PEPE CAMPOS
Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.
Sábado, 16 de mayo de 2026. Octavo festejo de la Feria de San Isidro. Encierro de toros de La Quinta (de procedencia directa de Joaquín Buendía, de encaste Santa Coloma). Bien presentados aunque desiguales, tres cinqueños (4º, 5º y 6º). Primero, cuarto y sexto de bellas láminas, cuernas abiertas y cornialtos; nobles, mansos, sosos, distraídos, manejables a excepción del sexto, con nervio y genio; en general se acostaron en el caballo, lo que indica falta de entrega y fuerza. El segundo fue devuelto por inválido y sustituido por un ejemplar de José Manuel Sánchez, ganadería de mezclas de procedencia Domecq, cinqueño, basto, feo, manso, barbeó tablas, distraído, corretón y acucharado de cuerna. Primero y sexto dieron juego. Lleno de no hay billetes. Tarde primaveral menos fría.
Terna: Manuel Jesús El Cid, de Salteras (Sevilla); de azul noche y oro, con cabos blancos; veintiséis años de alternativa; quince festejos en 2025; silencio y silencio. Álvaro Lorenzo, de Toledo, de caldero y plata; diez años de alternativa; once festejos en 2025; silencio y silencio. Manuel Diosleguarde, de Diosleguarde (Salamanca), de blanco y oro, con cabos blancos; dos años de alternativa; cinco festejos en 2025; ovación y saludos tras un aviso. Manuel Diosleguarde confirmaba la alternativa.
Suerte de varas. A los toros no se les pegó en el caballo, a excepción del cuarto y del quinto toro que se les dio con fuerza, al quinto con metisaca. Elegimos como ejemplo del planteamiento en varas la suerte realizada al quinto por Héctor Vicente. En la primera vara no fue puesto en condiciones al caballo, la pica cayó trasera y caída, el picador rectifica, el astado se acuesta y no muestra fijeza, sale de la suerte sin más. En la segunda vara tampoco es puesto en suerte, se le aplica fuerte metisaca y el animal sale suelto.
En la vida en general vivimos de recuerdos y de realizar comparaciones. Lo deseable sería vivir de acciones y en esas tareas se encuentran los emprendedores, los aventureros y, por antonomasia, los toreros. Los matadores de toros viven metidos en plena acción lidiando y matando toros, y cuando este momento de su vida desaparece no saben qué hacer con sus existencias. Conocemos multitud de ejemplos en los que los toreros cuando se retiran, porque los públicos se lo han sugerido o por la falta de contratos, inmediatamente comienzan a darle vueltas al retorno. Muchos de ellos emprenden este camino de vuelta que no suele ser exitoso, y por ello hacen bueno el dicho de que «segundas partes nunca fueron buenas». De todos es conocido el retorno de Manuel Jesús El Cid que cumplió una etapa brillante en la tauromaquia que podríamos llevar hasta el año 2008 (de 2000 a 2008). A continuación las cosas no le funcionaron de la misma manera, puede que fuera porque quiso refinarse (en la tauromaquia de comienzos del siglo XX, ha existido demasiado refinamiento, con toreros artistas que han marcado pautas). El Cid, un torero clásico, poderoso, cabal y dominador (con una mano izquierda prodigiosa), es posible que no estuviera contento con el reconocimiento que se le brindaba, sobre todo en su Sevilla natal. No en Madrid, donde era un referente de la tauromaquia más exigente. Todos queremos ser valorados, en la máxima extensión de los términos. El Cid no era reconocido a la altura que merecía. A él puede que esto le preocupara y emprendió el camino de acercarse a la montaña. Llegar y escalar ese promontorio en lo taurino significaba comenzar a neo-torear, es decir, entonces El Cid comenzó a ajustarse menos con los toros, a no cruzarse tanto con ellos, a emplear una técnica ligerita, de esconder, incluso, la pierna de salida al dar los naturales y los redondos. Esto venía a ser una traición a sus principios taurinos, pero le acercaba a lo que ejecutaban las figuras del toreo coetáneas a El Cid. No hace falta dar nombres. Pero ese camino hacia el reconocimiento le llevó hacia la decadencia en su tauromaquia.
Mientras El Cid se desnaturalizaba para realizar un toreo más agradable, más de figura, no dejaba de ser una infidelidad a sus conceptos y a sus virtudes. Era un pago que él, tal vez, quiso hacer para ser parte de ese grupo de líderes del toreo (figuras del toreo, figurones, les llaman algunos). Al tiempo que realizaba ese pago El Cid dejó de torear bajo los cánones clásicos sin entender que esa ortodoxia primigenia fue lo que le llevó a la cima y al pleno reconocimiento entre los buenos aficionados (no entre los taurinos). El Cid a lo largo de esas temporadas citadas había toreado con consistencia en Madrid y en Sevilla, de haber tenido mejor espada sus éxitos habrían doblado a los de cualquier torero de su época y de épocas anteriores, y ante toros de verdad, de las ganaderías de toros con casta (entre ellas la de Victorino Martín). En 2007 en Bilbao realizó una de las mayores gestas que un matador de toros ha conseguido en el último medio siglo del toreo. Lidió seis Victorinos con solvencia y rotundidad. En una de las mejores corridas de los últimos tiempos. Esto puede que le agotara; también, no verse validado por sus pares al nivel que lo merecía. Después vino ese peregrinar hacia la montaña del toreo superficial y querer matar las ganaderías febles. Cierto es que lo duro agota. Etc. Al cabo de los años El Cid se tuvo que ir y lo hizo con dignidad (Zaragoza, 2019). La afición guardó un grato recuerdo de su trayectoria y su valoración fue subiendo. Ahora bien, El Cid, en 2023 volvió a la lucha taurina, sin contratos, como si no hubiera sido nadie anteriormente. La comparación con el retorno de otros toreros de su etapa, en ventajas y en colocación en carteles, ha sido, digamos, sangrante. Da la impresión que torea para ganarse contratos en una lucha en solitario. Desde luego que no ha sido justo el trato recibido. No debemos ahondar más en ello. La cuestión ahora es —a la altura de 2026— analizar qué tauromaquia ha traído de vuelta El Cid. Y ahí está el problema, pues ha retornado con la técnica que empleara en sus últimos años en activo, aquella que les sirve a sus compañeros situados arriba del escalafón, pero no a él porque los toreros auténticos no pueden reinterpretarse buscando el agrado y la comodidad.
En las tres comparecencias que ha protagonizado Manuel Jesús El Cid en su vuelta a Madrid (una en 2023 y dos en 2026), no ha sido el matador al que se le recordaba con admiración. Sino algo muy liviano, de poco fuste. Creemos que los retornos de los toreros que forman parte de la historia de la tauromaquia debería ser para decir algo nuevo, para ejercer maestría, para dar lecciones, para ser un verdadero referente. No es fácil, somos conscientes. De lo que hemos visto en toros sólo han alcanzado ese grado de excelencia —posiblemente porque se habían dejado algo en el camino por decir— dos matadores, Antoñete y Manolo Vázquez, que hicieron crujir con sus lecciones el toreo anodino de su tiempo, en los años ochenta del siglo pasado. La comparación está ahí. Fue una lástima ver ayer a El Cid en Madrid sin ángel. En un regreso sin registro, sin sello, sin mostrar la maestría que verdaderamente posee. A su primer toro, brozno, tras unos pases de tanteo le toreó hacia atrás con la intención de consentirlo y meterlo en materia, pero la cosa no funcionó, es decir se empleó despegado y mecánico sin encontrar respuesta en el tosco astado. Lo mató de bajonazo en la suerte contraria. En su segundo que era un burel distraído y soso, recurrió a la misma técnica de torear por fuera por si el astado se daba por enterado y sólo consiguió más desentendimiento del animal. A un toro manso lo intentó matar de cuatro pinchazos en la suerte natural; finalmente lo liquidó de media estocada atravesada en la suerte contraria.
Si el término regreso corresponde a la vivencia de El Cid actual, la palabra «estancia» o «permanencia» le corresponde a la situación que rumia Álvaro Lorenzo. Ahí está Lorenzo, en una zona de confort de pocos contratos, con una tauromaquia neo-moderna hasta el infinito. Muy despegado siempre ante los morlacos, quiso pasarlos, a ambos, con la diestra. No llegó ni a entenderlos ni a conectar con dos animales sosos, si bien manejables a su modo. Cierto que pecaban de embestir con la cara alta —como todos sus hermanos—. Pero la medicina, al menos para estar por encima de ellos, pasaba por mayores apreturas y exposición. Que Lorenzo no empleó. Mató al tercero de estocada caída en la suerte contraria. Y al quinto de estocada baja, tendida, en la misma suerte contraria.
Lo mejor de la tarde vino por parte de la actuación del torero novel que confirmaba alternativa, Manuel Diosleguarde, que mostró deseos, ganas y se le vio con cierta frescura en su «llegada». Tuvo un lote de toros más propicio. A su primero, un cinqueño con cuajo, le recibió con verónicas decentes, también en el quite. Con la muleta, aunque toreó con cierta prisa, logró enjaretarle algún pase estimable. Dos naturales de mérito. Casi consiguió meter en la faena al ejemplar de La Quinta. La faena fue corta, todo un logro. Mató en la suerte natural de pinchazo tendido y de estocada. En el último toro de la tarde, vino lo más interesante, pues el burel sacó genio, se podría decir que casta y desarrolló dificultades, pues por el pitón izquierdo se vencía; por ese pitón Diosleguarde le aguantó con entereza, lo más valioso de toda su actuación. En redondo toreó algo despegado, en una labor que fue a más y demostró compromiso y mayor ajuste en los muletazos finales, dos de ellos meritorios. Mató en la suerte natural de un pinchazo hondo y tres descabellos.
ANDREW MOORE













