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miércoles, 23 de marzo de 2016

Bélgica: las comunidades y "la" Comunidad


Abdelkrim entrevistado por Luis de Oteyza

Jean Palette-Cazajus 

El diario El País del 23 de marzo definía Molenbeek, el barrio bruselense donde los jihadistas andan como Mahoma por su casa, como “barrio de fuerte presencia musulmana”. Este tipo de eufemismos brota naturalmente bajo la pluma de quienes dicen “evitar echar leña al fuego” para justificar actitudes que otros considerarían más bien como “poner la otra mejilla”. Molenbeek, como todo el mundo sabe, es un barrio absolutamente “comunitario”.

Nada más erróneo, para entender mucho de lo que está pasando, como hablar de “emigración magrebí a Europa”. No es correcto decir que los argelinos o los marroquíes que viven en Francia o en Bélgica hayan emigrado a estos países. Han ido a residir en el seno de la comunidad argelina o marroquí, instalada en dichos países. Lo cual es cosa muy distinta.

Estamos rutinariamente acostumbrados al concepto de estado territorial definido por fronteras minuciosamente delimitadas. Hasta el punto de que, en sus imperios coloniales, cuyos polvos trajeron en gran parte los actuales lodos, los países responsables de tan funesto error también trazaron, en cuando pudieron, minuciosas fronteras entre pedregal y duna, entre oasis y palmera.

Olvidamos hasta qué punto tan europeo concepto carece totalmente de sentido para ciertas comunidades culturales o religiosas. La comunidad musulmana, la cacareada “Umma”, en particular, bien puede considerarse, y se considera a sí misma cada vez más, una colonia autista instalada sobre territorio europeo. En este caso “colonia” ha de entenderse no en el sentido occidental y territorial que acabamos de evocar, sino en el sentido comunitario que, de alguna manera, definía las colonias griegas en el Mediterráneo antiguo. Y a riesgo de “echar leña al fuego”, podríamos decir entonces que, así como la antigua Massilia fue colonia griega, la actual Marsella lo es sin duda argelina, si bien con más dudoso aporte civilizacional.

El tradicional “nominalismo” occidental, obsesionado por los individuos, suele quedarse ciego frente al auge y empuje de las comunidades. El ejemplar básico del “Progresistus Vúlgaris”  sigue considerando cada inmigrante como un ser desvalido, víctima del egoísmo y de la rapacidad occidental. Ellos, en cambio, tienen clarísima conciencia de la enorme fuerza y cohesión que han adquirido sus comunidades y desprecian olímpicamente nuestros insignificantes, dispersos y atomizados estados de ánimo.

Bélgica es un país cuya relación conflictiva entre las comunidades lingüísticas ha inducido de siempre, y hoy más que nunca, la debilidad del Estado. Hay, desde fechas antiguas, en Valonia un partido “rattachiste” que preconiza la unión con Francia. Pero la mayoría de los valones, tal vez por no perder el calificativo de “franceses simpáticos” que se  les da  a veces, sigue renuente a diluir su personalidad propia en el “melting pot” galo. Los yihadistas francófonos no tienen tales escrúpulos. Ellos dan por hecho el “rattachement” y han borrado la frontera. Bélgica, Bruselas, es para ellos una Francia más cómoda y blanda a la hora de instalarse para planificar el exterminio del prójimo.

Bruselas, ciudad históricamente neerlandófona, se volvió casi totalmente francófona a lo largo del siglo XIX cuando la propia burguesía industrial flamenca consideraba el dialecto neerlandés como lengua de patanes y llegó a dejar de transmitirlo a sus propios retoños. En la pugna entre flamencos y valones el estatuto de Bruselas es tema particularmente combustible.

Ayer, tras la aparición de los primeros “Je suis Bruxelles”, les faltó tiempo a los “flamingants”, como se les conoce, para  añadir : “Ik ben Brussel”. La comunidad islámica es proporcionalmente más numerosa (700 000 personas) en Bélgica que en la propia Francia. En una anticipación, o ni siquiera tanto, a lo Houellebecq, cabe imaginar una Bélgica insólitamente vertebrada por arte y gracia de la Umma, o sea “la” Comunidad por excelencia.

Posdata: Pierre Vermeren, profesor de historia del Magreb contemporáneo en Paris-1-Sorbona, dice que la mayoría de los Belgo-marroquíes son Rifeños. “Radicalizados, rumiando su desgracia, hostiles al Majzen y a los antiguos estados coloniales, cultivando los recuerdos de Annual y de Abdelkrim, los Rifeños se encierran en su lengua propia, en sus familias y en sus clanes, en sus redes comerciales y mafiosas”.