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jueves, 14 de abril de 2016

Victorinos en Sevilla. Todo sobre el indulto a "Cobradiezmos"


Con Manuel Ruiz Manili, el Tigre de Cantillana, en la terraza del Donald

José Ramón Márquez

Mi particular Feria de Abril consta este año de dos corridas de toros: Victorino y Miura, porque el rollo sevillano de postureo sin toros no me provoca el más mínimo interés, y bien que lo siento. Bajamos, pues, en peregrinación  a la Plaza de Toros más bonita del mundo ante la llamada del toro -da lo mismo quien los mate, a estas alturas- tanto como de la promesa de una ciudad vacía en la que poder pasear sin gentes, que todo el mundo anda en el ferial.

Hoy, toros de Victorino. Uno no ve toros por TV porque le desagrada sobremanera ese espectáculo tan alejado de lo que es la contemplación de los toros en la Plaza. Seguimos, sin embargo, la actualidad a la antigua, por las reseñas de aquellos de quien te fías y también por las de los que no te fías, y llevamos comprobado que hasta el día de la fecha el toro ha sido objeto inencontrable en las doradas arenas del coso del Baratillo. Me refiero al toro de lidia listo, con poder, con casta o con inteligencia o con bravura o con mala leche... Nada de eso ha salido por la ancha manga de los chiqueros de la Plaza de Toros de Sevilla (a la Plaza hay que llamarla así y a los churros, calentitos, para que no te tachen de advenedizo e ignorante.) Nada de reseñar en las diez corridas que llevaban hasta hoy los sufridos y pacientes abonados sevillanos. Gracias a la moderna crítica taurina se han entronizado conceptos descacharrantes como el de “estar agarrado al piso” o “soltar la cara”, de inescrutable significado para quien no esté en esa pomada pero que más o menos se entiende que vienen a usarse para no poner cosas mejor comprensibles tales como el descaste, la falta de fuerzas, la emoción inexistente o la ruina ganadera. Así han pasado, grosso-modo, 60 toros -toro más, toro menos- dando la murga de manera inmisericorde tanto al paciente público que los ha soportado como a los toreros que los han elegido por sus indemostrables calidades, o acaso por su condición boba y lerda. Hoy, por primera vez en lo que va de Feria 2016 ha salido el toro y el resultado ha sido una estupenda tarde de toros con sus matices y con sus polémicas, justamente lo que esto debería ser.

1. EL TORO

Cuando el bonito primero de la tarde,  Baratera, número 92, nombre para soñar, comenzó a desplomarse tras el primer encuentro con el caballo que montaba José Manuel Quintra, se nos revolvieron las tripas. La posibilidad de que ese toro marcase el camino de la tarde se cernía como el más negro nubarrón sobre la Plaza. Sonaron algunos justos silbidos contra el tal Baratera que presentó, junto a su blandura motriz, unas inequívocas señas del más preocupante descaste. Por fortuna este toro fue, como si dijeramos, una transición entre los de los días anteriores y lo que venía por detrás: un victorino juampedreado, diríamos.

La cosa se arregló a partir del segundo, Pesadora, número 28, toro serio que marcó un positivo cambio de signo en la tarde, desde su salida sacando astillas de los burladeros, el tercio de varas donde cumplió y el tercio de muerte donde planteó a su matador los problemas que deberían ser inherentes al toro de lidia. Luego llegó el cénit de la corrida con el tercero, Galapagueña, número 89, dispuesto a echar una mano a su matador sin exigirle mucho a cambio y el cuarto, Cobradiezmos, número 37, toro enormemente colaborador que regaló sus embestidas de manera harto generosa y que provocó el delirio en la mayoría del público. En otro registro totalmente distinto a esos dos fueron el quinto, Paquecreas, número 67, toro exigente que demandaba una gran firmeza frente a él y el sexto, Melonero, número 98, áspero y complicado con el que por momentos llegamos a pensar que Ureña sería capaz de hacer la hombrada de crujirle,

2. EL INDULTO

Creo de manera firme, como aficionado algo vetusto, que el toro debe morir en la Plaza. En ese sentido estoy manifiestamente en contra del indulto. Si además el toro ha recibido una vara de aquella manera y ha tardeado, escarbando, antes de recibir el picotazo de la segunda, la cosa es aún más evidente. Nadie puede negar la bondad colaboracionista de Cobradiezmos para el lío de la muleta, pero para quien tenga memoria bastaría con comparar a este con Belador, no digo ya con los del 82, para ver el abismo. La locura colectiva de una Plaza respetable pidiendo el pañuelazo naranjito para este toro tan bueno e inocente en el último tercio es un espectáculo que, en cierto modo, entristecía.

3. EL TORERO

El que ha toreado por momentos con toda la verdad ha sido Ureña. A su primero, Galapagueña, le ha toreado con una extraordinaria pureza: la naturalidad, el medio pecho, el trazo largo del muletazo, la ligazón, lo que es el toreo que a uno le gusta. El toro demandaba que se le pisase el terreno, y cuando Ureña optaba por las afueras el toro se le paró, pero cuando asumía su posición -la del riesgo- y le echaba la muleta al hocico el toro se entregaba sin dobleces. Momentos de toreo grande los de Ureña en Sevilla en esta tarde, eclipsados sin embargo y  acaso fatalmente, por la extremada vulgaridad del trasteo de Manuel Escribano, en una faena al del indulto, concebida como un homenaje al toreo contemporáneo más ayuno de compromiso y de verdad. Faena harto pueblerina, con el torero inclinado o retorcido, ninguna naturalidad, en la que aprovecha las condiciones bondadosas del victorino para construir un trasteo de muchos pases ligados, muchos pases y casi ninguno bueno, que hechiza a las gentes porque el toro se mueve y se mueve. En el tercero se vieron mucho más que retazos del toreo del bueno, del de verdad; en el cuarto se vio una faena moderna que habría podido firmar Julián de San Blas si se atreviese a anunciarse con los de la A y la corona. La constatación en la Plaza de que ambas cosas gustaron por igual a la parroquia no deja de crear perplejidad. El público paga su entrada y es soberano.

4. EL TRUCO

Quedará por siempre la duda de si el show final de Escribano no tendría otro objeto que el de crear presión al palco sumando adhesiones a la petición popular del indulto que había nacido en la solanera para evitar tener que enfrentarse al trance de la antaño llamada “suerte suprema” en la que todo se le podía ir al garete, viendo sus trazas para matar.

5. VICTORINO

Cualquiera que recuerde cómo era esta ganadería hace treinta años puede constatar fehacientemente el cambio que se ha ido produciendo en ella, aunque bien es verdad que sería harto difícil encontrar hoy día toreros que pudiesen hacerse de manera solvente con aquellas “alimañas” que mataban Andrés Vázquez o Francisco Ruiz Miguel. El descaste del primero en la tarde de hoy y la embestida tan bondadosa, tan desprovista de intenciones del toro del  indulto, no son señales tranquilizadoras. Victorino debe su leyenda a la fiereza, a la casta, a la inteligencia y, consecuentemente, al miedo que provocan sus toros. No debe renunciar a esas fundamentales señas de su identidad como criador de toros. Tengo más que serias dudas  de que, ganaderos tan escrupulosos, echen el Cobradiezmos a las vacas,

6. FINAL

Una gran tarde de toros es el resumen de la de Victorino en Sevilla, sobre todo porque hubo toros. Con ellos llegaron la emoción y la pasión a los tendidos y todo el mundo salió de la Plaza sin echar cuentas del reloj, de lo larga que había sido la corrida: el espectáculo tedioso y trucado de tantas tardes halló hoy el más perfecto contrapunto gracias a los toros de Victorino Martín Andrés, ganadero de reses bravas de Galapagar, divisa azul y encarnada.

Y la Plaza ni siquiera se llenó.
 


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