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miércoles, 19 de septiembre de 2018

Laureano

Laureano González

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Ha muerto Laureano, señor (él se decía barman, como en la esquela de ABC) de Gitanillos.

Si los 80 acabaron la noche que Douglas noqueó a Tyson en Tokyio, la Santa Transición acabó el día que cerró Gitanillos, donde, con traspasar una cortina, se madrugaba de noche y se trasnochaba de día.
Ahora, Pemán, haremos como los predicadores –sorprendió una vez Millán Astray al autor de “El divino impaciente”–. Echamos la cortinilla del Sagrario y ya podemos decir lo que queramos.
Que eso fue Gitanillos: poder decir con copas lo que se quisiera a sabiendas de que ni una palabra iría a parar al otro lado de la cortinilla (¿cuántos secretos de Estado, cuando el Estado era una cosa seria, no hicieron codos en aquella barra?), y la discreción la garantizaba Laureano, cuya cortesía (una sonrisa, pero llena de matices, del afecto y el alborozo al desdén y la ironía) llevó a alguno a creerle portugués, siendo de Puertollano; “paisano”, le dijo siempre Julio Aparicio, que tenía un tío barbero en la calle del Príncipe con quien se ajustó Laureano de aprendiz, que a diario veía llegar a Manolete, a afeitarse, en su Buick, aunque según Juan Lamarca la verdadera pasión taurina de Laureano fue Curro Romero, aparte la devoción que sentía por Rafael Vega de los Reyes, Gitanillo de Triana, su patrón, hermano menor del primer Gitanillo de Triana, Francisco, también conocido como Curro Puya, muerto en el 31 por un toro en Madrid.
Rafael Vega, que abrió de matador los carteles de Manolete (incluido el trágico de Linares), fundó Gitanillos en el 63, y como recuerdo del ajuar de la inauguración guardó Laureano una servilleta que al cabo de los años entregó, ya amarillenta, a José Luis del Río, presidente de Las Ventas, para que concediera con ella, si procediera, las orejas de Curro, anunciado con Paula y Chenel, la tarde de julio del 87 que acabó en escándalo porque El Faraón, con Laureano vestido de príncipe en el callejón, se negó a matar al quinto, “Giraldillo”.

Ya es bonito.