BIBLION
Cual Jesús del Gran Poder cargando con el madero, vengo cruzando por todos los endiablados semáforos de la destartalada, la inhóspita Plaza de Colón. Voy doblando bajo el peso de unos cuantos ejemplares del libro que Juan Salazar y sus socios de la espléndida ̶ en las tres acepciones de la palabra recogidas por el DRAE ̶ editorial Letras de Almagre, me acaban de editar.
Me adentro por el paseo de Recoletos donde tropiezo con las casetas de la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión. Voy desfilando a lo largo de los interminables estantes tapizados de libros venerables, repletos de rancias encuadernaciones, de badanas, marroquines y piel de Rusia, guarnecidos de un sinnúmero de lomos dorados y solemnes. Según voy progresando a lo largo de la muralla impresa, ya no son solamente los ejemplares que llenan mi mochila los que lastran mi espinazo y fatigan mis rodillas, es el peso cósmico de la historia del libro, es su abrumadora presencia física la que se impone y me anonada. Es también el sentimiento de su sustancia anacrónica, de su inminente obsolescencia y de su vertiginosa inutilidad.
Voy cruzando ahora por Cibeles. La minusculez y la inanidad de la producción personal que me lastima la espalda me clavan su evidencia en la cerviz. El sentimiento de una desesperante futilidad. Infinitésima botella a la mar sin playa donde encallar.
Jean Juan Palette Cazajús


