viernes, 15 de mayo de 2026

San Isidro'26. Insufrible encierro juampedrero de Vellosino para los insufribles Castella, Luque y Miranda. El toreo en uve. Campos & Moore



PEPE CAMPOS



Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.


Jueves, 14 de mayo de 2026. Sexto festejo de la Feria de San Isidro. Insufrible encierro de toros de Vellosino (ganadería remendona) de origen Domecq. Vellosino sustituyó a El Parralejo, ganadería contratada en primera instancia para el festejo. Con el cambio —se supone que del gusto de los toreros— la corrida se hundió. Lleno. Tarde primaveral fresca.


Toros de Vellosino (de procedencia Juan Pedro Domecq), cinqueños, flojos y mansos, discretos de trapío los tres primeros; el primero inválido; el segundo sin fuelle y descastado; el tercero muy descastado; el cuarto, alto y feo, lució crotales, le salvaban los pitones buidos; quinto y sexto, altos y largos; el quinto el mejor presentado y el sexto acucharado, sin un ápice de fuerza. Todos los astados fueron nobles desrazados en la línea del toro artista. 


Terna: Sebastián Castella, de Béziers (Francia); de coral y oro, con cabos blancos; veinticinco años de alternativa; cuarenta y ocho festejos en 2025; silencio tras un aviso y silencio. Daniel Luque, de Gerena (Sevilla), de lila y plata; diecinueve años de alternativa; treinta y tres festejos en 2025; algunas palmas tras un aviso y saludos tras un aviso. David de Miranda, de Trigueros (Huelva), de teja y oro, con cabos blancos; nueve años de alternativa; veintitrés festejos en 2025; silencio tras dos avisos y silencio.


Suerte de varas. No se castigaron mucho a los toros, que no lo necesitaban. Se picó como casi siempre trasero y caído, salvo excepciones. Elegimos como ejemplo de un tercio menos errático las varas al quinto toro, el animal que más posibilidades desarrolló en la muleta. Fue picado por Javier García «Jabato». En la primera vara, el toro entró al caballo al relance, fue situada la pica detrás de la cruz pero caída, el astado empujó, movió al caballo sin hacer pelea, salió al capote. La segunda vara también detrás de la cruz, sin estar cuidada su entrada, el astado no empuja y sale suelto.


En la vida el tiempo pasa y no nos damos cuenta. En los toros —metáfora de la vida— sucede lo mismo. Y de ayer a hoy, si te he visto no me acuerdo. La memoria es la capacidad más frágil que Dios ha otorgado al humano. De la mala memoria de la humanidad viven los gobiernos, y de la escasa memoria de los aficionados a los toros sacan provecho y gobierno los gestores de la tauromaquia. El miércoles pudimos presenciar una corrida de toros seria de la ganadería de Partido de Resina —antes Pablo Romero—, por su presentación, belleza de lámina, trapío, comportamiento indómito y pitones, que daban miedo. Por ahí empezaron los problemas de los matadores de toros de anteayer (con los Pablo Romero), pues se enfrentaron a unos pitones que punzaban la vista y daban que pensar, sin redondeces en sus puntas. Ayer, los toros de Vellosino tenían pitones, sí; si bien ya no producían sobresalto, ni pavor. ¿Y cómo es esto? Aparentemente eran astifinos, aunque no lo representaban. Puede que fuera porque no había peligro en estos toros, representantes del toro artista que ha quedado en toro noble y desrazado —flojo y obediente, sin empuje—. Todo un dilema al que el aficionado a los toros se enfrenta cada vez que aparecen toros en el ruedo de origen Domecq. Cierto es que no todas las ganaderías de esa procedencia han derivado en la bobería o en el simulacro del toro de carril. Aunque sí la mayoría de ellas. Merece la pena que ahondemos en lo expuesto y que hagamos un balance sobre las cabezas de los toros de ambas corridas: de las cuernas del ganado de ayer, comparadas con las de anteayer. Los toros de Vellosino eran un escaparate de perchas que daba la impresión de que si suspendíamos allí nuestro sobretodo no iba a ser agujereado, sino que colgaría con ligereza y arte. Ahora bien, si ese perchero correspondiera al de las testas de los Pablo Romero del miércoles, ya no habría garantía de que cualquier prenda colgada allí no fuera agujereada irremisiblemente, rajada y desguazada. En definitiva, como dijera Cantinflas, ¡Ahí está el detalle! Que no es ni lo uno, ni lo otro, sino todo lo contrario.


Los tres matadores de la terna de ayer difícilmente hubieran podido torear a los toros de Pablo Romero del miércoles como torearon ayer a los de Vellosino. Los toros de Pablo Romero no hubieran admitido el jarabe de pases que tomaron los astados de Vellosino. Los Vellosino (dinastía Domecq) recibieron una pócima de pases evolucionada correspondiente al toreo más moderno, aquél que consiste en torear —por parte del matador— con la muleta retrasada y formando una uve, que es lo que ve el toro según se le muestra la franela —o enorme pañosa con pico—, acto seguido el toro entra al cite del matador y es desplazado hacia las afueras, con el borde de esa grande tela, hacia las lejanías, para después tras ser desplazado volver a ser recogido en una nueva uve, que nunca llega a abrirse del todo porque el pase no dispone de remate, sin solución de continuidad, hasta que el matador decide dar el pase de pecho, no obligado, sino continuado y doblemente sellado. La tauromaquia en uve se perfila más y mejor en el toreo en redondo, y se diluye algo en el toreo al natural, porque entonces la uve se transforma en un telón que despide al toro y que le simula una conducción hacia la izquierda y sus afueras, con su pase de pecho. ¡Cómo no! De esta tauromaquia en uve falta un tratado. Si nos fijamos en cómo torean los dos toreros más veteranos de ayer y lo pasamos por escrito quedaría establecido el principio de dicho ensayo.

 

Pasemos a ello. Sebastián Castella toma a los toros más en corto y despliega una uve ligera, de corto recorrido, con ritmo, y resuelve que esa uve rodee su figura una y otra vez, siempre sin rematar los pases, pues le gusta mantenerse en una eterna uve. En un momento determinado la traza en sentido contrario, de manera invertida, por detrás, por la espalda, con sucesivos lances, para dejar finalmente al toro sumido en su bragueta. Es una tauromaquia en uve prestidigitadora, de toreo hacia atrás, perdiendo terreno y magnetizando al toro artista de procedencia Domecq. Por su parte, Daniel Luque emplea una uve poderosa, de trazo grueso, a veces, demasiado; es como si empleara rotulador, tomados de un mazo de rotuladores Made in China. Le ayuda a emplearse en esas rayas en uve que su propia figura es sólida. Afirma los pies en la arena, con el de la pierna de salida siempre hacia atrás, con mucha firmeza. El muletazo le sale subrayado hacia las afueras, con poderío, para después recoger al toro de manera poderosa, una y otra vez, en muchos pases, uno y el siguiente, sin rematar, hasta los pases de pecho finales. Luque da algo más de distancia al toro que Castella, pero puede torear en la misma cercanía que éste, y de manera invertida también por detrás y sin fin. Por su parte David de Miranda es todavía un aprendiz, y no sabemos si está en la asimilación de la tauromaquia de su apoderado Enrique Ponce, que consiste en descargar la suerte de manera permanente, menos en el primer pase —una contribución de Ponce a la tratadística taurina y recogida en video, al cual remitimos para poder hacernos una idea del futuro de Miranda—.


Ante los de Vellosino ayer, Sebastián Castella, toreó hacia atrás, con la muleta retrasada, despegado, tirando de pico y excediéndose en el metraje de la segunda de las faenas. Mató al primero de media, delantera, atravesada y perpendicular. Y a su segundo a la tercera, en el rincón, atravesada y delantera. Daniel Luque, toreó con esa tauromaquia suya que hemos descrito, por fuera, de perfil. En el quinto ligando esos pases. Mató de dos estocadas, al segundo toro, atravesada. David de Miranda, estuvo toda la tarde despegado, acumuló numerosos enganchones, y al final del sexto se centró en el toreo de perfil y de muleta retrasada. Mató de dos bajonazos.



Se recomienda «uve» como nombre de la letra que aparece en primer lugar en «verano» o «vacaciones», pero también se la llama «ve», «ve corta», «ve chica», «ve chiquita», «ve pequeña» o «ve baja» (RAE)


ANDREW MOORE


















FIN