Follow by Email

martes, 4 de septiembre de 2018

Husos

Antonio Martelo, el Séneca en TV


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

En Europa no nos dejan votar a Juncker y en España no nos dejan votar a Sánchez, pero, a cambio, podemos votar horarios de invierno o de verano, y aquí nos tienen a todos tirando del hilo para matar el rato, como las hilanderas del Prado. La democracia al huso.

¿Que anochezca más pronto o que amanezca más tarde?

La hora en que recibí su saludo era precisamente la nona de aquel día –recuerda Dante de Beatriz en la “Vita Nova”.

Entre la hora “ciática” de Juncker y la hora “aeróvora” de Sánchez, quedémonos con la hora bruja de Beatriz, que es la nona. Como dice mi ensayista, hay un toro que nunca es del todo malo: el quinto; una copa que nunca hace daño: la tercera; y una hora en que se canta la mejor seguiriya: las tres de la mañana. Lo demás son discusiones de covachuelistas, música para ratones del Presupuesto que tienen que fichar. En España el “horario europeo” que tanto gusta a los cursis de capital es un invento fascista de Gecé, que convenció al ministro Serrano Suñer para que recuperara por decreto, a lo Sánchez, el viejo horario europeo abolido por Primo de Rivera, que no quería aumentar los sueldos de los funcionarios y estableció la jornada intensiva en la burocracia nacional, trastornando para siempre (¡y para bien!) las horas de comer en España.
La única utilidad ingeniosa del huso horario se la debemos al Séneca, cuando estuvo en el casino con don José Mari, el nuevo director del Banco de Crédito, que era bilbaíno y tenía una idea absurda del trabajo, pues a las ocho de la mañana estaba ya en su despacho. ¿Para qué?

Empiezo a llamar por teléfono a los clientes.
No le contestan muchos, y el Séneca le aconseja que se ande con ojo con quienes lo hacen: no son gentes para darles crédito, porque, si están despiertos a esa hora, es señal de que les van mal los asuntos.

¿A quién he de darle crédito? ¿A los que a las doce no contestan y me dice la criada: “Está recogido todavía?”
Naturalmente –contestó el Séneca–. Esos son los seguros.