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miércoles, 20 de abril de 2016

Anaximandro



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

En los Estados de partidos no hay sociedad política: todo es sociedad estatal (¡la famosa integración de las masas en el Estado!), sostenida por el contribuyente, que pinta lo mismo que la blanca doble en el dominó.

Todo el continente, a excepción de Francia (“l’exception culturelle!”), es un Estado de partidos, con sus ajustes de cuentas y sus guerras de bandas, de cuya crueldad sabemos por los restos que llegan a las playas.

En la playa de Punta Umbría, donde los Cantores de Híspalis querían cruzar la bahía, apareció el otro día Bárcenas, “y en un barquillo velero / soñar con ser marinero / blanco de espuma y de sal…” La playa, según Pemán, es la emoción de suspensión temporal de la civilización: en un par de horas, el delegado de Hacienda se queda en taparrabos, salta a pídola sobre un coronel de Ingenieros, se sumerge en el Atlántico, se viste y recobra su señora, sus hijos y la ley Tributaria.
No cabe ciclo cultural vivido, en redondo, más aceleradamente.
Bárcenas almorzó en un chiringuito y, a los postres, otro comensal pidió hacerse un “selfie” juntos.

¿En qué periódico trabaja usted? –quiso saber el Hombre de Suiza.
No, si yo soy otro imputado. Como usted, don Luis.
Bárcenas no era el único hombre vestido (“forrado”, diría un castizo) de la playa, y si los imputados van a la playa, ¿a dónde irán los demás?

Steiner, nada aficionado a “la democracia de las playas”, recomienda la montaña suiza.

La montaña hace una ruda selección: cuanto más se escala, menos gente se encuentra.

En Madrid, sin montaña ni playa, la gente que aún no está imputada acude a los museos con jardín.

¡Qué belleza! –decía muy de mañana un cursi para ponderar la reforma del jardín de un museo en la Castellana–. ¡Parece cosa de Anaximandro!
No, ésa no trabaja aquí –corrigió la funcionaria, familiar, por cierto, de un famoso armador (“¡ay, mi Huelva! navegar y navegar”)–. Tenemos dos Anas, Cárcava y Ruiz, y a las dos las conozco yo.