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lunes, 11 de abril de 2016

Flores en las grietas. Así es vivir en el centro de Bogotá


Lina Tono

...Durante varias semanas me dediqué a caminar y a probarlo todo. Fui a comprar pescado y mariscos a la calle veinte, fui a comer jamones y a tomar cerveza de pie en Marandúa, un delikatessen en la calle diecinueve, fui a buscar discos de vinilo en una feria especializada en la calle veintidós, llevé a arreglar un computador a la carrera décima con calle veintiuno y creo que le robaron alguna pieza. Recorrí la carrera séptima a media noche con amigos, jugué boli-rana en el barrio Belén, bajé caminando a comprar chucherías en San Victorino, visité las zapaterías de la calle dieciocho, desayuné todos los domingos en Sofi´s una panadería de la calle diecisiete, supe dónde habían matado a Rafael Uribe Uribe, dónde cayó muerto Jorge Eliécer Gaitán y en qué casa se suicidó Jose Asunción Silva. Pisé mierda perruna y -puedo jurarlo- humana, le tuve mucho miedo a los comandos azules y a los leones rojos que andaban por ahí en pandilla, compré libros usados al lado del edificio del ICFES, tomé onces en varios salones legendarios, me senté en los cafés de la plazoleta del Rosario, seguí con la mirada las huellas fosilizadas del tranvía, vomité unas empanadas que compré sobre la carrera sexta y escuché, contemplé, observé, extrañé ciertas cosas del norte y me alegré de tener otras tantas nuevas y distintas, en el centro. No hice vainas extraordinarias ni demasiado arriesgadas; me metí con el barrio a mi manera y fue eso lo que me trajo enseñanzas...