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martes, 28 de marzo de 2017

Manoletes

 Allí empezó todo

 Manoletes

La cuna, hoy

Francisco Javier Gómez Izquierdo

      La noche del cambio de hora me tocó, junto a medio centenar de padres, la segunda y tercera imaginaria haciendo la espera y la despedida a un autobús que llevó a nuestros chicos a Madrid y de Madrid a México. Andan de viaje de fin de carrera, a pesar de que la carrera, si la acaban, será en junio del 18, más otro año de MIR, y en fin, cuentas mías sin mayor interés.
      
El caso es que uno de los futuros médicos llevaba un pastelón cordobés para repartirlo entre sus más allegados en la T-4 antes de cruzar el Océano. El padre de la criatura, cordobita de campeonato, me explicó una curiosidad que ya me habían referido diversos personajes de una cofradía que carece de registro, pero cuyos miembros se pueden encontrar en cualquier taberna de Córdoba levantando el medio del Gallo con dos dedos por la base del catavinos, aplaudiendo un salmorejo en la Sociedad de Plateros o llorando ante un rabo de toro en Casa Acedo, casa que por cierto cerró ya hace años. El cordobita es un nacionalista de la costumbre, un Séneca que coloca en Córdoba “lo mejón del mundo”, un resignado que no entiende la ignorancia del mundo ante el esplendor de su ciudad. 
     
Bueno, no sigamos por los cerros de Úbeda. Otro rato glosaremos al cordobita. Hoy quiero referir el nacimiento de los “manoletes”, el hermano chico del pastelón cordobés.  El pastel o pastelón cordobés es grande y hermosote. Redondo, de hojaldre cubierto de azúcar y canela y relleno de cidra es una delicia con la que se suele acabar los peroles, tomar el cafelito de la tarde o agasajar a las visitas. Se reparte en cuñas y yo quedo como un señor, cuando me vienen los amigos de las Castillas a casa. Todos repiten. A mi  compadre Paco, por ejemplo, le enloquece. Le suelo meter en el bolso un pastel cada vez que vuelve a Piedrabuena.

     Algún cordobita me tiene contado que del dulce se tienen noticias desde el siglo XV y corriendo los años llegamos al XX, donde el maestro obrador José Delgado, en  1940 montó la Confitería San Rafael en la zona de lo que se conoce como el Brillante, a la que acudía el maestro Manolete, aficionado por demás al pastelón cordobés. Manolete descubrió en Chilacayote, patria de maestros cidreros en el estado de Jalisco, algo parecido al arte de don José Delgado y con ánimo de agasajar a sus amigos mexicanos pidió al obrador que le empaquetara unas cuantas piezas. Don José ingenió un pastel cordobés individual para facilitar su transporte y sobre todo para dar una alegría al matador, ya que en su honor bautizó la pieza como “manolete”. Dicen que los dos maestros quedaron encantados, pues según me cuenta otro cordobita, Manolete triunfó en Jalisco tanto con su arte como con  sus regalos y el confitero institucionalizó el postre para los invitados a las comuniones de los 60, 70 y 80.
   
Esta maña me he acercado a la confitería San Rafael y aunque no debo, por culpa del azúcar, me he atrevido con un cortado y medio “manolete”. Una de las herederas de don José Delgado, me ha atendido con amabilidad y sabiduría de siglos.