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lunes, 27 de marzo de 2017

Identidad y alteridad. (Acto uno: Los caminos de Caín)

 Caín y Abel. G. Gandolfi (1734-1802)

Jean Palette-Cazajus

Hace unos días, un anciano sevillano postrado en cama con oxigenación asistida ha sido desvalijado por dos maleantes que, de paso, violaron a la asistenta que lo custodiaba. Los dos desalmados pudieron ser identificados gracias a unas cámaras de seguridad cuya presencia desconocían. Esta progresiva -y sin duda definitiva- sustitución de la mirada de la conciencia por el ojo indiferente de la cámara, debe interpretarse también como la confesión de una clamorosa renuncia a una idea clave de la modernidad, la de que el hombre es moralmente mejorable .

Idea clave y viga maestra del optimismo progresista histórico. Según sus valedores existirían serias razones para pensar que el hombre actual ha mejorado respecto de tiempos pasados. En esta línea, Michel Serres, un conocido y añoso filósofo, personaje entrañable donde los haya, acaba de publicar un libro para explicarnos que Europa vive el período más paradisiaco de su historia. Escribe frases como ésta: “Nuestros contemporáneos tienen una posibilidad entre diez millones de morir por culpa del terrorismo, mientras tienen una entre 700 000 de ser víctimas de la caída de un asteroide”. El autor siente fervor científico, no quiero dudar de la fiabilidad de sus estadísticas. Pero creo que el problema no es éste.

 Michel Serres, nacido en 1930

En tal asunto, nuestros juicios sólo pueden ser relativos y subjetivos. En el fondo, el filósofo habla aquí desde el muy viejo espejismo humano de quien cree ver el río de Heráclito discurriento desde su fuente. Cuesta asumir que, en el río de la historia, somos el corcho efímero, arrastrado brevemente por una corriente que nos escupe y nos ignora. Asombrosamente, Michel Serres parece regresar a la vieja definición metafísica del ser humano, la de una esencia permanente criada en el limbo. Siendo pensador que sabe, sin duda mejor que yo, que la particularidad humana es la de un ente que emerge y se constituye en la interfaz del organismo individual y del baño amniótico del medio, tanto natural como histórico. La vertiginosa historia de nuestra especie nos da derecho a pensar que, en decenas de miles de años, la conciencia de los humanos ancestrales cambió menos que la de los occidentales durante el último siglo. Más que nada en la manera de pensar la muerte. 

El progreso técnico y el de la medicina nos han instilado el muy reciente sentimiento de un derecho a la durabilidad de la vida que no compartió ninguna civilización anterior. Entre los seres humanos modernos se interpone la retícula de la artificialización. Por esto las muertes violentas, en nuestras sociedades, resultan particularmente absurdas y miserables. Nuestro filósofo comete sobre todo el error de no separar las situaciones tradicionales de guerra abierta, en que la muerte se vivió siempre como una fatalidad y las situaciones criminales en que la muerte se vive como una inaceptable transgresión. Donde el español dice “batalla campal”, el francés dice, significativamente, “bataille rangée”, o sea batalla ordenada, regulada. Este tipo de batallas entre ejércitos ha desaparecido; sin duda definitivamente. Hoy las guerras matan esencialmente civiles y son dificilmente disociables de una criminalidad de masas.  A principios del siglo XVII, un obispo de Murcia, ascendido a la sede arzobispal de Sevilla, tardó 23 días para llegar a la ciudad bética y morir de las fatigas del viaje. Hoy, nos separan de las infamias de Daesh poco más de dos horas de avión. Las peculiares estadísticas de Michel Serres no pueden atemperar el horror frente a los atentados terroristas ni aplacar nuestros temores frente a lo que nos espera. No diré que el horror llama a nuestras puertas. Todos sabemos que no tenemos puertas.


 Como en las pelis

El filósofo despotrica contra los personajes bélicos tipo Luis XIV, Napoleón o el mariscal Foch. Pide derribar sus estatuas y sustituirlas por las de celebridades más propias de la “Edad de la dulzura”, la que viene empezando, según él. Esto me recuerda una pintada en el metro de Madrid, hace ya muchos años, en respuesta a no sé qué otra, particularmente ñoña y angelical. Decía así: “Y cuando seáis todos pacíficos, os forraremos a hostias”. Difícil ser más clarividente y edificante sobre un tipo de buenismo que en nada ha mitigado jamás el odio cerval de que somos objetos. Los de Londres, el otro día, como en las ocasiones anteriores, como en las venideras, querían castigarnos por nuestros “crímenes”. Intenté describir hace pocos meses el proceso histórico que nos ha llevado a ser identificados como criminales, culpables y -sobre todo- deudores definitivos. Resumiendo: sabemos que nuestra situación sigue siendo privilegiada ¿Por qué cuesta tanto asumir su increíble fragilidad?

Fragilidad frente a las agresiones exteriores. Fragilidad frente a los demonios interiores. Acabo de ver un reportaje televisivo absolutamente impresionante.  Filmado“at the right time in the right place”. Tuve el sentimiento de presenciar la historia haciéndose y deshaciéndose. El documento empezaba mostrando los primeros momentos de la secesión de Donetsk y Lugansk, las provincias rusófonas del este de Ukrania, en el llamado Donbass. Era el inicio, en abril/mayo de 2014, de una guerra civil que se ha apuntado más de  9000 muertos y 20 000 heridos y no acaba de terminar. Las estructuras de una sociedad al fin y al cabo europea, vieja y civilizada, basculan sobre su eje; se van invirtiendo las jerarquías humanas y las de los valores; muchos individuos empiezan a practicar un increíble, trágico y esperpéntico juego de rol. 


 Milicianos prorrusos

Asistimos en directo a la progresiva exasperación de las tensiones provocadas por la actitud antirrusa de los manifestantes de Maidán, en Kiev y el resto de Ucrania. Presenciamos el referéndum secesionista, caricatural en su organización pero indudable reflejo de la postura rusófila en la mayoría de la población. En los días siguientes se va tensando la cuerda y van apareciendo las primera milicias armadas. Ya conocen la manida frase atribuida a Samuel Johnson (1709 – 1784), sobre el patriotismo en tanto que último refugio de los canallas. Donde Johnson dice “patriotismo” convendría entender “nacionalismo”, palabra que entonces no existía, puro producto del siglo XIX. No es lo mismo; creo que la diferencia entre la primera voz y la segunda es la que separa la generosidad del odio. El caso es que no pude dejar de rumiar la frasecita, viendo la brutal e inmediata transformación de tanta patulea, entre lumpen, golfos y descerebrados, de repente iluminados por el patriotismo e inflados como globos en cuanto una Kalashnikov aparecía en sus manos. Viendo las muchachas discotequeras, vaqueros superceñidos, tops minimalistas, piercing en el ombligo, retratándose con el rifle de asalto apoyado en la curva de la sugestiva cadera, clamando consignas mortíferas e incitando los muchachos a la batalla como en las tribus antiguas.Viendo los viejos en las plazas, con un micro en la mano, de pronto poseídos por una vocación de tribuno de la plebe y escupiendo consignas antiucranianas con abrupto y monótono estribillo: “Matadlos; matadlos a todos!”

Nadie ignora hasta qué punto la corrupción corroe aquellos países. Desde los primeros días tales “milicias patrióticas” parecían sobre todo preocupadas por los tráficos, de armas u otros, por la obsesión de marcar con perruna meada sus territorios, por la de embolsar las “voluntarias” contribuciones financieras de los ciudadanos, estimuladas por la omnipresencia de la “kalash”. Cuenta un miliciano improbable que él no pretende enriquecerse, sólo mejorar los garbanzos. De hecho nos enteramos de que, semanas después, huyó con su peculio antes de que empezaran los combates de verdad. Vemos cómo los peores oligarcas, los que ya cortaban el bacalo antes del seudo referendum del 11 de Mayo de 2014, contribuyen a exaltar las pasiones mientras van monopolizando descaradamente todos los puestos importantes. 


 Donbass

Ya iniciados los primeros combates, sangrientos, anárquicos y un tiempo indecisos hasta que la solapada intervención de Putin empiece a pesar sobre uno de los platillos de la balanza, asistimos a una escena penosa. Un oficial ucraniano, cincuentón, digno, prisionero de los prorrusos, está maniatado y arrodillado sobre el suelo. Lo maltratan de palabra, lo golpean. Resignado, el hombre habla con amarga ironía: “Ya sé que de todas forma me vais a cortar los c…, pero no odio a los prorrusos, solo a mi suegra”. Le contesta, soez, el jefe de los milicianos, sólo visible de espaldas: “¡Cómo podríamos cortarte lo que no tienes, maricón!”. Semanas después volveremos a ver dicho oficial. Lo han liberado y ahora encabeza la comisión de intercambio de prisioneros. Lo acompañamos mientras se dirige hacia el frente prorruso para devolver un grupo de prisioneros. En el momento de despedirse, uno de los liberados, un chico joven, cara y voz agradables, pinta simpática e inteligente, da efusivamente las gracias al oficial. Añade algo como: “No sabe cuánto lo siento por aquel día... Estábamos todos un poco enloquecidos,... no sabíamos lo que hacíamos”. El chaval encantador era nuestro cabecilla de milicianos, el mismo que humillaba y cuestionaba, grosero, la virilidad del veterano oficial.

Tras unos meses volvemos a encontrarnos con algunas de las exaltadas muchachas, discotequeras, sugestivas, patriotas y exaltadas. Aparecen sombrías, desmejoradas, desesperadas, algunas apenas reconocibles, a veces entre las ruinas de sus casas. El discurso es el de la fatalidad incontrolada, del peso del destino, de la resignación frente a la catástrofe que vino, habría que creer que desde la nada...



 Lugansk, junio de 2014

En la Ucrania leal al presidente Poroshenko, también mandan los corruptos y los oligarcas. Tal vez algo menos que en el este. Maidán ha originado algunas actitudes reactivas. Pero el ejército está invertebrado, poblado de zombis y de burócratas. El gobierno intentó crear una guardia nacional a marchas forzadas. Los voluntarios son estudiantes universitarios, médicos, profesores, ingenieros, funcionarios...todas las fuerzas vivas del país, necesarias en la sociedad civil y apuntándose aquí a la catástrofe. Porque hoy hacen falta, como mínimo, tres años de seria preparación para fabricar un buen soldado. Tampoco está el ejército ruso para tirar cohetes, lo vemos cada día en Siria. Pero juega en otra categoría. De modo que Putin, además dueño del gas, tiene una vez más en las manos las mejores cartas del conflicto.

En 1932-33, Stalin, obsesionado por acabar con el campesinado, favoreció en Ucrania una atroz hambruna que mató entre 3 y 5 millones de personas. Escribía una médico rural: “...Las buenas personas murieron primero. Las que se negaron a robar o a prostituirse, murieron. Las que dieron de comer a los demás, murieron. Las que se negaron a comer cadáveres, murieron. Las que se negaron a matar al prójimo, murieron. Los padres que se negaron a comer a sus hijos murieron...”. Ocho años después, durante el terrible 1941, muchos fueron los ucranianos que contribuyeron alegremente, tras la invasion hitleriana, a los pogromos y a la “Shoah por balas”,  como en el trágico barranco de Babi Yar hoy sepultado bajo los edificios y el arbolado de un parque de Kiev. Vergonzosa realidad ocultada por la Ucrania soviética y casi hasta hoy por la postsoviética.

Fue muy comentado en su momento “Tierras de sangre”, el gran libro del historiador Timothy Snyder,  publicado en 2010 (*), sobre el sino cruento de aquellas llanuras del este europeo donde se enfrentaron, hace ya 75 años, los dos totalitarismos más sangrientos de la historia. Pocas memorias hay en Ucrania y el sur de Rusia que no estén habitadas por terribles tragedias familiares. Cuesta entender que los dos bandos de un país agobiado por la corrupción y los problemas económicos se lanzaran a degüello con tanta facilidad. Esto es lo que decimos siempre. Lo mismo dijimos cuando Yugoslavia explotó. Fueron casi 9 años de guerra (1991-99), hace cuatro días como quien dice. Fueron 300 000 muertos, las dos terceras partes civiles, y 4 millones de desplazados. Empezamos a saber que las peores instituciones siempre son mejores que su ausencia. Las que son medianamente buenas y consensuadas deberían sacralizarse. No creamos ni un solo segundo que nuestras sociedades son más maduras, más razonables, más sensatas. ¿Puede alguien pensar seriamente que si contrastamos un solo siglo de vida mínimamente democrática -y esto en el mejor de los casos- con dos millones de años de evolución humana, tenemos derecho a pensar que nos protege un especial blindaje civilizacional? Habría que levantar un monumento a quien inventó la expresión “barniz de civilización”.

(*) Hay traducción española.


Mliciano ucraniano