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lunes, 17 de septiembre de 2018

Españoles y Franceses : Un turbulento ayer, un presente mohíno, un improbable futuro. Capítulos 23 y 24 de 26

 La razón de la sinrazón


Jean Juan Palette-Cazajus

23. Sobre el declive y la lengua 

Hoy, y por razones sin duda diferentes, ambos países están incursos en un mismo proceso de pérdida de confianza. En España el paro, pese a bajar 10 puntos desde el 2012 (del 25, 77% al 15,28% en 2018), la corrupción, los nacionalismos periféricos, particularmente el desquiciado «tabarrón» catalán, son causas de la reaparición de un pesimismo ya no coyuntural sino desastrosamente alimentado en las viejas y peores fuentes históricas de las tribulaciones nacionales. El caso francés me parece más ambiguo. Con una tasa de paro del 9%, Francia ha conseguido mal que bien, capear el temporal de los años de crisis sin adoptar ninguna de las medidas que en España hicieron sangre en las carnes más frágiles. Francia, nación paradójica donde las haya, siendo el país donde por primera vez encontró su expresión política el concepto de «voluntad popular», tiene no obstante su historia jalonada por la irrupción de personalidades excepcionales que cambiaron el rumbo de los acontecimientos: Juana de Arco, Napoleón Bonaparte o el General De Gaulle. La reciente e inopinada irrupción del fenómeno Macron pareció confirmar esa continuidad en el recurso endémico al personaje providencial. Tras algo más de un año de mandato, el joven y voluntarioso Presidente ya va tropezando con la contingencia y los egoísmos constitutivos. Pero tampoco cabe duda de que el peso de la crisis económica no lo explica todo en el caso del «Mal francés», para usar una expresión de moda. 

Hoy, la palabra «grandeur» ha desaparecido de las bocas y las cabezas francesas. El simpático Asterix, no por casualidad aparecido en 1959, es decir coincidiendo con el regreso al poder del general De Gaulle, simbolizó jocosamente una Francia todavía capaz de alzarse de puntillas para subirse a la barba  de los «grandes». En la actualidad parece que se le acabó la poción mágica. Hace 15 años, salió un libro titulado «La Francia que se cae: Informe clínico sobre el declive francés». Desde entonces se han sucedido decenas de libros similares entre los cuales dos de los más exitosos se llaman, uno «Comprender la desgracia francesa», el otro, lisa y llanamente, «El suicidio francés»



 Toma de posesión de Emmanuel Macron

Pocas cosas revelan mejor esta sumisión cultural, esta renuncia francesa a mantener su rango como la aterradora cantidad de anglicismos que han invadido la lengua cotidiana. No hablamos de los inevitables tecnicismos, puesto que tenemos asumida nuestra subordinación técnica. Hablamos de la vida cotidiana y de innumerables palabras con equivalentes franceses absolutamente legítimos. Dar un ejemplo sería absurdo ya que la lista es interminable. Fenómeno basado, tal vez, en una tendencia nihilista y autodestructiva mucho más habitual de lo que piensa la mayoría de los españoles rutinariamente proclives a creer en cierta soberbia francesa. Hemos rozado el tema en anteriores capítulos. Hemos hablado de esta voluntad escatológica de no entorpecer, mediante una obsesión «chauvinista y retrógrada» -en este caso por la preservación del propio idioma- la marcha hacia el «universalismo», aunque la figura de este sólo sea el globalismo mercantil de la hegemonía anglosajona. También en España los anglicismos se muestran, significativamente, cada vez más invasivos. Aquella España que, a diferencia de los franceses nunca dijo «parking» sino «aparcamiento», que se hubiese avergonzado de decir «week end» en lugar de «fin de semana», que dice «baloncesto» y no «basket ball», «entrevista» y no «interview», que claudicó con «fútbol», pese al numantino «Real Betis Balompié», también se rinde poco a poco al «globish». Parece evidente que una mayoría de franceses y no pocos españoles están protagonizando actualmente, con olímpica indiferencia y ramplona cobardía, un verdadero proceso de transmutación y capitulación cultural y su mayor preocupación no parece ser precisamente la existencia y la continuidad de su posible «psicología nacional».  


 Tiendas... francesas

24. Sólo somos literatura y nostalgia

Seamos lúcidos: En el amor que algunos profesamos a la Historia no cabe encontrar otra cosa que una forma específica del gusto por la literatura, de la pasión por los grandes relatos. Nuestra percepción de la nación es sencillamente “novelera”. Los mitos, los relatos originarios de las sociedades primordiales, antes llamadas “sin escritura”, eran en  número limitado y variaban sólo en la medida de la infidelidad y la fragilidad de la memoria humana encargada de transmitirlos. Pero eran conocidos de todos los miembros de la colectividad. En aquellas sociedades las relaciones entre las personas y la conciencia comunitaria eran «inmediatas». Nuestras culturas, en cambio, interponen entre los individuos la producción masiva de objetos y la literatura escrita es uno de ellos. La materia prima de nuestros mitos hay que buscarla en el paso de la historia cuyas vicisitudes, cuyo inmenso acervo de memoria escrita, además de permitir constantes reinterpretaciones, proporciona nuevo material de forma ininterrumpida. Es decir que en Occidente tanto las relaciones interindividuales como las que nos unen a la colectividad son «mediatas». A diferencia de las sociedades sin escritura, disponemos de relatos incontables y siempre renovados pero, en cambio, su acceso está reservado a una minoría de lectores interesados. La inmensa mayoría de nuestros compatriotas no se interesa por la historia. Para poder hablar de psicología nacional hay que tener acceso a ella, al caudal de la literatura sobre el tema. Solamente a partir de esta base culta, acumulando información, analizándola con la debida reserva y distancia evitaremos empantanarnos en los tópicos mostrencos y podremos acceder a la percepción e interpretación de las diferencias reales. Entonces cabrá dar el segundo paso hacia el difícil criterio comparativo, «nosotros y ellos». Es decir un criterio etnológico; más particularmente el criterio de la llamada etnología inversa: «Nosotros vistos por ellos y ellos vistos por nosotros». 


How to be spanish 


Nuestro primer movimiento ve la nación como un individuo colectivo cuyo carácter es la suma de los caracteres individuales análogos entre sí, al menos la mayoría de ellos. Probablemente no sea así y la realidad se acerque mucho más a la interesantísima observación del sicólogo social mexicano H. Capello según quién: «Los caracteres nacionales no remiten a la personalidad individual sino a ciertas estructuras sociosicológicas intersubjetivas que conforman una conciencia y un sentimiento colectivo». Este tipo de definición tiene además la ventaja de recordar a los cerebros rezagados que no hay genes nacionales y que el «carácter» o la «psicología nacionales» son exclusivamente el resultado de un proceso de transmisión cultural en el seno de la comunidad de nacimiento. Nos hemos referido reiteradamente en estos últimos compases  al concepto de «holismo» tal y como Louis Dumont lo transformó en categoría esencial de su reflexión. Pero el término aparece en el clásico «Vocabulario técnico y crítico de la filosofía», de André Lalande, mediante otro tipo de definición ontológica en tanto que «La teoría según la cual el todo es algo más que la suma de sus partes». La psicología nacional corresponde a este tipo de realidad holista y esta última definición le viene como anillo al dedo. Razón por la cual se entiende mejor ahora la casi imposibilidad de una aprehensión del «carácter nacional» a través de los ejemplos individuales, siempre parciales e indeterminados. Ningún individuo es un arquetipo de su nación por más que siempre habrá quien comente que fulano es un “españolazo” mientras zutano es el “típico gabacho”. Porque, acto seguido, habrá quien exclame hasta qué punto “parece mentira” que mengano sea español y perengano francés. Se confirma así la necesidad de pasar esencialmente por la vía holista de la aprehensión colectiva que, obviamente, no puede ser directamente perceptiva y necesita recurrir a los instrumentos culturales globales, el primero de ellos la literatura. El carácter nacional efectivamente no lo producen los individuos, las partes, sino que es la suma la que induce el carácter nacional en las partes.


 Mapa de España, 1578

«La psicología nacional tiene mala reputación, pero existe» comentaba, hace poco el filósofo francés Régis Debray. Esta psicología nacional engendrada por la totalidad de las cabezas, que no coincide con ninguna de ellas en particular y es algo más y algo diferente de la suma de todas ellas, es una entidad gaseosa e incorpórea. La mayoría coincidirá en la realidad de su existencia mientras discreparán sobre la naturaleza de sus contenidos. Llevamos desde el principio lidiando con una entidad especialmente escurridiza y volátil. Pensamos que resultará bastante luminosa la analogía con la realidad actual de tantas ciudades históricas europeas que fueron trágico escenario de los conflictos bélicos: en ambos casos, urbes y psicología nacional, algunas partes quedaron destruidas, algunas subsisten pero son apenas reconocibles, otras han sido restauradas y otras permanecieron intactas. Y además han surgido muchas y nuevas construcciones. No olvidaremos de paso que en el caso de las ciudades modernas, todas tienden a la indiferenciación. 


Mapa de la Francia feudal