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lunes, 20 de marzo de 2017

Ya no follo más (Je ne baise plus)

 Je ne baise plus

Jean Palette-Cazajus

¡Nadie se acalore antes de tiempo! No tengo ninguna retorcida propensión a la procacidad linguística ni a las provocaciones de poca monta. En cuanto a la proclamación de intenciones que parece desprenderse de una apresurada lectura de nuestro título, digamos que cualesquiera que sean mis intenciones reales, sería harto presumido, a estas alturas, pensar que tan amenas prácticas dependen exclusivamente de mi voluntad y no de la improbable indulgencia de una necesaria e hipotética copartícipe.

Aclaradas las cosas y serenados los ánimos, diremos primero que el verbo “baiser” es la palabra más utilizada en francés, equivalente a su traducción al español, para referirnos a la actividad aludida. No he forzado la traducción. “Besar” se dice “donner un baiser” o “embrasser” lo cual, como se darán cuenta, nos viene planteando otro problema de deriva de la significación que me permitirán no lidiar de momento. Un “je ne baise plus” es una cinta de tela negra, generalmente de seda o de   terciopelo, a veces adornada con algún tipo de perla o un colgante, que ciertas  mujeres llevaban alrededor del cuello para dar a conocer la referida intención.
 
 Madame de Sorquainville por J-B. Perronneau (1749)

El duque de Saint-Simon (1675-1755), excelso memorialista, alude al “ya no follo más” describiéndolo como “reservado a las señoras de edad avanzada y a las jóvenes duquesas indisponibles”. Me atrevería a decir que este tipo de cintas se expandieron durante el reinado de Luis XV (1715-1774), un reinado particularmente libertino. Entendiendo la palabra a la vez en el sentido actual y en el que se le daba preferentemente en la época, que aludía a la voluntad de pensar fuera de los dogmas. Pero en aquellos años, solían coincidir los dos significados, aunque sólo fuese porque a nadie le amarga un dulce. Es decir que cuando la carcundia de tiempos pretéritos se refería al libertinaje como exceso de libertad, trastocaba la realidad histórica del Siglo de las Luces que vio, al revés, el libertinaje anticipar las futuras libertades.

En realidad quienes ostentaban un “ya no follo más”, en muy pocos casos pretendían seguir al pie de la letra tan catastrófica decisión para el resto de sus vidas. Había de todo en la viña de aquellas señoras, lutos y desengaños amorosos, claro, pero sobre todo venganzas, provocaciones, tentaciones, cabreos, castigos tipo “Queda usted castigado sin postre, tendrá más apetito la próxima vez”. Y seguramente simple picardía como parece significar la deliciosa mirada de Madame de Sorquainville pintada por Perronneau.
 
 La lavandera coqueta por H. R. Morland (1719-1797)

Hablamos hace poco de las llamadas “maravillosas”, aquellas mujeres de particular elegancia y sensualidad que florecieron tras la muerte de Robespierre y sus amigos, durante el Directorio (1795-1799). Algunas, como era el caso de Teresa Cabarrús, se habían librado in extremis de la guillotina, mientras otras habían perdido un deudo, descabezado por la “corbata del Capeto” durante el “Terror”. En el cuello lucían a veces un particular “ya no follo más”. Para algunas, la cinta era roja en lugar de negra para mejor evocar el corte sangriento de la fatal cuchilla. Las más originales llevaban colgada de la sugestiva cinta de terciopelo negro una pequeña guillotina de plata. Una de ellas es la protagonista de la novela de Alejandro Dumas titulada “La mujer del collar de terciopelo”. Todo el mundo lo sabe, nada como la aleación de Eros y Thanatos para conturbar los corazones humanos. No sé si Luis Buñuel llegó a saber de aquellas costumbres.
 
 Olympia por Edouard Manet

El caso más espectacular de exhibición de un “je ne baise plus” en la historia del arte es, evidentemente, el que lleva, fino y descarado, la famosa “Olympia” de Edouard Manet, pintada en 1863 antes de armar la marimorena en el Salón de 1865. La decisión significada por la delicada cinta parece corroborada por la aparente firmeza con que la protagonista obstaculiza con mano perentoria las posibilidades de acceso a una mayor intimidad. Pero, si por otro lado nos dejamos llevar por los simbolismos interpretativos tan paladeados por los historiadores del arte, convendrá fijarse también en el gato negro de la derecha, símbolo del pecado y de la lujuria a lo cual conviene añadir el carácter indudablemente eréctil de su posterior apéndice. De modo que ¿prohibición o instigación? La pataleta que se apoderó de numerosos filisteos de la época, frente al cuadro, deja pocas dudas sobre las reales intenciones atribuidas a la provocadora Olympia.

Ya son pocas las mujeres que llevan hoy este tipo de cintas al cuello, por otra parte tan favorecedoras. Para mí que muy pocas de ellas conocen el nombre y la historia del “Je ne baise plus”.
 
La mujer del collar de terciopelo