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jueves, 7 de abril de 2016

Alcaldes ("Roba, pero que no se note")

Ko Wen-je (léase Que-güen-che)


Íker Izquierdo*

La pasión de ser alcalde es tan fuerte en España como la de ser futbolista. Algunos dicen que por el dineral en potencia que puede uno ganar, aunque no faltarán los freudianos que lo liguen a la simbología fálica de la vara de regidor.

No podemos negar que la figura del alcalde está muy ligada a las raíces de nuestro país. La cultura hispánica le debe mucho a “El alcalde de Zalamea”, “El mejor alcalde el rey”, e incluso al simpático alcalde de “Bienvenido, Mr. Marshall”. Y quién no recuerda al célebre alcalde de Móstoles, que declaró la guerra a Napoleón. Luego vino la Transición, con Tierno Galván y sus colocones, y cuando la democracia, que a decir de Platón estimula la circulación del oro a manos llenas, se consolidó a golpe de fondos de cohesión en nuestro país, tuvimos a una miríada de alcaldes de pueblo sedientos de comisiones inmobiliarias.

Ahora los alcaldes ya no son como los de antes. La “nueva política” manda, pero la pasión municipal sigue intacta y se ha exportado a otras latitudes donde la administración de la ciudad siempre estuvo en manos de funcionarios y no de gentes del pueblo, con más o menos labia y mando en plaza.

En Taiwán, donde la democracia es un motivo de orgullo tan potente como el béisbol, se toman muy en serio la “nueva política” que puso de moda la Spanish Revolution, y los chicos de las facultades de Ciencias Políticas son como estrellas del rock para la nueva juventud taiwanesa, tan preocupada por su aspecto como por su conciencia política.

Así las cosas, los de Taipéi se adelantaron unos meses a Carmena, Colau, Puig y otros alcaldes del montón, y eligieron al candidato independiente Ko Wen-je (léase Que-güen-che), un famoso cirujano muy de pancarta y de contar chascarrillos, frente al candidato del Kuomintang, un niño de papá con cara de San Bernardo y menos experiencia en la administración de la cosa pública que Dimitri Pitterman en un banquillo.

El populacho, que es voluble y ama al que más promete y mejores chistes cuenta, eligió al cirujano, cuya pasión de ser alcalde pudo a su pasión por destripar infelices en la sala de quirófanos. Durante un tiempo, sus porcentajes de apoyo fueron estratosféricos, hasta que empezó a hacer el Carmeno, es decir, a demostrar que no tiene ni pajolera idea de cómo se gobierna una ciudad.

Esto no es óbice para que el alcalde Ko haya sido el símbolo de la nueva política en Taiwán, la cual supuestamente ha arrasado en las últimas elecciones presidenciales y legislativas. El viejo Kuomintang ha estado a verlas venir, y ante la que se le avecinaba, se ha puesto de refilón, como hacen las defensas cuando llega Messi: “Vamos a dejarle pasar, no sea que nos llamen fachas”.

Pero el alcalde Ko empieza a ver declinar su estrella. Sale mucho en la tele, cuenta muchos chistes, pero al final es uno de esos que los ingleses llaman “underachievers” y que en España, como somos menos pudorosos, llamamos “inútiles”.

Dijo que iba a acabar con la corrupción de la anterior administración, pero tras meses de investigación no ha podido aportar una sola prueba. Dijo que iba a reducir gastos, pero lo que ha hecho ha sido subir los impuestos. Dijo que iba a administrar bien la ciudad, pero los atascos en las principales arterias de la capital comienzan a ser dignos del continente asiático. Dijo que iba a promover una iniciativa de voto ciudadano por internet para tomar ciertas decisiones, pero aunque estas cosas emocionan al principio, el pueblo democrático se da cuenta que no tiene tiempo ni conocimientos para estas cosas, y que le importa más llegar menos tarde a casa tras salir de trabajar.

Del 80% de apoyo tras sus primeros cien días ha pasado a un 42% en un solo año. Ni siquiera la prensa más afín lo soporta. Ya no le preguntan si se presentará a las presidenciales, sino más bien si no estaría mejor de vuelta en el quirófano salvando vidas que en la poltrona de alcalde jodiendo las del prójimo.

¡Cómo echa uno de menos a los políticos trincones, pero eficientes, cuando le toca sufrir a un honesto cantamañanas! Ya lo sabía bien Otto von Bismarck, el de la Kulturkampf, que decía a sus ministros: “Roba, pero que no se note”. Y la Alemania de Bismarck funcionaba a toda máquina.
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*Iker Izquierdo es locutor en Radio Taiwán Internacional y traductor chino-español. Taipéi