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sábado, 5 de marzo de 2016

El Terror

Edgar Quinet

Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    En las zahúrdas complutenses de la Revolución Pendiente saludan la “liberación” de Otegui con unos “¡hosanna! ¡hosanna!” afrodisiacos, y una gorgona catalana de flequillo al hacha de sílex se lo ha explicado a un pepero en el parlamento de su pueblo:

    –Tú no le llegas (a Arnaldo) ni a la suela del zapato, subnormal.
    
La gorgona, por su versión choni de Juan 1:27, tiene hecha, al parecer, la catequesis de ese catecismo penosamente confeccionado por analfabetos que prescribe el “derrocamiento violento del orden tradicional” (“Manifiesto”), o que “la fuerza es la comadrona de toda vieja sociedad hacia otra nueva” (“El Capital”).

    –Esos imbéciles han operado de forma estúpida –escribe el pagafantas de Marx, Engels, al que Lenin no leyó hasta estar en el Poder, sobre los autores del atentado contra Napoleón III–. Llenas de pólvora ordinaria, las bombas habrían hecho mucho más efecto.
    
En la Revolución Pendiente, la dictadura es el peaje de la libertad verdadera, que viene luego. Y como, según Pablemos, la palabra “dictadura” no hay quién la venda, se dice en su lugar “democracia”, y asunto concluido.

    –Estos son mis escrúpulos. Si no le gustan, tengo otros.
    
El comunismo, pues, es el fascismo del pobre, que, por falta de recursos, siempre recorta el “movimiento dialéctico”, quedándose sólo con la tesis, es decir, la dictadura, para ejercerla contra el proletariado, que sería la antítesis. El resto se va en excusas.

    En un prólogo a los “Derechos del hombre” de Thomas Paine hay morcillas como ésta: “El Terror, cantilena favorita de los enemigos de la Revolución Francesa…”, pues “lo que se ha de tener en cuenta ante el coro de las cocodrilescas lamentaciones” es que las muertes fueron pocas.
    
El circunstancialismo y el situacionismo son los justificantes de todos los crímenes políticos.

    Si Edgar Quinet, el historiador que reconoció en el Terror el fruto de la Revolución misma, visitara hoy las zahúrdas complutenses, le tirarían cantos como a Stanley Payne.