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martes, 24 de diciembre de 2013

El verdadero propósito de los de la Conjura de la Uve

La Plaza a la que han puesto sitio los Cinco Canicheros

José Ramón Márquez

Saltan por ahí las voces añorando al viejo Canorea para hacer de menos al joven Canorea en la enemiga que le han declarado los cinco damiselos de la tauromaquia, los V, que a falta de toro con el que meterse quieren dar la impresión de que han tirado por la calle de en medio de liarla en los despachos y hasta se han ido a un Notario, como los rentistas, a firmar un papel donde han escrito su juramento de no volver a anunciarse en la Plaza de Toros de Sevilla hasta que se cumplan unos augurios que ellos sabrán en su fuero interno cuáles son de verdad.

Como salen tantos añorando al viejo Canorea, como si la cosa fuese por ahí, y por salir un poco en defensa del nuevo, especialmente para que pase lo que pase se mantenga en sus trece y nos evite la irrisión de volver a ver en los carteles del baratillo a esos V, los juampredators con su juampedrada, recordaremos que en los primeros años setenta se quedó fuera de los carteles de Sevilla un torero de la época llamado Paco Camino, del que muchos seguidores de July ni habrán oído hablar, con grande disgusto de la afición. Con los dimes y diretes de aquella ausencia se fueron los periodistas a preguntarle a don Diodoro y éste les contestó con estas palabras que serían muy a propósito para las actuales circunstancias, si estuviésemos hablando de una mera desavenencia entre toreros y Empresa:

“A usted no tengo que aclararle que el que un torero deba ir a un cartel no significa que necesariamente vaya. Depende de que se llegue a un acuerdo. La Empresa en general gusta de llevar a los carteles a todos; pero los carteles tienen que regirse por reglas económicas. Tiene que concebirse cada cartel pensando en que los ingresos rebasen los gastos. Paco Camino, que es un gran torero, nos ha exigido lo que con arreglo a las reglas no hemos podido darle. Tenga en cuenta la experiencia del año pasado, en que Paco actuó en tres corridas. De la asistencia de público a las mismas obtuvo la Empresa la impresión exacta de lo que podía dar. Por otro lado el diestro es muy dueño de poder estimarse económicamente por encima de nuestros cálculos”.

Y a mediados de esa década, en 1976, en vísperas del inicio de la feria sevillana de aquel año, sigue explicando su visión: “Yo lo primero que pienso es saber los toreros que más le interesan al público, al aficionado de Sevilla. Después hay que tener en cuenta las condiciones que imponga el torero y ver si interesan a la empresa” y remata: “La Feria de Abril sin corridas de toros, ¿qué sería?”
He ahí tres perlas que podrían ser suscritas perfectamente por el actual Canorea, que conoce a la perfección lo que los V significan en tirón de taquilla y los intereses de su Empresa, si el fondo real de todo este tinglado fuese, como decíamos más arriba, una desavenencia real entre toreros y Empresa.
Pero es que la cosa parece que no va por ahí. Ya nos alertaba hace unos días Paco Mora de lo incomprensible y extraña que resultaba desde el principio la presencia entre los de la Conjura de la V del Mofletes de la Puebla y del Lindo Mediterráneo: a ellos en realidad ni les van ni les vienen las supuestas cuitas de ese pertinaz Capitán Araña llamado July, pues ellos tienen  hecho perfectamente su hueco en esta Sevilla feble y afeminada que tanto gusta ahora de ese estilo de toreros. ¿Cuál podría ser, entonces, la razón de que esos dos hayan hecho piña y se hayan ido al Notario a firmar Capitulaciones con el Zascandil de Velilla? A simple vista el hecho de que Dolls coloque su firma en el codicilo julianesco podría ser interpretado como que ahora mismo Matilla ya no está controlando por completo la carrera de Manzanares III y de que el pequeño Dolls se puede haber echado por su cuenta al monte con la promesa de que culminará esta aventura abrazando algún becerro –nunca toro, por supuesto– de oro. En ese caso, el Mofletes de la Puebla sería la clave de la jugada, instrumentalizado por sus apoderados mexicanos o por otros que estén detrás de aquellos, gente con muchísima plata que, muy posiblemente, podrían estar deseosos de tomar control de una Plaza significativa de las de España. El papel de muñidor del tinglado le correspondería a Julián, por sus amplios contactos en la Nueva España, quedando para los otros dos –Perera y Talavante– el papel de comparsas, figurantes sin frase, que les va al pelo, y mejor que ni abran la boca.

Quizás debamos empezar a analizar la “rabieta” de los V desde la óptica de la conexión azteca. Eso nos permitiría perfilar mucho mejor los lados de esta extraña figura que han compuesto los de la Conjura de la V, para llegar a comprender que la impostada “rabieta” es solamente la palanca que otros usarán en los foros adecuados y con la cobertura mediática que se pueda obtener con el fin de tratar de sacar del carril a Canorea –quítate tú pá ponerme yo– favoreciendo que el control de una importante Plaza, en la que técnicamente ya se ha abandonado el toro y ha quedado rendida al ‘arte’, pase a manos de gentes de ultramar, avaladas por esa solvente credencial que es la cuantiosa posesión de esa  hermosa moneda estampada en verde que ostenta esa magnífica leyenda que reza “In God we trust”.
Como pasó con Prim y La Habana, si el metafórico tiro que le quieren dar a Canorea les sale bien, el balazo se lo pegarán en la calle Julio César, su particular calle del Turco, pero el gatillo se disparará al otro lado del Atlántico, en el D. F.