miércoles, 6 de mayo de 2026

Un milagro


David Hume


Ignacio Ruiz Quintano

Abc


El presidente del Madrid, ese señor pintoresco que da mazo de suerte y, a veces, conferencias, ha pasado por la Pontificia de Comillas para proclamar su “votofobia” proverbial (“nuestro modelo es complejo y perverso, porque luego todos los socios deciden cada cuatro años quién dirige el club y con su decisión pueden poner en peligro muchas firmas de contratos ya apalabrados”) y para revelar un milagro médico: “Había un niño al que le quedaba un mes de vida y pidió ver a Roberto Carlos. Roberto lo hizo encantado y estuvo una hora con él jugando al balón y hablando. Al día siguiente (?), el director del hospital dijo que, fruto de la emoción, el niño vivió trece meses más (!).” A quienes, arrellanados en el sofá de la Fox, nos empapamos diariamente de “House” y de “Anatomía de Grey”, nos ha dejado estupefactos la revelación del señor pintoresco que da mazo de suerte, porque, señores, estamos hablando de un milagro, y de un milagro médico, atribuido a Roberto Carlos, que no es un chamán, sino el carrilero zurdo de un equipo de Madrid, sede del hospital anónimo cuyo director, si dijo eso, debe de estar hecho un mesmerista tremendo. Llegados a este punto, deberían manifestarse todos los personajes de la cultura sanitaria oficial, desde el consejero Lamela hasta el doctor Montes, que como buen laico habrá leído “Un discurso sobre los milagros”, de Thomas Chubb, y “Una investigación libre al interior de los poderes milagrosos”, de Conyers Middleton, por citar a un par de laicazos dieciochescos de categoría. Ahora permítasenos tirar de Hume, que por su inteligencia no fue lo que se dice un progresistón, para discutir el milagro desde una postura escéptica. Hume define los milagros como violaciones de las leyes de la naturaleza cuya aceptación origina un choque de dos fuerzas: la de la experiencia previa en contra y la de los testigos a favor. Pero estos testimonios a favor, incluido el de un señor pintoresco que da mazo de suerte, nunca prevalecerán sobre el cumplimiento de la ley de la naturaleza. Para entendernos: ningún número de testimonios favorables será nunca suficiente para contrarrestar toda la experiencia que nos dice que Capello no sabe jugar al fútbol.