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martes, 4 de septiembre de 2018

Españoles y Franceses: Un turbulento ayer, un presente mohíno, un improbable futuro. Capítulo 15 de 26

 Heidegger en su cabaña de la Selva Negra


Jean Juan Palette-Cazajus

15. Excursión cultural en Alemania: la «stimmung» 

Lo venimos repitiendo desde el principio: nadie ha estado jamás en situación de objetivar la realidad de los caracteres nacionales. Hemos visto -y veremos- que de forma bastante sistemática quienes nos han referido sus experiencias han privilegiado en cada momento histórico minorías significativas y, digamos, particularmente «expresionistas». El bandolero de Sierra Morena con sus mantas de Béjar y sus botonaduras de plata que tanto impresionó a Teófilo Gautier bien poco tenía que ver con el casero guipuzcoano, ni las románticas y selváticas partidas carlistas encrestadas de rojo, con el adusto labrador del páramo castellano. Pero más allá del pintoresquismo más o menos sangriento, aquellos personajes expresaban un momento del «ser-ahí» nacional, parafraseando a Heidegger, una particular «tonalidad» de la colectividad, difícilmente asequible para nuestras mentes actuales que desconfían de la existencia de tales categorías de la identidad, de modo que hemos perdido las claves de su comprensión. 


 Carl Gustav Carus (1789-1869), pintor de la "stimmung"

Recordemos a Wittgenstein: sólo podemos hablar de lo que podemos nombrar. Una de las dimensiones más apasionante de la labor de los etnólogos es aquella que les permite desvelar la manera con que ciertas culturas exploran dimensiones desconocidas para nosotros de la percepción de los fenómenos. En nuestra propia cultura occidental tendemos a admitir que cada cultura nacional ha solido abrirse vías de acceso al mundo relativamente originales. Y así la cultura francesa se ha singularizado siempre en nombrar con precisión los conceptos que ha sabido pensar con claridad, los cuales son hoy usuales de la filosofía política y las ciencias sociales. Pero si destaca en la aprensión racional y en la capacidad de fijar los conceptos históricos, la cultura francesa tiene mayores dificultades con lo que pertenece a los espacios intermedios del fluir de la vida, a esos espacios nómadas donde los afectos se mezclan con los conceptos. Es un campo de predilección en cambio para ciertos pensadores alemanes y un campo semántico cuyo eje podría ser la palabra «stimmung». Utilicé, hace un instante, el término de «tonalidad» para significar la manera con que ciertas particularidades nacionales, aparentemente superficiales o pintorescas, delatan la realidad de una «latencia» más profunda. En una entrevista con el semanario francés «Le Point» del 31 de mayo de 2018, el filósofo alemán Peter Sloterdijk ponderaba el «genio» del presidente francés Macron para la gestión de las «tonalidades profundas». Una «Nota de la Redacción» aclaraba que la palabra usada en alemán expresaba también el «humor» y los «estados de ánimo de un colectivo a un momento dado». Es decir que Peter Sloterdijk había recurrido al término «stimmung». 


 Retrato de Madame de Staël

Pero también se puede hablar de “consonancia”, de “latencia”,de “atmósfera”, términos que aluden a una forma de “correspondencia sensorial”, para sugerir el complejo universo suscitado por la «stimmung». Georg Simmel (1858-1918) hizo amplio uso del término y más tarde fue esencial en el pensamiento de Heidegger. No vamos a arriesgarnos ahora en sus temibles vericuetos. Simplificando excesivamente, diremos que la «stimmung», para Heidegger, es la tonalidad que reviste la presencia misteriosa del «ser» desde la perspectiva del «ente», según la fundamental distinción establecida por el filósofo entre los dos conceptos. La “stimmung” es la resonancia afectiva que cobra, para nosotros, el modo de «ser/estar en el mundo». Para nuestro «dasein», nuestro «ser-ahí», la «stimmung» define los intersticios del «ahí», es decir nuestro entorno existencial en tanto que «ente» enfrentado a la dificultad de acceso al «ser». Digamos que la «stimmung» es lo que crea congruencias, «acordes», en sentido musical, entre lo afectivo y lo discursivo, entre lo subjetivo y lo objetivo. Constituye así un espacio semántico particularmente adaptado a la enunciación de categorías mixtas, fronterizas, aquellas a las que pertenece, precisamente, lo que llamamos «carácter nacional».


 La Alemania de Madame de Staël

Pero la «stimmung» se refiere a estratos de la percepción humana que han suscitado siempre cierta desconfianza en las mentes francesas, recelosas de las derivas irracionales a que suelen dar lugar las brumas de la sentimentalidad alemana. Invocarán, sin que les falte razón, los catastróficos resultados históricos a que terminó llevando la afición a esos territorios indecisos de la mente en que se complugo la sensibilidad germana. Por esto no estará de más recordar aquí a Madame de Staël (1766-1817), escritora refinada, pionera con quien fuese su amante, Benjamin Constant, de un tipo de sensibilidad liberal, moderada, inhabitual en la Francia radicalizada de aquella época y que prefiguró, de alguna manera, el universo explorado en la generación siguiente por Alexis de Tocqueville (1805-1859). Odiada por el corso machista, siempre incómodo frente a la inteligencia femenina y que la mantuvo exiliada hasta el final del Imperio, Madame de Staël anticipó el romanticismo en Francia. Sin duda porque era dotada de un tipo de sensibilidad que podríamos calificar como un híbrido entre la francesa y la germánica.

En 1813, publicó «De l'Allemagne» -«Sobre Alemania»- donde los germanos, recordemos que atomizados políticamente en aquella época, aparecen bajo una luz que hoy nos resulta insólita. Germaine de Staël nos describe un pueblo pacífico, ingenuo, espontáneo, soñador, dominado por la sentimentalidad y el amor a la naturaleza, un pueblo un poco atolondrado y con escaso sentido pragmático de la vida. Es decir todo lo contrario de las opiniones hoy tópicas sobre Alemania, inducidas en nosotros por la historia del último siglo. Para los alemanes, ocupados entonces por Napoleón, el pueblo rígido, opresivo y ultramilitarista era, sin lugar a dudas, el francés. El nacionalismo alemán primero, luego el pangermanismo y finalmente el nazismo instrumentalizaron las especificidades de los sentimientos y de las emociones germánicas, la originalidad de su relación con la naturaleza, los versos de sus poetas. Así fue el ambiguo idilio de Heidegger con los versos de Holderlin. Todo ello para estructurar una identidad nacional  cuyas terribles derivas ya son historia. 


 Antonio Damasio

Esta pequeña digresión sobre el caso alemán muestra hasta que punto hay que desconfiar de los tópicos y tener siempre en cuenta la «incertidumbre cuántica», comentada en el capítulo 3, que lastra con una fundamental inestabilidad el mundo de las identidades nacionales. Entre los alemanes visitados por Madame de Staël a principios del XIX, hallamos así todos los componentes químicos del «carácter nacional» teutón tal como lo seguimos imaginando -sus «invariantes» casi convendría decir- pero agenciados de tal forma que el resultado social de tal reacción química nos ofrece de dicho pueblo una imagen casi antitética de la que los modernos tópicos han anclado en nuestras cabezas. La asombrosa diferencia entre la Alemania bonachona, casi pazguata, pintada por Germaine de Staël, y la de Hitler es una lección que debemos siempre tener en cuenta: cabe la posibilidad de que existan, históricamente, unos «ladrillos» básicos para la construcción del carácter nacional. Pero la manera histórica con que se van agenciando los ladrillos puede proporcionar edificios tan diversos como imprevistos.

 Descartes diferenciaba entre la «res cogitans» la facultad de la razón y la «res extensa», la naturaleza inerte a la que pertenecía, creía el filósofo galo, el mundo de las emociones. Antonio Damasio, el estupendo neurocientífico luso americano, no por casualidad titulaba uno de sus primeros libros «El error de Descartes» (1994) puesto que se trataba de mostrar la unidad biológica fundamental del mundo del raciocinio y del mundo de las emociones. Y efectivamente, la biología y las neurociencias han mostrado desde hace ya muchos años la lógica continuidad evolutiva desde las protoemociones de los organismos primitivos hasta las emociones más complejas. Convertidas luego en sentimientos que son los que abren las posibilidades de la razón. Es decir que la «Res Cogitans» y la «Res Extensa» aparecen hoy como una sola y misma sustancia.  

Entendemos que la llamada stimmung da cuenta, de forma digamos más intuitiva, de esta necesaria totalización de la experiencia perceptiva entre razones y emociones. Renunciar a las dimensiones emotivas y sentimentales que conforman los sentimientos de pertenencia e identidad en las comunidades humanas, con el pretexto de que son dimensiones nebulosas, ambiguas o que son inseparables del peligro de la irracionalidad, supondría una dimisión intelectual. Sería una manera de confesar la propia pereza ante las complejidades del espíritu humano. O, como decíamos más arriba, equivaldría una vez más a «jeter le bébé avec l'eau du bain».


Jarra alemana de cerveza : Siglo XVIII