Ignacio Ruiz Quintano
Abc
Rafael Herrero Mingorance es el hombre que más ingenio haya visto uno tirar por la ventana, seguramente a sabiendas de que tampoco en el periodismo el ingenio sirve de nada. Él, primero, había sido psicólogo. Y antes que psicólogo, novillero. Una noche me contó cómo toreando en una plaza de carros riojana tuvo la mala suerte de pinchar hasta los tres avisos, y cuando estaba plenamente resignado y encontraba la voluptuosidad de la resignación advirtió, a contraluz, que en los tendidos arreciaban el silencio y unos oscuros lutos pubianos como boinas de atrapar murciélagos: ocurría que la batuta protestante la llevaban en aquel pueblo las mujeres, y su forma de avergonzar al diestro consistía en levantarse las faldas para mostrarle sus ceños. ¿De luces, Mingorance? Era ultraísta, y de madrugada, en los bares de la Gran Vía donde nos servían coñac y pulpejo de sandía, era, además, aquello que Ramón vio en otro poeta, es decir, el sonámbulo de la ciudad andando por los aleros como si anduviese por un camino del campo y oyese las esquilas perdidas. Tenía en el aspaviento algo de dibujo animado que recordaba al malvado Pierre Nodoyuma (sin Patán). También tenía mucho talento para el exceso surrealista, y sabemos que son los excesos los que conducen a la sabiduría. Andaba por la ciudad como ramonianamente anduvo Galdós: como un gran paleto español, testigo castizo en el gran pleito ibérico, ese litigio que no acaba y que siempre tiene incidencias, reclamaciones, últimas instancias. Nadie quiere a Madrid como lo quiere el paleto, dijo una vez Víctor de la Serna en su loa del paleto: “El paleto es trabajador, leal, decente, conservador, valeroso y soñador. Le gustan los toros y el cante, y no es demasiado aficionado a los viajes. Y es, además, muy listo.” Yo creo que nunca he querido a Madrid como lo quise con Mingorance.

