JOSÉ RAMÓN MÁRQUEZ
Muchas personas acaso no se habrán dado cuenta de que en la parte alta de la Puerta Grande de Madrid hay un gran letrero hecho con azulejos de hermosos colores, obra del ceramista Romero Mesa, en el que puede leerse la inscripción “Plaza de toros”. Bien es verdad que esa denominación se queda muchos días muy, muy corta e inexacta y que, a veces, preferiríamos que hubiese allí colocado un marcador electrónico que nos señalase con más precisión los otros usos cotidianos de la plaza, tales como “Granja de cochinos”, “Redil de cabras” o “Criadero de caracoles”, dependiendo del espectáculo que se diera cada día. En el día de hoy, por ejemplo, nada más apropiado para el frontispicio que el letrero original, porque hoy lo que ha habido en Las Ventas ha sido una entretenida, variada, peligrosa, emocionante, difícil y hermosa corrida de toros, de esos toros con los que ningún torero puede venir a contarte que «he estado muy a gusto», «me ha permitido realizar mi faena soñada», «me he sentido mucho», «me sentí muy de verdad», «conecté muy bien con el toro», «viví sensaciones únicas» o «lo he disfrutado una barbaridad», porque en esta tarde de hoy martes no había posibilidad alguna de disfrute ni placer, sino de desasosiego, incertidumbre, dificultad, escollos y contrariedades en los más diversos grados.
Antes de seguir haremos un pequeño apunte histórico referido a la ganadería de Pedraza de Yeltes, que es la que hoy se anunciaba en los carteles, recordando al paciente lector que en el San Isidro de 2025 esta ganadería soltó el más importante toro de la Feria, el gran Brigadier, número 2, al que le fueron hurtados los premios a que era acreedor, que eran todos, para dárselos a una especie de buey con erisipela llamado Frenoso, número 95, de Victoriano del Río. El Maligno nunca para en su obra de destrucción y aquí convenía ningunear las netas condiciones de bravura de aqel gran toro de Pedraza para enaltecer a un bóvido más acorde a los bastardos intereses de aquellos que odian de manera permanente y constante al toro bravo, al toro de casta, que manifiesta sus óptimas condiciones en los tres tercios y que muere de frente, sin quejas y con la dignidad intacta, proclamando el honor de su divisa.
Hoy Pedraza de Yeltes se presentó en Madrid con un impecable encierro que ha dado en la báscula venteña un promedio de 603,6 kilos. Seis toros serios, bien armados, bien comidos, lustrosos, vivaces y listos, con un indiscutible fondo de casta y con unos comportamientos variados y surtidos, en los que la palabra «respeto» es la que mejor define la impronta de su magnitud.
Acartelados para dar fin de este impresionante encierro se vinieron a Las Ventas Isaac Fonseca, José Fernando Molina y Jarocho. Como curiosidad digamos que frente a los 21.594 espectadores que concitó la novillada del día anterior, hoy solamente 19.098 almas tuvieron la fortuna de asistir a esta gran tarde de toros. Dejamos en manos de los pacientes sociólogos el caso para que traten de explicarnos esa circunstancia.
Volviendo al Brigadier del año pasado, digamos que ese inolvidable toro fue lidiado y muerto a estoque por Isaac Fonseca en la única corrida que toreó el año 2025, y aquí teníamos un año después a Isaac Fonseca, vestido de azul de almacén y oro -el hallazgo es de Pepe Campos-, frente a Buscadero, número 39, primero de la tarde. Mucha desconfianza, perfectamente comprensible, demuestra Fonseca con su primero, intentando tirar líneas por las afueras, cosa explicable por las condiciones del toro, sin acabar de dar el paso adelante hasta que en un momento se queda excelentemente colocado y le arranca al toro una espléndida serie que llega fuertemente al tendido. No puede o no quiere continuar en ese registro, con el que ha demostrado que el toro se entrega, y ya no hay más hasta la soberbia estocada con la que despenó al de Pedraza.
José Fernando Molina, o simplemente Molina, se vino a Las Ventas muy bien vestido de azul marino y oro y sorteó por delante a Tontillato, número 15, un colorado marca de la casa que se emplea frente a las faldillas con patas y se pone serio en el segundo tercio. Molina estuvo ahí aguantando las petrificadores miradas del toro y tratando de sacarle los pases, sin que la ayuda brindada por el toro para tal fin fuera digna de elogio. A fin de cuentas el toro no está ahí para ayudar a nadie. Lo mató sin más.
Jarocho venía a Las Ventas a cara de perro con sus 7 festejos en su primer año de alternativa. Puede decirse que él fue quien dio la vuelta a la tarde, que discurría sin dar enaltecimiento a los toros precedentes, cuando decidió poner a Dulce, número 60, de largo al caballo. El regalo que le hizo a Óscar Alba fue morrocotudo, porque los 624 kilos del toro, su longitud y su presencia no eran las señas que más podían apetecer al picador. El toro se arrancó con viveza al cite y se empleó como pelean los toros bravos en la primera vara; en la segunda ya se vio a las claras que Alba no deseaba que el animal se le arrancase a aquella distancia. Por desgracia para él, el toro lo hizo tomando una buena vara, en la que el piquero le clavó donde y como pudo. Con el gran ambiente que se creó tras el tercio de varas, vaya todo el mérito para el toro, éste se explayó en banderillas demostrando su clase y sus excelentes condiciones, su vibrante embestida, su bravura y su altivez. Jarocho se fue al toro decidido a darle la batalla, cosa que hizo con gran hombría, sin rehuir la pugna en la que netamente se vio siempre al toro como vencedor. Ello no hizo amilanarse al joven burgalés, que mantuvo durante todo el emocionante trasteo la valerosa convicción en sus capacidades, y donde muchos otros hubieran puesto tierra por medio, él puso coraje, ganas y tesón en una pelea que perdió a los puntos con la máxima dignidad. Ovación para el encastado y bravo toro en el arrastre.
Volvió Fonseca, ahora con Hurante, número 45, que acudió al caballo a recibir los lanzazos de rigor y luego la delicada brega de Iván García. En el inicio de la faena de muleta le pegó una fuerte voltereta al mejicano, que en seguida volvió al tajo sin que sus mañas dejaran esta vez huella en la parroquia. Al entrar a matar se cayó, y el milagroso capote de Raúl Ruiz le libró de lo que ya se veía como una segura cogida, momento perfectamente captado por el objetivo del maestro Moore. Ya le puede regalar Fonseca una botella de mezcal del bueno al de San Fernando de Henares.
Molina sorteó en segundo lugar a Mironcillo, número 23, negro, listón y chorreado, que se abalanzó con todo su vigor intacto a derribar de manera estrepitosa a Curro Sánchez y su cabalgadura. Luego vino un desaguisado mientras los monos querían levantar al semoviente. Entonces, sin ton ni son, decidieron picar en chiqueros, donde el toro se abalanzó de nuevo a por Richi Romero y su mascota equigárcica. Muy mal el Presidente ordenando el cambio. Luego vino la vergonzosa, humillante y tradicional ovación al caballo cuando al fin fue puesto en pie. Ante la incomprensión de algunos en la solanera, Molina estuvo hecho un tío frente a las incertidumbres del toro. Tragó lo que no está en los escritos y trató de conducir la personal embestida del toro optando por sacar los muletazos de uno en uno, con exposición y avidez, a despecho de las intenciones del Pedraza. La papeleta era harto difícil.
En el sexto vimos, al fin picar. El milagro fue protagonizado por Juan Melgar frente a Hurón, número 41. Con una buena monta, moviendo al caballo como se debe, dejándose ver, provocando la firme embestida del toro, lanzando la vara de detener, haciendo la suerte como se debe hacer, Melgar puso en valor su oficio de picador de toros en las dos varas y se llevó una fuerte ovación cuando, orgullosamente, se retiraba de la plaza. Sin dudas, sin probaturas, Jarocho se plantó frente a Hurón «con la muleta en la izquierda, la espada en la derecha y el corazón en medio» demostrando que a un toro serio se le puede comenzar decididamente por naturales, y en ese registro continuó en sus tandas, que a veces fueron desarrolladas de uno en uno, obteniendo muy buenos pases por trazo y colocación, con algún adorno y midiendo la duración de la faena para que no se convirtiese en la losa cotidiana.
Decir que Iván García se desmonteró tras sus pares es ya casi reiterativo, porque casi todos los días que trabaja, y son bastantes, lo hace.





















