dirigiese al mismo dios que me las mataba a mí, porque este dios estaba exclusivamente a mi servicio y no era imagen más o menos milagrosa de un dios del cielo, sino la mismísima divinidad en persona. Yo la había adquirido un día a precio de saldo, entre otras varias divinidades, y actualmente pertenecía al número de mis dioses personales e intransferibles.

    Así eran los pequeños dioses mejicanos a cuyo culto quiere retrotraer al pueblo el movimiento de Incorporación del Indio. Así eran los dioses por que abogaba Álvarez del Vayo al combatir en Méjico la religión católica. El Cristo de Limpias no le convencía, pero aceptaba, en cambio, sin reservas, al dios de matar pulgas o al de curar la sarna... En cuanto a los grandes dioses, que exigían del pueblo sacrificios tan cruentos y que estaban servidos por un ejército de sacerdotes tan feroces y sanguinarios, no parece sino que, desde Méjico, hayan sido trasladados a la España roja.

    El movimiento de Incorporación del Indio se propone nada menos que suprimir en Méjico toda huella de la civilización española para reanudar la historia mejicana en el punto en que estaba cuando desembarcó en aquellas tierras Hernán Cortés*, y que es, más o menos, el mismo punto en que encuentra el turista actual la civilización egipcia cuando llega a El Cairo y se encuentra con un vendedor de babuchas. ¿Qué tiene que ver el vendedor de babuchas con las pirámides? Y ¿qué tenían que ver con los templos mayas los indios de Hernán Cortés? Yo he visto y he admirado a mi modo, en Méjico, las ruinas de Teotihuacán, realmente maravillosas; pero, a la llegada de Hernán Cortés, estas ruinas estaban sepultadas ya bajo la tierra, y si la civilización que llevó allí el conquistador no las hubiese desenterrado, ni un solo indio tendría hoy acerca de ellas la menor noticia.
 
Como digo, el movimiento de Incorporación del Indio quiere suprimir en Méjico toda huella de la civilización española. Quiere suprimir el idioma español, gracias al cual pudieron, por primera vez, entenderse entre sí aquellas tribus de hablas tan diversas, y quiere suprimir el catolicismo que, dándoles un culto común, labró su unidad espiritual. Fácilmente se comprende lo absurdo de tal programa. España no será, quizá, la mejor amarra entre Méjico y el mundo moderno, pero es la única que existe, y, si Méjico la rompe creyendo así acortar sus distancias, no logrará más que irse a la deriva o al garete.

    Ello, no obstante, yo me explico muy bien el que haya indios partidarios de la Incorporación del Indio. Lo que no podré explicarme nunca es que España haya apoyado ese movimiento de una manera oficial, a no ser que quisiera acabar al mismo tiempo con Méjico y consigo misma, pero hoy se ve bien claro que no era realmente España quien hacía aquella política, sino la horda que se había apoderado de ella. Era la Horda, tan antiespañola como antimejicana, y enemiga no sólo de ésta o de aquella civilización, sino sencillamente de la civilización en general.

HACIENDO DE REPÚBLICA 
EDICIONES LUCA DE TENA, 2006
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*Cortés tomó México el 13 de agosto de 1521 

Era la Horda, tan antiespañola como antimejicana, y enemiga no sólo de ésta o de aquella civilización, sino sencillamente de la civilización en general