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lunes, 3 de septiembre de 2018

ESPAÑOLES Y FRANCESES: Un turbulento ayer, un presente mohíno, un improbable futuro. Capítulo 14 de 26

 Fantasmas de viajeros


Jean Juan Palette-Cazajus

14. De la mirada romántica al caótico siglo XIX:

Aquellos viajeros románticos, tan boquiabiertos, tan cándidos, ni ofendieron ni indignaron a los españoles, a diferencia del tristemente célebre Monsieur Masson de Morvilliers, pero sí que terminaron por cansarlos y muchos, a finales del siglo XIX, un poco como ahora, ya estaban hartos de turistas papanatas, y exasperados, como Ganivet, por «las fábulas que en Europa, y particularmente en Francia, forjan a nuestras expensas los escritores del género pintoresco». Ya, en 1868, deploraba Juan Valera, escritor y diplomático, cuán «...increíble parece la ignorancia común de cuánto fuimos y de cuánto somos […] A mí me han preguntado los extranjeros si en España se cazan leones; a mí me han explicado lo qué es el té, suponiendo que no lo había tomado ni visto nunca; y conmigo se han lamentado personas ilustradas de que […] el vestido de majo no se lleve ya […] y de que no bailemos todos el bolero, el fandango y la cachucha. Difícil es disuadir a la mitad de los habitantes de Europa de que […] muchas mujeres llevan un puñal en la liga».


 Más fantasmas de viajeros
José García Ramos, 1885

Aquella visión romántica, ya lo saben, se centró , más que nada, en lo popular, lo rural y, sobre todo, lo andaluz. No hay tiempo para recrearse en ella y es más o menos conocida de todos. Siendo breves y reduccionistas, podríamos decir que se trata de la transposición colorista y dinámica de los tópicos del siglo XVII, en clave democrática y popular. Uno de los viajeros románticos más representativos es Teófilo Gautier y uno de sus textos más significativos aquél en que nos comenta la decepción y el desdén que le inspira una clase media granadina, “europeizada”, paseando con sus grises levitas y sus negros sombreros de copa, cuando se la comparaba con los abigarrados atavíos de las clases populares que tanto alegraban el corazón y excitaban la imaginación del escritor francés. Aquellos viajeros parecían olvidar que España era una nación europea. Se puede entender la irritación de Ganivet, la de Valera -larga podría ser la lista- frente a una visión que deja de ser histórica para volverse etnológica. España, Andalucía se habían convertido en una gran tribu exótica, difícil y fascinante. Ya vimos como, todavía a principios del siglo XX, España merecía juicios donde coincidían el cientificismo más  rígido y el tardorromanticismo más rutinario.


 Sevilla
Cigarreras, pero las de verdad


El siglo XIX, siglo de los nacionalismos, del «despertar» de los pueblos, verá el apogeo de la construcción y la instrumentación del concepto de identidad nacional. Identidades muchas veces inventadas, arregladas, mejoradas, cuando no falsificadas como clásicamente lo han mostrado Hobsbawm, Thiesse o Benedict Anderson. Entre mitificación y realidad conocieron entonces su siglo de oro. Los pueblos se volcaron sobre el propio ombligo y se estremecieron, mecieron y adormecieron con las nanas placenteras de las identidades estrenadas. Hemos visto como a finales de la centuria se pretendió darle auténtica cobertura científica al concepto. En España, en cambio, y anticipando las opiniones de Madariaga, el pueblo tiene tal evidencia ontológica de sí mismo que no necesita ni autoinventarse ni compararse como lo hicieron algunos. Permanece en una modalidad de orgulloso ensimismamiento que bien podría llamarse autista. 

El siglo XIX español fue muy pintoresco para los viajeros románticos, algo menos para los propios autóctonos. Afligida por las tres guerras carlistas, sin hablar de las muchas asonadas derivadas o paralelas, en tal fecha como 1855, España se encontraba con que 6000 pueblos estaban sin escuela, mientras las 10 universidades españolas contaban escasamente con 6104 estudiantes, de los cuales 3472 sesteaban en las facultades de derecho. La reciedumbre ontológica popular era una cuestión de supervivencia antes que de identidad. De forma que son los viajeros los que se encargan de conferirles una identidad pintoresca a los españoles y fijan de forma casi definitiva los tópicos de la andaluzada y la pandereta nacional. Hace muy pocos años todavía, cualquiera que fuese el producto español publicitado en una televisión europea, aunque fuese un coche, era imposible librarse de un fondo musical de guitarra flamenca y de la aparición en algún momento de la morenez y los faralaes de la bailaora de turno. La única alternativa era inevitable y casposamente taurina. Ciertamente estas últimas referencias han desaparecido de las pantallas debido a las presiones zoófilas y antitaurinas.


 Guerras carlistas

En el caso de Francia, cambiamos totalmente de contexto. Durante el siglo XIX, la percepción que van teniendo los europeos del pueblo francés deja de ser comportamental para tornarse política. El francés aparece a lo largo de todo el siglo como un pueblo levantisco, revolucionario, movido por la ideología, dispuesto en todo momento a subirse a las barricadas. También como el ejemplo a seguir para muchos pueblos europeos, insurrectos contra los viejos imperios. La época y su contexto político y cultural quedaron emblematizados por el famoso lienzo de Delacroix, «La libertad guiando al pueblo». La percepción tradicional del llamado carácter nacional pasa a un segundo término, postergada por una percepción ideológica que viene a sustituir las antiguas definiciones. Desde la Revolución se suele considerar que el pueblo francés es por definición un pueblo eminentemente político. Y así la impresionante movilización popular del día 11 de enero de 2015, en todo el país, consecutiva al baño de sangre perpetrado por los islamistas los días 7 y 8, en la redacción de «Charlie-Hebdo» y en un supermercado «kosher», vino a confirmar aquella percepción para la multitud de medios mundiales concentrados en París aquel día. Pero esto fue así porque todos aquellos periodistas y reporteros venían ya predispuestos y previamente convencidos de «cómo era» el pueblo francés.

Por esto no estará de más recordar que desde la Revolución  y durante todo el siglo XIX ese «pueblo francés» no pasó de ser una fracción de las clases populares parisinas, mientras la gran mayoría de la Francia «profunda» era, podemos decir que hasta la Segunda Guerra Mundial, muy mayoritariamente rural y conservadora. Buena señal de ello es que tras la Guerra Franco Prusiana, la Tercera República (1870-1940) sólo debió su inicial instauración al tajante rechazo a la bandera tricolor, mostrado por el Conde de Chambord, pretendiente legitimista al trono y empeñado en resucitar la bandera blanca flordelisada del Antiguo Régimen. Pero por temerosa que fuera aquella Francia rural, de una República que asociaba con el recuerdo de los excesos del Terror Jacobino, también tenía interiorizados los principales valores igualitarios procedentes de la Revolución y hace tiempo que había dejado de identificarse con los valores de la sociedad estamental simbolizados por la vieja bandera monárquica. Por un lado, aquella Francia no quería aventuras, por otro, la bandera tricolor era garantía de que tampoco habría vuelta atrás.


 Comuna de París
Barricada, 1871

Según nuestro ya familiar Alfred Fouillée, estos eran, en resumidas cuentas, los «ladrillos» de la psicología francesa en el año 1903: 

- «Francia con su viveza reactiva, sus arrebatos, sus caprichos, sus ligerezas, sus atolondramientos, sus ingenuidades, su falta de tradición y continuidad en los designios, su impaciencia desordenada, su inteligencia simple y clara, tan espontánea, su voluntad poco tenaz, sus grandes esperanzas seguidas por grandes desalientos, su capacidad de reacción siempre, sus recursos inagotables, su confianza en sí, en todo y en todos, su desconocimiento de los extranjeros, su facilidad para juzgar a los demás en función de sí misma, su humor alegre, su despreocupación y predisposición para el olvido, su espíritu de proselitismo, su idealismo filantrópico, su optimismo nato, su amor de las abstracciones, su lógica ilógica, su naturaleza expansiva, comunicativa, su afición a poner  a disposición de todos ideas y sentimientos...su amor de la igualdad que excluye el respeto jerárquico y deja subsistir la fraternidad, su «humanitarismo» tantas veces burlado, y, en una palabra, nuestra sociabilidad fundamental [...], nuestra naturaleza abierta y sin recovecos […]».

- «El francés [es] matemático en todas las cosas, dialéctico intransigente por el gusto de llevar todo razonamiento hasta el extremo […]. Tenemos fe en las ideas, creemos en los sistemas, [ …] nos olvidamos de las realidades, [...] nuestro entusiasmo prescinde de las duras lecciones de la experiencia»

Y como siempre, caemos en la trampa y terminamos pensando: desde luego algo sigue habiendo de todo esto.

Tercera República
Claude Monet "14 de Julio" (1878)