martes, 5 de mayo de 2026

Cambio de mano


Toro de Escolar en San Agustín



Ignacio Ruiz Quintano

Abc


Si el Imperio lleva, seguidos, dos césares dementes, es que el poder cambió de mano. Ya lo ha avisado Schwab, glande parlante del globalismo de “el agua no es un derecho humano”, en el “India Today”: “El mundo ya no será dirigido por superpotencias como los Estados Unidos; lo será por el Foro Económico Mundial y sus partes interesadas: BlackRock, Bill Gates y el resto de la elite global”. El Estado, pues, ya no es la marcha de Dios a través del mundo, como nos vendían los hegelianos. El Estado es San Dimas a través de las Corporaciones, como nos estafan los liberalios, cuyo único propósito al demoler el Estado es ocupar su lugar para hacerse cargo de la caja, cosa que el ceo de Palantir no se cansa de anunciar.


En Occidente, el viaje del poder ha ido de la Iglesia al Estado y del Estado a la Corporación con la bendición de todos los peces gordos. El Estado arrebató el poder a la Iglesia con el pretexto de poner fin a la “violencia religiosa”, ese mito estudiado por W. T. Cavanaugh, y propagado, al comienzo de la modernidad, por los Hobbes, los Locke y los Rosseau, y ahora, por los Shklar, los Rawls y los Fukuyama, que dan por verdadero que un conflicto sobre creencias religiosas entre católicos y protestantes originó un sinfín de guerras religiosas que sólo solucionó el surgimiento del Estado secular, pasando por alto que hubo católicos que mataban a otros católicos, luteranos que mataban a otros luteranos, y a menudo, colaboracionismo católico-protestante: la Francia católica de Richelieu al lado de la Suecia luterana en la Guerra de los Treinta Años, más la mitad de esos años empleados en la batalla Habsburgos/Borbones, las dos grandes dinastías católicas de Europa. La realidad, mostrada por Tilly, fue otra cosa: decir que los Estados nacientes ofrecían a sus ciudadanos protección contra la violencia es ignorar el hecho de que el Estado mismo creaba la amenaza y luego cobraba a sus víctimas por apagarla.


El éxito europeo del Estado-Nación fue su capacidad para extraer recursos de la población: sus impulsores dieron con la máquina de hacerlo, sabiendo contener, a la vez, los esfuerzos de esa población por resistirse a la extracción.


Arrebatar al Estado esa capacidad es la gran conquista de la Corporación, cuyo poder dejó de ser invisible. La Corporación es “persona legal” desde 1844, cuando la Corte Suprema la coló por la Enmienda 14, planteada para otorgarle la ciudadanía al “objeto-esclavo”. La Corporación lo quiere todo y lo quiere ya: por eso, como el Estado en su día, promueve todas las guerras que asolan el mundo, con las víctimas ensimismadas en los espectáculos guionizados de las nieblas de Biden y el “pressing catch” de Trump para el mundo muerto de la TV. En verano, la recesión, y en otoño, la gran depresión con “backstage” para el hongo nuclear.


[Martes, 28 de Abril]