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miércoles, 8 de marzo de 2017

Leyendas

Julián Juderías


Ignacio Ruiz Quintano
Abc

Nada más abrir el exitoso ensayo de María Elvira Roca Barea sobre la Leyenda Negra deslumbran al lector dos golpes como de magnesio que lo sitúan en la movida de nuestro tiempo.
En abril de 1899 doña Emilia Pardo Bazán, dama obispal de nuestras letras, estrena en una conferencia en París la expresión “leyenda negra”:

Tengo derecho a afirmar que la contraleyenda española, la leyenda negra, divulgada por esa asquerosa prensa amarilla, mancha e ignominia de la civilización en Estados Unidos
En 1914, Julián Juderías consagra la expresión “leyenda negra” en su obra más conocida. Juderías había trabajado tres años en el consulado español en Odesa como “oficial de lenguas” (dominaba dieciséis), donde descubrió la visión tan distorsionada de Rusia que prosperaba en el continente, fruto de la propaganda antirrusa agitada por Alemania, Francia y Gran Bretaña.
Prensa amarilla y propaganda (mediática) antirrusa: he ahí, cien años después, el legado de Obama, el hombre de los complejos que retiró de la Casa Blanca el busto de Churchill, con una de cuyas agudezas (“Rusia es una adivinanza, envuelta en un misterio, dentro de un enigma”) encabeza Roca Barea su capítulo sobre la rusofobia (procedente de la ilustración francesa y el imperialismo británico) de antes y de ahora:
Vamos a haceros el peor de los servicios –dijo en 1991 G. Arbátov, consejero diplomático de Gorbachov–. Os vamos a privar del enemigo.
A lo que el general Eric de la Maisonneuve (seguimos con el libro de la leyenda negra) contestó: “El enemigo soviético tenía todas las cualidades del buen enemigo: sólido, constante, coherente. Militarmente se parecía a nosotros y estaba construido sobre el más puro modelo ‘clausewitzien’. Su desaparición debilita nuestra cohesión y convierte en inútil nuestro poder”.
En pura lógica schmittiana, privarnos del enemigo es privarnos de la política. Y esto es lo que hoy (al margen de España) se está ventilando, titánicamente, en el mundo.