miércoles, 6 de mayo de 2026

Loa y elogio de la antigua taberna


Vicente Llorca


“El derribo del Muro supuso el final a esa tendencia tan alemana de obedecer ciegamente al Estado”

Rainer W. Fassbinder


La ciudad cada vez nos es más ajena. La otra mañana, camino de la Plaza de Santa Ana, tuve una cierta nostalgia por volver a entrar en Lhardy, el colmado de la Carrera de San Jerónimo. La portada seguía igual, parecía, y recordé que Lhardy era un lugar habitual de parada antes de bajar a los tabancos de la calle de la Cruz y sus alrededores. Siempre era una parada solitaria. Las citas tenían lugar más abajo y el viejo restaurante era el paraje, entre mostradores de vidrio y vitrinas historiadas, donde te detenías, sobre todo en invierno, y en un taburete o de pie frente a la mesa de las bebidas, tomabas un caldo caliente, un hojaldre de anchoas, y leías la prensa, antes de enfrentarte a la tertulia y la insurrección que aguardaban en la plaza. Luego, a la salida, le apuntabas a la cajera en la puerta lo que habías consumido- que siempre incluía dos copas de manzanilla- y pagabas.


Al entrar, el otro día, intenté por costumbre dirigirme al taburete del fondo, sobre la puerta de las cocinas, en donde solía refugiarme del tráfago de la entrada. Pero, para mi sorpresa, vi que una fila de desconocidos estaba esperando en el pasillo, y que un severo acomodador los sentaba de tarde en tarde en unas sillas en fila, según iba llegando su turno. La cajera de la entrada había desaparecido y también, observé un momento, las torres de cristal de donde sacabas los profusos hojaldres. (Y, desde luego, el surtidor de cobre donde te servías el caldo invernal). Alineados en orden frente a la barra los turistas contemplaban fijamente un punto en la pared, que a mí se me escapaba.


No me quedé, por supuesto. Si algo entrañable había en Lhardy – aparte de la leyenda familiar de que ya la abuela encargaba los callos allí, y nuestra madre los hojaldres era el placer del antiguo caos. El que te hacía vagar por la sala, adquirir un taburete improbable, esconderte frente a la cocina, y abrir de manera aleatoria los muebles vítreos con las agujas de ternera, las anchoas o el consomé del grifo– frente al cual siempre había cola. Que la factura consistiera en tu sincera comunicación a la atenta cajera, no hacía sino añadir una certeza más a lo que siempre habíamos sospechado: no existe orden sino en el caos. Y debemos huir como de la peste del estado y sus idólatras.


(Que además un camarero ya viejo fuera de Lumbrales, y con él entablara conversación sobre el estado de la montanera de aquel año, no deja de ser un azar aleatorio. Ni que la severa cajera me preguntara a veces por el pronóstico de la cosecha de esa primavera. Ella, a despecho de su ibérica firmeza, era de un pueblo de La Sagra, me confesó una mañana). Pero sólo el azar impredecible posibilita los encuentros. Y el vagabundeo entre las mesas. Y la insólita economía de las tabernas clásicas: lejos de las leyes del mercado, los turnos para la comida, la tiranía de las estadísticas sindicales.



Lhardy