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lunes, 14 de marzo de 2016

Un Madrid con picadores



Ignacio Ruiz Quintano
Abc

    Sabida es la poca importancia que el español concede al robo, y por eso ha pasado desapercibida la observación de Hughes sobre Casemiro, el futbolista que más balones roba.

    Casemiro tiene la mala suerte de llamarse Casemiro, que así, a secas, es nombre de fontanero, que diría Cela (Cela sacaba los nombres de sus personajes de las esquelas de ABC). Casimira, a secas, es una heroína de mariachi (“Antenoche fui a cantar, / festejaba a Casimira, / al primer compás de lira / me empezaron a gritar / el sombrero y la chamaca / del señor que se retira” cantaba Pedro Infante en “Yo tenía un chorro de voz”.) Casemiro, además, no es guapo, pues parece un hijo perdido de Sonny Pruitt (Claude Akins), el camionero de “En ruta”, al volante de su “Kenworth” verde.
    
Por si esto fuera poco, a Casemiro lo trajo Mourinho, que tenía pinta de apoderado, y lo puso a jugar Benítez, que tenía pinta de picador y que encontró en Casemiro a su mejor caballo para una suerte que es la más bella del toreo (¡de qué, si no, iba a fascinarnos el “Guernica”, que no es otra cosa que un desastre en varas!). Lo que pasa es que el piperío del fútbol es fruto del Plus, como el piperío de los toros, y va por el estadio como por la plaza, con todos los conceptos cambiados.

    Casemiro es un medio centro que tendría que jugar con castoreño, como parecía jugar Mauro Silva, la piedra sobre la cual edificó el Brujo de Arteijo su legendario “Superdépor”.

    Sabemos que la afición taurina del chico que quiere ser torero va en serio cuando debuta, lejos de su pueblo, con picadores, y Casemiro es el gran picador del momento, el Tito Sandoval del fútbol con picadores, aunque acompañado en el Madrid de cuadrilla inadecuada. De hecho, da miedo pensar en lo que sería de Casemiro en el Atlético de Simeone, cuidado, adiestrado y con un plan preconcebido, citando de frente y fijando al contrario con la vara de medir morrillos.

    Frente al trote cochinero, como de árbitro, del común de los mediocentros, Casemiro ofrece su magisterio natural en la muy importante, dura y fundamental suerte de varas, que precede a la muy importante, bella y decisiva suerte de estoquear, pero lustros de alfalfa socialdemócrata del Plus y su tabarrón tiquitaquero nos han dado el cambiazo de la suerte de varas por la suerte, inútil, de banderillas, normalmente encomendada a banderilleros torpes, que en vez de banderillear clavan banderillas donde y como pueden, con lo que el tercio, decía Corrochano (el viejo Hughes de los toros, igual que Hughes es el joven Corrochano del fútbol), degenera en una prolongación lamentable de la “carioca” del picador: “Porque también hay banderilleros a la carioca”. El tiquitaca.

    Cuanto Corrochano dejó dicho del picador vale para todo lo que pueda decirse del mediocentro defensivo, en cuyas espaldas descansa el cuidado de la propiedad del campo de juego:
    
La primera condición del caballista es estimar el caballo. Para ello creo indispensable la posesión, la misma vibración de la sensibilidad. La defensa de la propiedad es instintiva hasta en los irracionales; las querencias de los animales es una manifestación de la propiedad. El jinete, dueño del caballo, le defenderá.
    
Pero la mala educación lleva a los piperos a pitar al picador, responsable, para ellos, de la ruina de un espectáculo sin lidia.

Tito Sandoval

EL “BOCAO” DE DIEGO COSTA

    Si es pícaro el que pica, picotea, muerde, enardece, irrita, ¿qué es picardía?, pregunta Octavio Paz. El pícaro Diego Costa (menos atractivo que la pícara Justina, para qué nos vamos a engañar) mordió en Inglaterra a Barry, y en el “As”, los mismos que cuando el mordisco de Luis Suárez a Giorgio Chiellini pedían odiar al delito y compadecer al delincuente, piden que el marqués de Del Bosque, el Kant de la España pipera, proceda a la expulsión del chiringuito del Combinado Autonómico del delantero centro nacionalizado en su día para “dar mordiente” al ataque español en el Mundial de Brasil. Morder es reminiscencia caníbal, y no se puede enseñar a los niños, que harto tienen con saber que los Reyes son los padres, que los padres son hombres y los hombres pueden ser lobos para los hombres.



Primer amarillor de la temporada