PEPE CAMPOS
Plaza de toros de Las Ventas, Madrid.
Viernes, 22 de mayo de 2026. Decimotercer festejo de la Feria de San Isidro. Encierro de toros de Victoriano del Río (origen Juan Pedro Domecq). Bien presentados. Cinqueños menos el segundo. Flojos. Mansos menos el cuarto que en la primera vara salió al capote. El primero alto y largo, corniabierto y cornialto, muy flojo. El segundo, largo, cornivuelto, flojo. El tercero, abierto de cuerna y cornialto, noble. El cuarto, menos ofensivo, nobilísimo, perita en dulce, de carril y flojo. El quinto, noble y flojo. El sexto, noble. Lleno de no hay billetes. Tarde primaveral camino del verano.
Terna: Sebastián Castella, de Béziers (Francia); de azul de almacén y oro, con cabos blancos; veinticinco años de alternativa; cuarenta y ocho festejos en 2025; silencio y vuelta al ruedo tras dos avisos. Emilio de Justo, de Torrejoncillo (Cáceres), de ladrillo y oro, con cabos blancos; diecisiete años de alternativa; cincuenta y dos festejos en 2025; palmas tras un aviso y silencio tras dos avisos. Tomás Rufo, de Talavera de la Reina (Toledo), de azul medianoche y oro, con cabos blancos; cuatro años de alternativa; treinta y cuatro festejos en 2025; silencio y silencio.
Suerte de varas. A pesar de ser una corrida noble se les metió puya, su colocación fue baja; con metisaca (2º, 3º y 6º) para aminorarlos y, de los encuentros, salieron sueltos. Se acostaron en el peto (2º, 4º y 5º). Elegimos la descripción de la suerte de varas al cuarto para entender si se le debió dar la vuelta al ruedo. Fue colocado al caballo en las dos varas. Lo picó Manuel José Bernal. En la primera se arranca, la puya cae trasera y caída, el astado se acuesta en el peto, es tapado y sale finalmente al capote, al tiempo que pierde las manos. En la segunda vara, el picador rectifica, trasero, poco picado, sale de la vara de incógnito. En la faena de muleta respondió como una hermanita de la caridad.
En todas las profesiones (si hablamos de tauromaquia habría que derivarlo hacia el arte) hay momentos en los que los trabajadores (artistas) están en sazón, en su tiempo oportuno. Digamos que en el mundo tan trabajado de la tauromaquia este momento de la madurez se adquiría antaño cuando se rozaba el lustro o la década (casos extraordinarios) en el ejercicio del quehacer. Esto era antes cuando había que torear todo tipo de ganado o toros. Ahora, no es así, pues existe como un elixir de la eterna juventud que hace que los profesionales de la tauromaquia (artistas) puedan estar empleándose delante de los toros décadas, periplos de largo alcance, eternidades y matusalenidades. Ese elixir que torna jóvenes a los toreros añosos no es otro que torear toros pastueños, todos los que se pueda a lo largo de la vida taurina. Es un aspecto que se ha ido descubriendo y manifestando a lo largo de los últimos lustros. Y se está llegando a la conclusión que cuantos más toros de carril se toreen, más senilidad detrae el matador de esos toros. De ese modo toreando lo dúctil, lo feble, lo jubiloso; la jubilación del torero se aleja, se posterga, se dilata, se estira, se prorroga hacia la vida eterna. El elixir de la eterna juventud en el mundo taurino, la panacea, se ha encontrado y reside en torear el toro pajuno, un término que, a su vez, remite a la toreabilidad —la obsesión de la taurinidad, el meollo de todo—. Torear el toro de paja aporta curación y genes de eternidad a quien lo hace. La piedra filosofal taurina habita en la toreabilidad del toro. Si la tauromaquia estuviera bien vista se le daría el premio Nobel a esta deducción. Entendemos por qué se busca tanto la toreabilidad por parte de las figuras actuales y sus equipos —the staff—. Todas las figuras del toreo están adscritas al toro boyante o franco o claro —en denominación de antes—; en realidad, hoy hay que denominarlo toro de laboratorio, servido en bandeja, borrego o de pitiminí.
Ese medio toro o toro teledirigido está aportando, por ejemplo, a Sebastián Castella —que ha toreado muchos a lo largo de su trayectoria taurina— el don sagrado de la longevidad. Sólo hay que mirarle a la cara para darse cuenta y cerciorarse. Las estadísticas lo demuestran: lleva la friolera de veintitrés años de alternativa y para él todo acaba de empezar. Le tendremos en los carteles los próximos veinticinco San Isidros. Es una comprobación de que el toro toreable —que suele torear Castella— a él, particularmente, le transfiere enzimas juveniles. Juventud. Por eso esa pelea de todas las figuras de verse en los carteles de toros inofensivos donde encontramos a una pléyade de toreros que buscan permanecer en el mundo. Ahí tenemos a Talavante, a Morante, a Manzanares y a Perera. Otros están en ese camino, muy cerca, como Luque o De Justo. A cierta distancia, Ortega. En esa senda, Aguado. Rufo, un recién llegado. Etc. Todos quieren meter cabeza. No todos han podido recibir tanto elixir de toros boyancones como Castella. Por eso hay una pelea en apuntarse a lo blandengue, a lo endeble, a lo delicado. La rivalidad radica en eso, en acceder a lo toreable porque transmite perpetuidad. El toro que torean las figuras del momento presente (figurones del toreo, mandones, astros) es inflexible; es flojo pero no se derrumba; es débil pero se mantiene; embiste y obedece; se retroalimenta; no crea grandes problemas si bien permanece; está; no lucha sino que persigue detrás de algo, que suele ser un trapo; saca malas notas pero no se rinde; debería dimitir, no obstante cumple su misión porque para eso ha sido elegido. Es un toro chollo, no cuestiona y traslada esa ansiada longevidad al torero, porque, realmente, no molesta, y en esto estriba la temática.
Aparte, otra particularidad de la fiesta de los toros se refiere al clímax, al momento de exaltación, al punto de apoteosis, que suele alcanzarse de vez en cuando. Cuando la masa de repente se siente conducida a obtener placer, a rentabilizar su presencia en el espectáculo. Ayer ese clímax, ese orgasmo, se alcanzó en el cuarto toro. Ayudó el animal, representante supremo de la toreabilidad. Pero, también, coadyuvó que la tarde anterior fue nefasta, y los primeros tres toros de la corrida de Victoriano del Río parecían deparar otra tarde de negatividad. Y ahí surgió la llegada del elixir, del toro toreable, del astado del cual mana el líquido elemento reparador o sérum. Y Sebastián Castella, un consumado artífice en floridas lo aprovechó. No a su primero, donde estuvo perfilero, pegapases, despegado, en definitiva, superficial. Una superficialidad que a Castella le asegura conservación. Lo mató de media baja en la suerte contraria. Al toro de la tarde —de vuelta al ruedo, protestada— le hizo «la faena Castella». En los medios y en la segunda raya del tercio del tendido del seis. Fue aquella faena que todos los aficionados pueden describir si se les reta a que narren cómo podría torear Castella: desde los pases cambiados por la espalda en los medios, hasta los naturales y redondos ligados con liviandad, sin desgaste, ni para el toro obediente, ni para él mismo, ni para el público, que puede salir fresco de la plaza, listo para ocuparse en cualquier actividad. Remató la faena con bernadinas por un solo pitón. Pases de la firma y media estocada insuficiente —o pinchazo hondo—, que derivó en los descabellos (ocho) para obtener el triunfo. ¡Qué lejos la lección de Carlos Escolar Frascuelo cuando en el festival en homenaje a Antoñete!, que en tesitura similar volvió a tomar el estoque y entró de nuevo a matar sin importarle que se le fueran detrás los aplausos. De igual modo le había sucedido a Aguado la tarde anterior, y le sobrevino a Emilio De Justo, posteriormente, en el quinto toro de ayer.
Emilio de Justo se mostró sin frescura toda la tarde —necesita más pócima de toreabilidad—. A su primero quiso torearlo con temple. Se vio desbordado en ocasiones. No se impuso en ningún momento. A pesar de ello dejó algún redondo que parecía conducir a algo. Algo rápido. Sin cruzarse. Remató con manoletinas. Mató en la suerte contraria de pinchazo caído trasero y media tendida y atravesada. Al quinto lo lidió con prisas y atropelladamente. Así fueron las verónicas. Fue poco a poco inutilizando al buen toro de Victoriano. La lidia fue trabajosa. Inició la faena de muleta con pases por bajo que quebrantaron al astado. Se situó por fuera. El toro tomaba el engaño y se derrumbaba en los pases de pecho. La labor se desarrolló en el tendido seis. Mató de tres pinchazos en la suerte contraria, más nueve descabellos.
Tomás Rufo, castigó mucho a sus toros. Con el primero, castaño, noble, dilató el comienzo del trasteo. Estuvo despegado. Alejado. Pierna retrasada. Enjaretó enganchones con el pico sin poder con el astado. Lo mató de una estocada baja en la suerte contraria. Al dar la estocada soltó la muleta y saltó al callejón. En el sexto, un toro de mayor poder y emoción, mantuvo la estrategia de la parsimonia, de torear muy por afuera, de emplear el pico, sin conseguir levantar aquello. En terrenos del cinco. Mató de dos pinchazos y media caída y atravesada en la suerte contraria. Poco elixir tomó ayer Rufo. Envejeció.
ANDREW MOORE



















