sábado, 16 de mayo de 2026

San Isidro'26. Hubo toros para el clasicismo de Urdiales, la verdad de Fortes y el triunfalismo de Adrián. Campos & Moore

 

 
 

PEPE CAMPOS


Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.

Viernes, 15 de mayo de 2026. Séptimo festejo de la Feria de San Isidro. Encierro de toros de El Torero (de procedencia directa de Juan Pedro Domecq). Bien presentados, cinqueños, notables de cabezas, nobles; cumplieron en el caballo aunque sin pelear a lo grande, salieron sueltos de la mayoría de las varas a excepción del primero muy castigado en sus dos citas con Manuel Quinta, el sexto derribó en su primera vara empujando, en la segunda se repuchó; la mejor virtud de la corrida fue la movilidad, la peor la falta de fuerzas. Lleno de no hay billetes. Tarde primaveral fría. 

Terna: Diego Urdiales, de Arnedo (La Rioja); de verde hoja y oro, con cabos blancos; veintiséis años de alternativa; nueve festejos en 2025; silencio y ovación. Fortes, de Málaga, de rubí y azabache; catorce años de alternativa; veintiún festejos en 2025; saludos y oreja. Fernando Adrián, de Madrid, de lila y plata; doce años de alternativa; diecinueve festejos en 2025; oreja sin petición y muy protesta tras un aviso y oreja tras un aviso.

Suerte de varas. A excepción del primer toro —al que se le dio cera— la corrida fue cuidada en el caballo. Los toros cumplieron sin salirse de madre. Elegimos como ejemplo de la pelea media habida y del empleo de la pica, la labor de Pedro Iturralde en el tercer toro, un bello ejemplar berrendo en negro que desarrolló nobleza y bondades en la muleta. En la primera vara no fue puesto convenientemente al caballo, la pica cayó detrás de la cruz, algo caída, el toro se repucha. En la segunda vara sí fue puesto con ortodoxia al caballo, la vara cayó algo trasera y el toro salió suelto. Iturralde no le castigó, ni barrenó. A este toro en la lidia, al ser puesto en suerte en el tercer par, Curro Javier le toreó con el capote de manera primorosa en un lance largo y templado mostrándole al matador las posibilidades del astado.

 

Uno en la vida intenta ser trapero del tiempo e ir aprovechando todos los minutos que las fases de cada jornada deparan. Ayer, en el día del patrón de Madrid, el mejor medio para llegar a la plaza de los toros de Las Ventas era el metro. En un tramo del trayecto fui sentado y leyendo, tenía entre mis manos el libro de Vicente Zabala (padre), Hablan los viejos colosos del toreo (1976), y en la entrevista final que realiza —el que fuera insigne crítico— al matador de toros Antonio Bienvenida, a quien se le llegó a denominar «torero de Madrid», contestaba Bienvenida a la pregunta sobre la posible fidelidad a un estilo de torear del siguiente modo: «No sabes lo difícil que es torear con sosiego y sin violencia, con orden, haciendo las cosas a su tiempo, buscando la armonía, creando belleza para que llegue a espíritus sensibles y mentes inteligentes». Leído; y visto posteriormente en la figura de
Diego Urdiales que en la corrida del día de San Isidro, de este frío mes de mayo, quiso mostrarnos lo que es el clasicismo. Hay que adelantar que, de inicio, no quiso ver a su primer enemigo de El Torero, de nombre «Buscón»; si bien intentó resarcirse a continuación, del desaguisado que le preparó a ese su primer toro de nombre quevedesco —al que aniquiló en varas—, al medirse después a su segundo astado de nombre «Batallador», castaño listón albardado, bello y feble animal. A este toro acarnerado Urdiales salió totalmente decidido a torearle.

 

 Lo cuidó sobremanera en la lidia marcándole al picador Luciano Briceño las formas y los tiempos tras ponerlo él mismo en suerte —aún así Briceño, siguiendo esa genética de todo picador de aminorar las fuerzas de cualquiera astado, en la primera vara en la cruz le aplicó dos metisacas, y fue abroncado por Urdiales e inmediatamente corregido; en la segunda vara, también depositada en la cruz, Briceño se ciñó a un picotazo—; la lidia siguió con máximos cuidados en banderillas, previamente hubo un quite a la verónica del maestro de Arnedo de sabor clásico sin que llegara a redondear nada. Las pausas, el ritmo, los terrenos estaban siendo atendidos por el matador. Por su condición de manso —de las dos varas salió suelto— y sin fuerzas, la faena se decidió en el tercio del tendido seis, para que el toro empujara al límite de su capacidad. Un inicio de faena breve en el que destacó un pase de la firma seco, después suaves redondos con un sublime trincherazo, acto seguido el toreo al natural donde llegó lo mejor, a cuentagotas, tres naturales largos y templados, a la altura adecuada, el torero perfectamente colocado, cruzado, a la distancia justa, dos naturales más y otro pase de la firma; el toro cambia, pues estaba en el «limes» de su escaso poderío, y en uno de los naturales de mano baja se cae; en los últimos muletazos con la derecha iba corto, un gran cambio de mano, la faena estaba en su confín. Una magnífica estocada —aunque sin aguantar el estoqueador todo el tramo de la suerte— finiquitó al astado que había sido lidiado y toreado bajo las normas del viejo clasicismo. Un gusto. Un ejemplo.


El segundo torero destacado de la tarde fue
Fortes, aunque bajo otros parámetros que podríamos denominar de la sinceridad, del deseo, de la afición y del compromiso. De igual modo que Urdiales, Fortes no estuvo demasiado bien con su primer astado, pues a un toro que había que saber tocarle las teclas adecuadas para ahormarle —el toro protestaba o rebuscaba— le planteó la faena de perfil —una característica y una rémora en el toreo de Fortes—. Esta faena se basó en la mano derecha y desde el inicio no se resolvieron los problemas. Sin tocar la mano izquierda lo mató en la suerte natural de una estocada caída tendida. El toro le había atropellado en dos fases y recibió una cornada de la que se sobrepuso. En su segundo toro la cosa cambió. La faena fue planteada en el tendido nueve, en la segunda raya; ahí se sucedieron momentos excelsos y situaciones de desacople. Si nos vamos a lo excelso, que es lo que queda en el recuerdo, no podemos olvidar un primer pase ayudado que continuó en forma de toreo al natural muy templado, largo, bello, eterno y sentido, y que caló en el cotarro. A medida que avanzó la faena los naturales fueron excepcionales, de enorme belleza; a ello le sucedía, en ocasiones, el desajuste. Le sucedieron dos naturales de frente con ritmo. Seguidamente un ayudado a compás, y un kikirikí sublime. Verdad y torería, y —ahora— sin estar perfilado. Mató en la suerte natural de estocada baja.


Por último, debemos hablar de
Fernando Adrián como una apuesta del más denodado triunfalismo. Si la empresa fuera inteligente todas las tardes debería contratar a Fernando Adrián, una especie de garantía del más intrépido optimismo orejero. Adrián es la máxima garantía del corte de orejas y de las salidas por la puerta grande. Pero los empresarios le ponen poco. Es una lástima. Adrián parece llegado de un viaje a través del tiempo, como representante de aquel triunfalismo incansable del lustro 1966-1971 en la plaza de Las Ventas (cuando, principalmente, El Cordobés, y toda esa época), donde en cinco años hubo noventa y una salidas por la Puerta Grande en Madrid. Sólo Adrián desde 2023 suma cuatro puertas grandes. De haber toreado más haciendo pareja con Talavante el número de puertas grandes en Madrid serían elevadísimas. Para llegar a esas noventa y una de aquel consagrado lustro todavía faltan unas cuantas. Hay que contratar a Adrián. También a Talavante. Adrián en su primer toro —excelente— estuvo ligero, veloz, despegado, en redondo y al natural ¡qué importa!. Dio espaldinas (muleta sacada por la espalda). Todo sea por la oreja que consiguió sin haber petición, ya que el presidente se sumó al triunfalismo. En su segundo toro —boyante e incansable— volvieron las prisas y las afueras, en redondos y en naturales, con más espaldinas y pases de pecho ligados que enardecieron al tendido cinco. El tendido Adrián. Mató de estocada en la suerte contraria. El toro tardó en doblar. Adrián cosechó en total, dos avisos, dos orejas —una de ellas regalada— y la salida por la puerta grande.

 


 

ANDREW MOORE

 



 


 



 

 
 
 

 
 
Fernando Adrián, el Puertas 
 
 
FIN